Carta a Irma

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“Carta a Irma” (1939): Winship

Mario M Cancel -Fragmento 1:  La destitución de Winship Advierto de antemano que esta no es precisamente una contestación a la carta de Cuba. Ciertamente, no es la mejor contestación. Mejor es la que ha dado el propio señor Roosevelt. Winship hubiera sido destituido mucho antes –si no hubiera sido por la onerosa disyuntiva que estúpidamente le impuso el Partido nacionalista.

El propio general Winship ha admitido, en un banquete que le dieron los periodistas de San Juan, con posterioridad a su destitución, que sabía hace más de un año que tenía que retirarse de la gobernación de la isla.

Por lo que pueda hacer al caso, en el marco de esta carta, es bueno que sepa, Irma, que La Democracia declinó estar representada en el referido banquete.

Por lo que pueda hacer al caso, en el curso de esta carta, es bueno que sepa que la referida admisión aparece en un despacho cursado a El Día por su corresponsal en San Juan, Ramírez Brau.

Por lo que pueda hacer al caso, en el curso de esta carta, es bueno que sepa que Ramírez Brau es fascista, por confesión propia. Es uno de los más fervientes admiradores con que cuenta Mussolini en Puerto Rico.

Esta no es la única contestación del señor Roosevelt.

El coronel Wright ha sido virtualmente destituído. Su virtual destitución vino inmediatamente después del ascenso de un portorriqueño. Para disimular la destitución, en esta tierra de eufemismos, se ha apelado al protocolo militar y a la anomalía de que un militar de alto rango –yanqui– no debería permanecer bajo las órdenes de un portorriqueño de rango superior.

La legislatura se ha dado cuenta de que se trata, en efecto, de una contestación de Roosevelt, y no sólo ha declarado hijo adoptivo al gobernador, sino al coronel.

Vendrán más contestaciones.

No extrañe, Irma, de que McLeod sea honrado también con una adopción reaccionaria. El señor McLeod está en turno. De un momento a otro será virtualmente destituído.

En esta tierra del alambicamiento, nadie parece darse cuenta de la responsabilidad que comparte McLeod con relación al desbarajuste reaccionario. Hasta el Partido nacionalista ha adoptado la voz auditor, en su bárbara acepción, sin pensar en los poderes fiscalizadores de un auditor. McLeod no ha fiscalizado debidamente la militarización de la policía, el auge del turismo y otros menesteres coloniales. Dentro del esqueleto colonial, él solo hubiera podido detener la locura de Winship.

Vendrá también la virtual destitución de Gruening, el exdirector de The Nation, que más acá del castillo del Morro se olvidó de su militancia liberal.

Nadie espera, sin embargo, un milenio de Roosevelt. Roosevelt no es la Providencia. La sucesión de un almirante, por grandes que sean sus méritos navales, detiene el optimismo.

El verdadero optimismo deber ser inteligente. Con Winship se van las locuras del presupuesto, los indultos de la colonia y uno y mil reveces de la fortuna. No se irán todos de una vez. El mismo Dios no hizo el mundo en un día. Yo no pienso exclusivamente en la matanza de Ponce. No olvido que solamente en San Germán, mi pueblo natal, Winship indultó cinco criminales. Es posible que alguno de estos indultos –y hasta todos, por amor al argumento– hayan sido merecidos. Subsiste, no obstante, el recuerdo de que García Méndez, el pretenso sucesor de Winship, es también un hijo adoptivo -esta vez de mi pueblo. El compueblano adoptivo fué el defensor de casi todos estos indultados. La relación entre los indultos de Winship y las intercesiones de García Méndez, por ejemplo, son, por supuesto, ajenas a esta carta. Habré de conformarme con recordarle que uno de estos indultados fué uno de los testigos estrellas del fiscal Pierluissi, a quien habré de referirme más adelante.

Con Winship se van, pues, unos indultos –y pueden venir otros más preciosos. Se van los sainetes de Martínez Nadal, tan capitalizados por Hitler. Se va la presencia del coronel Wright en un Te Déum por el triunfo de Franco. Se van tantas cosas, Irma, que debo confiarlas al buen sentido de usted.

Comentario:

La llamada “Carta a Irma” fue redactada en mayo de 1939 en medio de un intenso debate en el seno del Partido Nacionalista de Puerto Rico. José Monserrate Toro Nazario, abogado de San Germán, director del periódico La palabra en ausencia de Juan Antonio Corretjer y Secretario Interino del Partodo Nacionalista bajo la Presidencia Interina de Julio Pinto Gandía, sintetiza en el texto una postura similar a la de aquellos que se oponían al giro violento derivado de la “acción inmediata” a la organización desde el ascenso  de Pedro Albizu Campos a la presidencia en mayo de 1930. La destinataria, Irma Solá, había sido la secretaria personal de Albizu Campos por lo que tenía una relación íntima con el líder y con su esposa, Laura Meneses del Carpio, cuyas prácticas políticas y sus expresiones resultan ser uno de los grandes temas del texto.

La crisis a la que se alude parece haber sido producto directo del vacío de poder producido a raíz del encarcelamiento del liderato como consecuencia del juicio por conspiración sediciosa de 1936. El descabezamiento del partido agitó una serie de contradicciones ideológicas que nunca se habían superado del todo después de la Asamblea de mayo de 1930.  Lo que manifiesta el texto es el  choque de ideas en torno a la actitud que debía adoptar en nacionalismo ante una serie de asuntos que se debatíanen el escenario público, a saber, el capitalismo, el novotratismo, el socialismo, el comunismo, el fascismo, el falangismo, el populismo, la violencia o terrorismo, entre otros.  El documento refleja el ambiente cargado y complejo de los días previos a la guerra y comó el mismo  afectó un partido que se había caracterizado por su carácter contencioso.

La impresión que queda es que dentro de la organizacion militante había una serie de personas que, si bien admiraban y respetaban a Albizu Campos, consideraban su gestión autoritaria un foco potencial apropiado para que los filofascistas tomaran la organización por asalto y la transformaran en una organización anticomunista Una de las consideraciónes para caminar en esa dirección era, por cierto, el reinicio de las relaciones Washington- Moscu desde 1933 de cara a la amenaza alemana. Como verá el lector, también hay mucho de vendetta personal en los argumentos de Toro Nazario, pero ello parece inevitable y comprensible en un ambiente tan volátil como el de 1939. No hay que pasar por alto que muchos adversarios del “Nuevo Trato” en la isla y en el continente, los republicacnos en particular, confundían aquellas políticas de justicia social con las prácticas estatistas del régimen estalinista ruso.

El fragmento que antecede comenta la dictadura impuesta por el Mayor General Blanton C. Winship (1869-1947), gobernador de Puerto Rico entre el 5 de febero de 1934 y el 26 de junio de 1939. El New York Times de ese día reseñó  su salida del país en los siguientes términos:

“PUERTO RICANS BID WINSHIP FAREWELL; Thousands Give the Retiring Governor Ovation Without Parallel Under U.S. Rule. HE HOPES FOR STATEHOOD (…) Governor Blanton Winship left by plane for Miami today as bands played “Auld Lang Syne” (“Por los viejos tiempos” o “Canción de la despedida”, pieza  tradicional escocesa con letra de un poema de Rober Burns de 1788) and thousands gathered at the airport waved in farewell. The demonstration at his departure was unparalleled in the more than forty years of American rule.”

Toro Nazario alega que fue precisamente, la violencia nacionalista lo que justificó que el Presidente Franklyn D. Roosevelt lo retuviera tanto tiempo en el país. El comentario sugiere una crítica abierta a la campaña agresiva que desató el Partido Nacionalista desde 1932 y que llegó a su cenit en los días de la Masacre de Río Piedras el 24 de octubre de 1935. El proceso culminó con una declaración de guerra por la independencia y la conversión de los Cadetes de la República en el  Ejército Libertador.

Por último, el texto indica que la amenaza fascista en Puerto Rico también era visible  en otros lugares fuera del Partido Nacionalista. El autor, por ejemplo, acusa a Enrique Ramírez Brau, nieto de Salvador Brau, periodista de El Mundo y testigo silencioso del asesinato de Elías Beauchamp e Hiram Rosado, los ejecutores del jefe de la Policía Insular E. F. Riggs el 23 de ferbrero de 1936, de fascista. No exageraba en cuanto a ese punto, por cierto. Pero también resalta la vinculación del Gobernador Winship con una derecha anexionista fronteriza con el fascismo, caracterizada por su oposición a las políticas del “Nuevo Trato” por considerarlas un atentado contra el mercado libre. Entre esos fascistas que militaban en el estadoísmo o pertenecían a la burocracia colonial incluía, entre otros, a Miguel A. García Méndez, a Rafael  Martínez Nadal, el Coronel Wright, y el Auditor Mc Leod.

Es importante recordar que los  únicos investigadores en ocuparse de una manera bastante limitada de este importante texto ha sido Luis Ángel Ferrao en su libro Pedro Albizu Campos y el nacionalismo puertorriqueño (1990) y el Taller de Formación Política. Pero también tengo que apuntar que la investigación en torno al fascismo en Puerto Rico se ha limitado a mirar hacia Albizu Campos, como lo hicieron las autoridades estadounidenses sobre la base de los informes de espionaje del Buró Federal de Investigaciones (FBI) y los ideólogos populares como Luis Muñoz Marín. En general, los investigadores poco se han ocupado de documentar el fascismo que permeaba a anexionistas, republicanos e, incluso,  a numerosos populares moderados en aquel contexto histórico.

No saber lo que ha sucedido antes de nosotros es ser incesantemente niños. No dejar saber lo que sucede en nuestro tiempo es ser intensamente irresponsables con las futuras generaciones. Un espí­ritu histórico no puede tener dudas de que ha llegado el tiempo de la resurrección de nuestro pasado, de la afirmación del presente y la esperanza del futuro. Esto es parte de ello…

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