Carta a Irma -1939- Nacionalismo, fascismo y catolicismo

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Carta a Irma” (1939): Nacionalismo, fascismo y catolicismo

Mario R. Cancel -Partido Nacionalista de Puerto Rico. Documentos. Carta de José Monserrate Toro Nazario a Irma Solá, 31 de mayo de 1939. Epigrafía, transcripción y edición del Dr. Rafael Andrés Escribano. CPR 324.27295 T686c. Colección Puertorriqueña. Universidad de Puerto Rico: pág. 5-6

Fragmento 2:  Antecedentes nacionalistas

¿Qué hizo en cambio el Partido nacionalista de Puerto Rico?

A raíz del encarcelamiento de Albizu Campos y sus coacusados, el único nacionalista exonerado por el gran jurado –¿a qué decir federal, si los insulares han sido abolidos, precisamente por Winship?– solicitó un pasaporte. Winship cometió la barbaridad de negárselo.

Aconsejé un recurso de los llamados extraordinarios, en la seguridad de que pondría en entredicho a Winship. Si los tribunales llamados insulares lo denegaban, tenía la certeza de que la Unión norteamericana de derechos civiles hubiera dado prominencia continental a la apelación.

Mientras esperaba autorización para radicar el auto, recibí la noticia de que el hombre de las tres jotas había desaparecido misteriosamente.

Lo supe por conducto de Nueva York, a pesar de mi secretaría general interina. Fué por conducto de Nueva York que supe que el joven de las tres jotas estaba en Santo Domingo, en calidad de plenipotenciario.

Albizu Campos me había encomendado la secretaría general del partido, y Corretjer la dirección de La Palabra, en el momento más peligroso de la causa. El semanario tuvo que ser suspendido, previa intervención de Albizu Campos y Corretjer, debido a la indisciplina y la terquedad de dos hombres que figuran hoy entre los edecanes de Medina. Uno de ellos es nada menos que el McLeod del partido.

De la noche a la mañana, sin explicaciones de ninguna clase, sin haber renunciado, sin siquiera habérseme insinuado la conveniencia de una renuncia, fuí notificado, con un cuarto de hora de antelación, de que la Junta Nacionalista se reuniría en Santurce. El hecho de que a esta sesión acudieran delegados de toda la isla prueba por sí que alguien citó con razonable anticipación. Había otro secretario. El vicepresidente en funciones del presidente no estaba.

Aunque el contraste no sea halagador para ninguno de los dos, puedo decirle que sé cómo debe haberse sentido Winship. Ni siquiera se me otorgó reconocimiento de cortesía. Diríase que, para los efectos del Partido nacionalista, nunca he sido secretario general interino. Muchos lo han olvidado del todo –otros lo ignoran.

Un hombre de Dios, mientras tanto, recogía fondos para ir a Buenos Aires. También de la noche a la mañana se cambió de parecer. Era ministro protestante. El dinero que había recogido –virtualmente le fué arrebatado en su propia casa, pistola sobre la mesa, por quien había de sustituir al Maestro, por encima de García Casanova, sin advertir que si difícil y doloroso había sido el apostolado de Albizu Campos, más difícil era sustituirlo.

Algo parecido –muy parecido– había ocurrido antes, con otro ministro protestante. No puede decirse que se trataba de un prejuicio contra Hernández Vallé, puesto que Marrero había tenido una experiencia análoga.

Ni siquiera se podría decir que se trataba de un prejuicio contra el apostolado religioso. Se intentó no ya desvincularme de la dirección en San Juan, sino de mi vocalía por Mayagüez. Más: se intentó separar un municipio del distrito de Ponce, hitléricamente anexarlo al de Mayagüez –para que otro hombre de Dios, católico esta vez, me sucediera en la Junta nacional. A favor del padre Ramos se levantó el tecnicismo de que yo no residía en el distrito de Mayagüez. No se pensó en hombres como Briganti, Vargas, Caraballo y Ferrer en Yauco; como Marty y Gerardo Rivera, en Cabo Rojo, y don Julio de Santiago, Mojica y Quevedo, en el propio Mayagüez. Ni siquiera se pensó en Couto, de Guánica, que tanto deseaba ser miembro de la Junta nacional.

Sea como fuere, los delegados de Mayagüez vieron en la insistencia de Pinto en el padre Ramos, y en el tecnicismo contra mí, un pretexto –y me dispensaron el honor de reelegirme. En previsión de que prevaleciera el tecnicismo, los delegados por San Juan derrotaron al McLeod del Partido nacionalista, y simultáneamente me eligieron. El hombre que winshipescamente había salido de la secretaría general se veía honrado dos veces.

Comentario:

El caso judicial por conspiración sediciosa contra el liderato nacionalista no pudo tocar a dos importantes líderes. Juan Juarbe y Juarbe, denominado por Toro Nazario como el “hombre de las tres jotas” y figura de confianza de Laura Meneses del carpio, no  pudo ser procesado. Rafael Ortiz Pacheco consiguió huir fuera del país en marzo de 1936 y luego sus cargos  fueron desestimados. Juarbe y Juarbe era producto de la vanguardia nacionalista universitaria que había sido la base de los Cadetes de la República y uno de los protragonistas de la resistencia estudiantil a la asamblea que pretendía declarar a Albizu campos persona non grata en el escenario que desembocó en la “Masacre de Río Piedras” en 1935. Cuando se vio libre de las acusaciones intentó salir del país legalmente pero las autoridades, encabezadas por Winship, le negaron ese derecho. El autor de la “carta…” alega que él aconsejó se amenazara al gobierno colonial con que se apelaría a la Unión Americana de Libertades Civiles (ACLU).

La evasión de Juarbe y Juarbe hacia Santo Domingo, cosa que no se consultó con Toro Nazario, lo tomó por sorpresa. La impresión que da el texto es que, dada aquella situación,  el Secretario Interino se sentía preterido en la organización. Cuando Juarbe y Juarbe se presentó con el título de “Plenipotenciario” del Partido Nacionalista en la vecina nación sin que Toro Nazario fuera consultado al respecto, confirmó sus sospechas. Lo que sobrevino después fue un virtual “golpe de estado”. Toro Nazario fue separado de su cargo sin información de causa. Al abogado de San Germán no le cupo la menor duda de que el cerebro detrás del acto había sido Juarbe y Juarbe y, con él, Meneses del Carpio y Pinto Gandía. La identificación que hace el abogado de San Germán de este líder con el ala fascista del partido se confirma con la identificación del mismo como “el Mc Leod de Puerto Rico” y la reiteración de los neologismos adverbiales “hitléricamente” y “winshipescamente” cuando habla de su figura. La riqueza lingüística de Toro Nazario es notable.

El giro hacia el fascismo se vincula en este texto con la adopción  de un catolicismo puritano, ortodoxo y fundamentalista manifiesto, según el autor, en la conocida relegación a un segundo plano que sufrieron los líderes evangélicos Domingo Marrero y Juan Hernández Vallé. Su argumento final para corroborar el “exhibicionismo católico” de los nacionalistas a la altura de 1939, es el hecho de que él mismo fue destituido de su puesto de vocal en la Junta Municipal de Mayagüez en favor del Padre Severo Ramos de Peñuelas entre 1935 y 1938. Para legalizar y justificar la inusual acción, se integraron en una sola Junta la militancia de Mayagüez y la de Peñuelas. Vale la pena recordar el papel protagónico que tuvo una parte significativa del catolicismo en el falangismo español en el contexto de la consolidación del franquismo hispano.

El relato de la forma en que se intervino con Hernández Vallé para recuperar los fondos que debían ser destinados a un viaje oficial a Argentina, se manufactura narrativamente como una gestión tipo mafia: “el dinero que había recogido –virtualmente le fué arrebatado en su propia casa, pistola sobre la mesa”. Lo cierto es que algunos testimonios vertidos por Juan Antonio Corretjer, fragmentos de la correspondencia de Albizu Campos a sus hijas desde “La Princesa”, y los testimonios de algunos presos de Atlanta, confirman que el catolicismo y el misticismo se exacerbaron en Albizu Campos en aquel periodo de crisis. Lo que no está claro es hasta qué punto aquella actitud afectó a todo el liderato fiel a Albizu Campos. La cárcel ha cumplido efectos similares en presos políticos puertorriqueños en diversidad de direcciones ideológico-religiosas a lo largo de toda la historia del país.

No saber lo que ha sucedido antes de nosotros es ser incesantemente niños. No dejar saber lo que sucede en nuestro tiempo es ser intensamente irresponsables con las futuras generaciones. Un espí­ritu histórico no puede tener dudas de que ha llegado el tiempo de la resurrección de nuestro pasado, de la afirmación del presente y la esperanza del futuro. Esto es parte de ello…

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