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Algarrobo

José A. MariHymenaea courbaril (Fabaceae) El algarrobo es nativo de los trópicos del Nuevo Mundo, incluyendo a Puerto Rico. Hymenaea deriva del dios griego para el matrimonio, en referencia a las características hojuelas pareadas, mientras que courbaril proviene de un nombre común para la especie en la Guyana Francesa. El árbol puede sobrepasar los 150 pies de altura con tronco de 6 pies de diámetro. La madera es recia, tiene un atractivo color anaranjado-rojizo y es valiosa para construcción y ebanistería. La corteza produce una resina anaranjada que se quema como incienso y que con el tiempo puede convertirse en ámbar. La flor mide como 1.5 pulgadas de diámetro y tiene cinco pétalos blancos que se desprenden fácilmente.
La fruta es parda, mide hasta 4 pulgadas de largo y tiene una cubierta dura que rompe al golpearla con una piedra o tirarla con contra una superficie dura.
El interior de la cápsula está ocupado por pulpa seca, harinosa y con un fuerte olor que ha sido comparado con excremento de gato. La pulpa humedece con rapidez y tiene un sabor dulce e intenso, que para algunos es delicioso y para otros repugnante. Stinking toe, uno de sus nombres comunes, se refiere a la forma de la fruta y el olor de la pulpa.
Las semillas de algarrobo, de las que hay hasta siete por cápsula, se usan para artesanías y fueron populares para hacer gallitos. Luego de barrenar y atar la semilla, los participantes tomaban turnos para golpear su gallito con el del oponente. La pelea terminaba cuando una de las semillas se rompía. Las victorias se heredaban, por lo que los triunfos acumulados por el gallito perdedor se sumaban a las del vencedor. En Sudamérica las semillas son dispersadas por varios animales, particularmente por el roedor llamado agutí. Es posible que antes de la colonización nuestra jutía tuviese un papel similar, pero desde entonces el ser humano ha sido aquí el principal dispersor de la especie. El árbol florece durante la primavera y el verano, y las frutas maduran durante el invierno y la primavera.

No saber lo que ha sucedido antes de nosotros es ser incesantemente niños. No dejar saber lo que sucede en nuestro tiempo es ser intensamente irresponsables con las futuras generaciones. Un espí­ritu histórico no puede tener dudas de que ha llegado el tiempo de la resurrección de nuestro pasado, de la afirmación del presente y la esperanza del futuro. Esto es parte de ello…

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