Barbaries

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Una de las escenas que más impactó a los funcionarios estadounidenses cuando a finales de 1898 comenzaron a administrar su nueva colonia, fue la práctica de mantener osarios descubiertos en los cementerios. En aquel tiempo era uso y costumbre que las familias de bajos recursos enterraran sus muertos gratuitamente en la tierra y que las de medianos recursos alquilaran un nicho y pagaran anualmente para mantener allí los restos. En el primer caso, cada cinco años se excavaba una sección del cementerio y se depositaban los restos en un osario. En el segundo caso sucedía lo mismo cuando la renta no se pagaba. Ambas acciones permitían que el cementerio continuase recibiendo difuntos sin necesidad de expandirse. Los muertos de las familias adineradas se enterraban en panteones privados y no se sometían a esta rutina.

La administración americana, espantada por la escena de pilas de cráneos y fémures mezclados, rápidamente prohibió los osarios expuestos. No obstante, establecieron una práctica que para los puertorriqueños de la época debió ser tan bárbara como era para los estadounidenses la de los osarios descubiertos. Los americanos comenzaron a hacer las autopsias en las capillas que se usaban para despedir al difunto, orar y celebrar misa. Usaron incluso los altares como mesas para descuartizar el cadáver en búsqueda de la causa de muerte.

Algunas capillas se usaron como salas de autopsia hasta la década de 1970, cuando todas las autopsias se realizaban en los hospitales. Un recuerdo muy latente de aquella práctica puede verse en el cementerio de Yabucoa, donde permanece abandonado un edificio rotulado capilla de autopsias. Decidirá el lector qué fue más bárbaro: tirar los huesos de los difuntos en un osario descubierto o hacer autopsias en la capilla del cementerio.

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