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1898, La batalla del Guacio

La Guerra Hispanoamericana, señala una época memorable para España, los Estados Unidos y Puerto Rico. Como resultado de ella, la bandera que Colón y sus compañeros pasearan por el Nuevo Mundo se ocultó, como se oculta un sol de oro, tras los celajes de Occidente. Para Puerro Rico la campaña que narramos representa un cambio de soberanía, una nueva ruta a seguir, un nuevo horizonte que explora, un fardo tremendo de deberes y responsabilidades.

La guerra de los Estados Unidos con España fue breve. Sus resultados fueron nuy grandes, sorprendentes y de importancia mundial.

El 13 de agosto de 1898, a las once de la mañana, se oyeron en la población de San Sebastián estampidos de cañones, y más tarde ruido de fusilería; eran los ecos del combate que se estaba librando a orillas del Río Guacio —hoy Río Grande— entre las tropas españolas y las norteamericanas. Poco después llegaron algunos campesinos informando que tropas españolas habían vadeado el río, con dirección a Lares; pero que una parte de la retaguardia, que permanecía en la margen izquierda, era atacada por artillería americana desde la loma de la Maravilla.

Inmediatamente el Alcalde, Don Manuel Rodríguez Cabrero, dispuso que los Doctores Miguel Rodríguez Cancio y José A. Franco Soto, ambos pertenecientes a la Cruz Roja de la localidad, marchasen con toda urgencia al lugar del combate, provistos de sus botiquines y ostentando las insignias de dicha institución, al mismo tiempo tomó otras medidas necesarias y movilizó todo el material hospitalario de que disponían, en previsión de que llegasen heridos al pueblo.

San Sebastián estaba guarnecido por una compañía de voluntarios al mando del capitán Arocena, fuerza que permaneció inactiva, tal vez por carecer de instrucciones.

Los doctores mencionados, a caballo y con sus botiquines de campaña, marcharon hacia el lugar de la acción por un camino vecinal llamado Calabazas, y sin encontrar fuerza armada alguna, llegaron al vado de Zapata, cruzaron el río y subieron por la margen opuesta hasta una pequeña casa propiedad de Gerardo González, donde con gran sorpresa, encontraron el teniente coronel Osés, al segundo teniente Lucas Hernández, a un sargento y varios soldados españoles. El primero adelatándose, se manifestó al Dr. José A. Franco —de quien era amigo— lo difícil de la situación, a causa de los graves acontecimientos desarrollados poco antes, y también por encontrarse muy enfermo y con fiebre. Los doctores Franco y Cancio le ofrecieron sus servicios, y el Doctor Cancio trayéndolo a lugar apartado le manifestó que estaba dispuesto, y lo mismo su compañero, a conducirles a él y a todos sus soldados a un lugar seguro y al otro lado del río; añadió que era muy práctico por aquellos caminos, como lo probaba el haber llgado allí sin ser notado por las tropas enemigas. Osés contestó que no deseaba marcharse, porque sentía agotadas sus fuerzas físicas a causa de la fiebre y el cansancio, a lo cual arguyó su interlocutor ofreciéndole su caballo, pero como aquel jefe opusiese la más tenaz negativa no se volvió a hablar del asunto.

Como alguien dijera a dicho facultativo que en paraje no distante había un artillero español, gravemente herido, abandonaron la casa de González para ir en su busca. Entonces, el teniente coronel Osés les recomendó que se avistasen con los soldados enemigos, avisándoles de su presencia en aquel sitio y que deseaba rendirse con todos los que le acompañaban, pero aquellos resolvieron no hacer nada por creer contrario a sus funciones de neutralidad en la Cruz Roja el desempeñar tal comisión.

A poco rato, y al volver de una vereda, fueron detenidos por una avanzada de americanos, quienes apuntándoles con sus fusiles les dieron el alto, pero como observaron las insignias de la Cruz Roja, bajaron sus armas, y todos juntos siguieron adelante hasta dar con el artillero. Yacía éste en tierra, herido mortalmente de un balazo en el vientre, y a grandes voces se quejaba diciendo ¡Ay, mi madre! ¿Qué culpa tendré yo de todo ésto?
Los facultativos utilizando un botiquín de la columna española que encontraron junto a un mulo muerto en el campo, procedieron a la cura de primera intención, entonces uno de los regulares americanos, el cual mostraba gran pena al escuchar las lamentaciones de aquel compañero y enemigo suyo, se despojó de todos sus arreos militares, tendiéndose sobre las guijas del campo, indicó por señas a los médicos que colocasen al artillero sobre su persona, a fin de que pudiese ser curado con mayores facilidades; así se hizo. Y el pobre muchacho, quien falleció más tarde, sintió calmados sus dolores, merced a la asistencia facultativa de dos miembros de la Cruz Roja y al noble y generoso comportamiento de aquel otro soldado adversario.

En estos momentos apareció un grupo de soldados españoles con un sargento, llevando éste un pañuelo blanco amarrado a la bayoneta de su Máuser. Los americanos corrieron a las armas, creyendo que se trataba de una función de guerra, pero al ver la señal de parlamento, adoptaron actitud más pacífica, y como al mismo tiempo llegase Eduardo Lugo Viña, jefe de los exploradores del general Schwan, pudieron entenderse unos y otros. El sargento y soldados, quienes eran del batallón Alfonso XIII, sin quitarles sus fusiles y municiones, fueron enviados hacia adelante en busca de las avanzadas americanas, guiados por algunos regulares también americanos.

Lugo Viña siguió hacia la casa de Gerardo González, y media hora más tarde, cuando ambos doctores regresaban hacia el Río Guacio y al pasar por dicha casa, pudieron ver allí amigablemente sentados a una mesa y haciendo los honores a una gran cazuela de arroz con pollo, al teniente coronel Osés, a Lugo Viñas, al teniente Hernández y al dueño de la casa. Como les chocase la escena, uno de ellos preguntó a Osés por su estado de salud y éste les contestó que ya estaba más aliviado.

Los Doctores Franco y Cancio regresaron a San Sebastián sin incidente alguno, dando cuenta de todos los sucesos al Alcalde Rodríguez Cabrero, quien al saber el final del combate de Guacio, y también que las tropas españolas en su retirada habían seguido para Lares, suspendió todos los preparativos, y aquella misma noche envió al general Macías un largo informe telegráfico, incluyendo en é1 cuanto le habían manifestado los dos miembros de la Cruz Roja.

No saber lo que ha sucedido antes de nosotros es ser incesantemente niños. No dejar saber lo que sucede en nuestro tiempo es ser intensamente irresponsables con las futuras generaciones. Un espí­ritu histórico no puede tener dudas de que ha llegado el tiempo de la resurrección de nuestro pasado, de la afirmación del presente y la esperanza del futuro. Esto es parte de ello…

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