A continuación de ambas cartas comienza una febril actividad de parte de los seguidores de Muñoz. Inmediatamente acuerdan fundar un nuevo partido político. El propio Muñoz, Quiñones y Susoni padre son designados por la directiva interina de la próxima agrupación para seleccionar el nombre y la insignia de la nueva colectividad. Muñoz propone el nombre de «Partido Social Democrático», pero asesores legales le advierten que se podría declarar ilegal ya que existe el Partido Socialista y ello puede dar margen a confusión. Entonces los tres, en reunión celebrada en el periódico La Democracia el 20 de julio de 1938, deciden bautizarlo como Partido Popular Democrático. Como insignia se escoge la cara de un jíbaro con la tradicional pava por sombrero, el ala de la frente levantada y las palabras «Pan, Tierra, Libertad» alrededor del dibujo, todo en rojo sobre fondo blanco. Antonio J. Colorado se encarga de hacer el dibujo en el mayor sigilo en un cuarto del edificio de La Democracia en el Viejo San Juan. La Democracia, histórico periódico fundado por Muñoz Rivera en Ponce en el año 1890, es dirigido en estos tiempos por su hijo, que lo convierte en un efectivo medio de orientación propagandística del incipiente popularismo. Se decide comenzar la inscripción del partido en dos pueblos: Barranquitas, «cuna y sepulcro de Muñoz Rivera», y Luquillo, «pueblo en la costa oriental donde se levanta el pico más alto de la Sierra de Luquillo, El Yunque».86 El propio Muñoz recuerda aquellos días de inscripción y campaña:

«Mientras las inscripciones seguían su curso, yo recorría la isla tratando de establecer que éramos un Partido distinto a los demás y que merecíamos se votara por nosotros. Tenía ya numerosos seguidores que sabían cuánto había hecho por traer la PRRA, y cómo se me expulsó del Partido Liberal por mezquinas razones de politiquería. Por eso, me escuchaban cuando les hablaba; me escuchaban, pero se les hacía difícil cambiar de partido. Para ellos, su partido era una nación, más que Puerto Rico. Pertenecían a él. Abandonarlo los hacía sentirse como soldados desertores. Y eso era cosa que un hombre no debía hacer – al menos sin motivos profundos.
En muchos casos, los electores desconocían por completo el programa de su partido. Les recalcaba yo la importancia de conocerlo específicamente y con exactitud. Les decía: ‘No les pido que nos den sus votos. Les pido que nos lo presten. Si después de prestarle sus votos al Partido Popular Democrático y de lograr una mayoría para llevar a cabo nuestro programa, no cumplimos nuestras promesas y no echamos adelante el programa, ¡quítennos los votos y nunca más no los vuelvan a dar. Los habríamos traicionado. Un voto no se debe dar para siempre!
El grueso de mi prédica lo hacía en la zona rural. No sólo por preferencia, por sentirme más cerca de los jíbaros, sino porque en aquel tiempo la mayor parte de la población vivía en los campos. Me reunía con grupos pequeños – digamos de treinta o cuarenta – en las carreteras de la montaña, y les hablaba, y ellos participaban también de la conversación. Les decía… ‘Busquen un sitio en su casa para poner una tablita o un pedazo de papel en el que vayan marcando las promesas que les hagamos. Si no saben escribir, que uno de sus hijos o de sus vecinos les ayuden. Después de las elecciones, usted mismo, o alguien que sepa leer, podrá ver lo que dice el papelito; y si se ve que no cumplimos nuestras promesas, quítennos los votos y vótennos en contra. Lo peor que les puede pasar es que el Partido Popular sea tan malo como los otros…’.
En cientos de pequeñas reuniones al borde de los caminos y también en los grandes mítines, les decía a los campesinos que había dos razones por las que no debían vender su voto. Primero, porque era una inmoralidad; y segundo, porque cuando vendían el voto o permitían que los mantuvieran encerrados lejos de las urnas, no importa el partido que ganase las elecciones, los que ganaban en realidad eran los que habían dado el dinero para comprar los votos, o el ron y la comida que servían en los corrales…».

Como medio masivo de comunicación escrita, el nuevo partido comienza la impresión de El Batey, periódico de cuatro páginas tamaño tabloide del que se producen cien mil ejemplares mensuales y son distribuidos a lo largo de toda la inmensa y bien poblada zona rural. En El Batey se explican en palabras sencillas los principales problemas de la Isla y se detallan los planes del nuevo partido para su solución. También se publica periódicamente el Catecismo del Pueblo, que contiene preguntas y respuestas sobre las condiciones en que viven, y en las que deben vivir, los puertorriqueños, y sobre la validez del voto. El eje central de la campaña del naciente popularismo es el económico y social. Es, de hecho, la base del programa de gobierno de la nueva colectividad para el cuatrienio 1941-44.

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