Destilación de la miel de purga: prohibición y legalización

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La producción de caña de azúcar se contrajo hasta un nivel de consumo local. A medida en que se fue propagando un interés comercial por el aguardiente, las pocas haciendas azucareras que subsistían destinaron una parte substancial de sus actividades a destilar la miel de purga para obtener aguardiente. En muchas haciendas se descontinuó la producción de azúcar, y el guarapo se hervía sólo hasta la obtención de melao para endulzar y para fermentarlo. Lo mismo hacían algunos trapiches modestos que emergieron en las primeras décadas del siglo XVIII. En esta etapa, los dueños de ingenios figuraban al mismo tiempo como grandes señores de hatos.

El ron destilado de la melaza se asocia con la manufactura azucarera en Barbados y otras colonias inglesas en el Caribe a finales de la década de 1640. Entre 1693 y 1749 se prohibió en diversos períodos la producción de aguardientes en Puerto Rico y otras colonias españolas. Nadie les hizo caso. En los ingenios, trapiches y alambiques las prohibiciones fueron burladas una y otra vez. En el 1751 el gobernador Bravo de Rivero señaló que aunque había bastantes trapiches en la Isla, en ninguno se sacaba azúcar, sólo melao para el consumo y para sacar aguardiente aunque estaba prohibido. Finalmente, en 1765 la Corona legalizó “la saca de aguardientes”.

Para el segundo tercio del siglo XVIII se fundaban algunos nuevos ingenios con ciertas mejoras tecnológicas. El dueño de la mayor y más rica de las haciendas de ese periodo fue el criollo mulato y ex-corsario Miguel Enríquez. Su Hacienda La Candelaria, con 10 caballerías (600 cuerdas), se extendía desde la boca del río Bayamón y la punta de Palo Seco hasta la boca del Toa. Esta incluía una Casa Grande, llamada El Plantaje, y dos ingenios de azúcar, uno de ellos el llamado Santa Ana. En 1735 Enríquez, nieto de una esclava angoleña e hijo de una esclava criolla, llegó a ser amo de 250 esclavos. Eventualmente, fue víctima del racismo y la envidia y fue encarcelado. La Candelaria pasó entonces a manos de su administrador, Pedro Vicente de la Torre.

Según López Cantos, Enríquez le había instalado a la finca a los pocos años de adquirida dos ingenios movidos por agua, uno con trapiche de hierro y otro de madera. Describe la casa, probablemente a El Plantaje, como de dos plantas, de cantería y cubierta de tejas. Además, menciona una capilla, una casa de yaguas y tejas para el capataz, y un barracón para los negros.

Se destacan aquí ciertas diferencias con los ingenios de los siglos XVI y XVII: se mencionan trapiches de tres mazas de madera y hierro, refiriéndose probablemente a molinos verticales de tres mazas de madera recubiertas por tambores de hierro. Otra diferencia es la vivienda de los esclavos: un barracón o cuartel en vez de bohíos individuales de paja. La evaporación todavía se llevaría a cabo en “pailas asentadas sobre sus hornallas”, y el producto final todavía sería azúcar blanca producida en hormas con purga de arcilla, pero la miel se estaba recogiendo en una sola tinaja en vez de en envases individuales colocados cada uno bajo una horma.

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