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El cadáver de la ambulancia

Una vez, un muchacho, solicitó trabajar como conductor de una ambulancia que pertenecía a una funeraria de una ciudad ubicada al occidente de la Isla. En fín, le dieron el trabajo y en una oportunidad lo mandaron a San Juan a traer un cadáver.
El muchacho llegó a la capital y efectivamente recogió el cadáver que debía ser trasladado a su lugar de origen; pero resulta que en ningún momento se preocupó por mirar el cadáver y además, debía viajar solo, no tenía un acompañante para el viaje. Llegó el momento de partir y al llegar aproximadamente a la mitad de la autopista que conduce hacia el occidente del país, siendo ahí un lugar despoblado, caramba, a la ambulancia se le vació una goma, el chofer se baja con sus herramientas para cambiar el neumático; de repente, siente que le tocan la espalda, al voltear, mira a un señor que le ofrece ayuda y entre los dos cambian la llanta. El conductor de la ambulancia le agradece por su ayuda y le da la mano, la cual estaba muy fría.
Al llegar a la casa donde bastantes personas estaban esperando el cadáver, el ataud fué colocado dentro de una habitación y al destaparlo, el pobre chofer de la ambulancia se puso pálido y cayó desmayado, la gente no se explicaba lo que pasaba. Aquel muchacho se repuso del susto y más rápido que ligero renunció a su trabajo, porque resulta que la persona que lo ayudó a cambiar la goma de la ambulancia, era exactamente el cadáver que se encontraba dentro del ataud que él trasladó.

No saber lo que ha sucedido antes de nosotros es ser incesantemente niños. No dejar saber lo que sucede en nuestro tiempo es ser intensamente irresponsables con las futuras generaciones. Un espí­ritu histórico no puede tener dudas de que ha llegado el tiempo de la resurrección de nuestro pasado, de la afirmación del presente y la esperanza del futuro. Esto es parte de ello…

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