Historia del Café en Puerto Rico Imagen Destacada

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«El café de Puerto Rico es viril por la intensidad con que salta al cerebro apenas bebido, y es femenino por la excitación sin daño que da a su bebedor. Al jazmín se le parece en lo de ser fuerte sin golpear el olfato y al sentimiento que conmueve y no agita«. Gabriela Mistral, poeta

Historia del Café en Puerto Rico

Susanna Cuadras –El café desembarcó en Puerto Rico en 1736. Las primeras fi ncas cafeteras estaban situadas cerca de la costa, pero la época de oro del café llegó con el desarrollo del cultivo en las montañas, durante la segunda mitad del siglo XIX.
Las leyes que promovieron la llegada de extranjeros a partir del 1815, la guerra civil en Venezuela y la gran sequía en Mallorca (España), trajeron hasta la isla a cientos de aventureros que encontraron en el café un gran potencial de desarrollo económico.

Entre todos pusieron en funcionamiento la industria cafetera puertorriqueña. Destacaban en la producción de café las familias procedentes de Mallorca y de Córcega. Las familias Pietri, Mariani y Fraticelli se cuentan entre los principales propietarios de haciendas de fi nales del siglo XIX. Estas familias fueron las impulsoras de la economía cafetalera y también de un folklore propio y peculiar, como las fi estas de Acabe (fi n de cosecha) que todavía hoy, forman parte de la tradición cultural de Puerto Rico.

Café de Papas y Reyes

Al final del siglo XIX, el café puertorriqueño ya era uno de los granos preferidos por la realeza europea y se enviaba al Papa y al rey de España. En aquel entonces, la isla era uno de los principales productores de café a nivel mundial y este producto era uno de los bienes más preciados para la economía de Puerto Rico, superando al de la caña de azúcar. En 1886, el valor de sus exportaciones alcanzaba los 4,7 millones de pesos y representaba el 49% del valor de las exportaciones totales de Puerto Rico. Diez años después, las exportaciones de café reportaron los 13,9 millones de pesos y constituían el 77% del valor total de lo exportado.

La producción estaba en manos de muchos pequeños caficultores de todo tipo. En 1854, por ejemplo, las fincas menores a 8 hectáreas representaban el 42% del total y ocupaban el 7,2% del total de las tierras tituladas en el pueblo de Lares. Pero, en 1867, cuando se empezó a cultivar en las montañas, esas mismas fincas representaban el 52% y dominaban el 7,4% de las tierras. El proceso de apropiación de las «nuevas» tierras parecía estar abierto a todos. La expansión del cultivo del café provocó el aumento en las presiones por la propiedad de la tierra. El auge atrajo muchos nuevos pobladores dispuestos a trabajar, pero también a poseer tierras de cafetal. Esa competencia por la tenencia se sumó a lo beneficioso del negocio y provocó el aumento en el precio de las propiedades.

Todo esto causó el empobrecimiento de los productores más pequeños mientras aumentaba el dominio de los hacendados, así como de los comerciantes que ofrecían créditos a los productores de café. Con una agricultura orientada cada vez más hacia el mercado y con fincas cada vez menores, los cultivos de subsistencia terminaron por sacrificarse, afectando particularmente a los que dependían de esas garantías.

El año 1898 fue de gran importancia para Puerto Rico y particularmente para la industria cafetera del país. La Guerra Hispano Americana entre España y Estados Unidos cambió el curso de la historia para siempre. Cuba, Las Filipinas y Puerto Rico pasaron de manos españolas a manos estadounidenses. Esto marcó el final del Reino Español en Puerto Rico después de 400 años. El nuevo poder colonial establecido por Estados Unidos heredó lo que en un tiempo fue una fuerte industria de café y estaba obligado a evitar la bancarrota total de la nueva posesión. Aquel, era el momento adecuado para exhibir las «bondades» y mostrar las «conveniencias» del nuevo régimen político a los habitantes de Puerto Rico.

Dos huracanes devastadores acabarían, sin embargo, con los buenos propósitos. Los vientos, de entre 137 y 225 kilómetros por hora, acabaron con el 90% de la cosecha de ese año. El huracán Ciriaco, del 8 de agosto de 1899, devastó los cafetales y se calcula que se destruyeron entre el 55% y el 60% de los cafetos plantados. Los daños se calcularon en 18 millones de pesos (10 millones de dólares). Las exportaciones del grano en 1899 sólo alcanzaron el 10% del promedio vendido en los cinco años anteriores.

Para atajar el problema había que comenzar de nuevo por desmontar y limpiar las tierras y sembrar nuevos cafetos. Los caficultores tenían que esperar dos años para que la cosecha volviera a su estado normal. Sin embargo, estaban demasiado endeudados para hacer frente a la situación y ni los comerciantes ni la joven banca del país estaban dispuestos a financiar cafetales.

Aunque el panorama económico para el cafetal era pésimo, los hacendados tenían confianza en las “ventajas” del nuevo régimen político. En los norteamericanos veían la promesa de que su producto fuera particularmente privilegiado en el mercado estadounidense, uno de los principales consumidores de café en el mundo entero. Esperaban, además, fantásticas inversiones de capital en créditos para cosecheros y en infraestructuras que facilitaran las comunicaciones y los transportes. El gobierno del momento, sin embargo, no demostró un gran interés, y concentró todos sus esfuerzos en la industria azucarera. Europa comenzó a aplicar aranceles sobre las importaciones de café puertorriqueño, que nunca más gozaron de las ventajas de “producto colonial”. Estados Unidos, por su parte, tenía un acuerdo permanente con Brasil, que le comprometía a comprar la mayor parte de su café. Las oportunidades de mercado del café de Puerto Rico disminuían a pasos agigantados.

De grandes haciendas a pequeñas producciones

La primera mitad del siglo XX fue un periodo difícil. La sociedad tradicional agraria que dominaba la economía de Puerto Rico se estaba alejando del café, mientras el azúcar ganaba cada vez más terreno. El panorama cafetero puertorriqueño pasó, de las prosperas haciendas y grandes exportaciones, a las manos de caficultores pequeños y medianos, dedicados exclusivamente a dar respuesta a la demanda local. Y es que todo parece indicar que, ante los abruptos cambios del mercado cafetalero, las contracciones económicas extracafetaleras, los fracasos en la política económica de los modelos coloniales españoles y estadounidenses y los efectos devastadores de los huracanes, los caficultores más frágiles fueron los hacendados. Su deficiente orientación comercial, sus altos niveles de endeudamiento y el carecer de apoyos por parte del gobierno estadounidense, los condujo a una quiebra paulatina, pero definitiva.

El hambre y la protesta se apoderaban de la montaña cafetalera, y a ellas le siguió la emigración hacia las tierras de la costa, en tanto los acreedores exigían sus pagos. Los productores con mejores herramientas para afrontar una crisis de esa magnitud fueron los pequeños caficultores. Y es que es un hecho constatado que, siempre que retengan el acceso a la tierra, este tipo de productores tienen mejor posibilidad de sobrevivir cuando el resto de la sociedad está en grandes dificultades.

Al examinar los cambios en la estructura de la propiedad agraria entre 1910 y 1930, resulta que los productores pequeños (con fincas de 19 ha o menos) y los medianos (con propiedades de entre 20 y 70 ha), fueron aumentando su control sobre las tierras dedicadas al café, mientras las fincas cafetaleras más grandes lo perdían. Por lo menos, ese fue el caso en varios de los principales municipios cafetaleros puertorriqueños. En Adjuntas, Lares, Maricao y Utuado, los cosecheros con menos de 19 hectáreas eran más en 1930 que en 1910 y dominaban cada vez más tierras dedicadas al café. Lo mismo sucedía con los productores que tenían entre 20 y 70 hectáreas. El censo de 1935 es todavía más explícito en esta situación porque la tendencia se había acusado sustancialmente. En ese censo ni siquiera se estableció una categoría para fincas mayores de 405 ha. Además, las propiedades menores de 19 ha controlaban el 39% de las tierras dedicadas a ese cultivo.

El café de Puerto Rico, hoy

La segunda mitad del siglo XX trajo consigo la modernización de la economía puertorriqueña. Los patrones de vida y educación mejoraron radicalmente. Aunque el mundo del café se benefició de todas estas mejorías, desde 1965 hasta 1990, el 100% de la cosecha se destinaba exclusivamente al consumo interno. Con todo el café de Puerto Rico sobrevivió, la razón principal de esta supervivencia hay que buscarla en la calidad del producto, un cierto apoyo del gobierno y el importante desarrollo del mercado local. El desarrollo de una fuerte industria internacional de café especial ha permitido más recientemente, el ingreso con éxito del grano de Puerto Rico al mercado de los cafés finos.

Actualmente, la mayoría de las fincas cafetaleras, sean pequeñas o medianas propiedades, están en manos de campesinos y pequeños y medianos empresarios. El 93% de estas propiedades no supera las 22 hectáreas y, prácticamente en su mayoría, se cultiva, además de café, otros productos como legumbres, frutas y tubérculos. El negocio cafetalero, sin embargo, no sólo pertenece a estos pequeños y medianos productores -unos 9.000 según estimaciones de la Administration of Services and Farming Development de Puerto Rico-, sino que lo comparten también con beneficiadores y torrefactores. De las 8.061 fincas de café, solamente 1.933 cuentan con máquinas despulpadoras, 368 con secadoras mecánicas y 183 con máquinas para lavar el grano.

Los campesinos operan dentro de un marco de total modernidad y participan de un mercado local sumamente competitivo -27.428.57 kilos de café al año o lo que es lo mismo 6,8 kilos/persona/año- sin perder de vista la demanda internacional de café de alta calidad.

La taza puertorriqueña

La mayoría de las fincas productoras se hayan ubicadas en el centro, noroeste y oeste de la isla, en las partes bajas y medias de majestuosas montañas, algunas de más 900 metros de altura. Allí, la temperatura es húmeda y fresca, y la lluvia es abundante. Los pueblos de Maricao, Jayuya, Yauco, Ciales, Adjuntas, Lares, Las Marias, y Utuado Puerto Rico son famosos y conocidos como los pueblos donde se cultiva y elabora el mejor café Puertorriqueño.

Los cafetales ocupan en este territorio cerca de 30.000 hectáreas, la mayoría situadas en zonas de tierra volcánica rica en minerales. Todo el café puertorriqueño es de la variedad arábica. En taza resulta dulce y de sabor pleno.

Entre las muchas clasificaciones con las que se controla la calidad del café, el nivel más alto es el café superpremium. A nivel mundial, solo tres cafés poseen esta categoría, uno de los cuales es Alto Grande producido es Puerto Rico. Esta bebida superpremium puertorriqueña crece en la Hacienda Alto Grande, en la localidad alta y montañosa de Lares dedicada al cultivo de café sin interrupción desde hace más de 150 años. Otro grano del país que ha recibido reconocimiento internacional es el Café Yauco Selecto, distinguido por la prestigiosa revista Wine Spectator Magazine “como uno de los 10 cafés más cotizados del mundo”.

Hacienda Buena Vista

Un viaje en avioneta sobre la isla de Puerto Rico es una inmejorable manera para descubrir las diversas fincas cafetaleras que salpican el paisaje isleño. Es un excelente ejemplo, la Hacienda Buena Vista, una finca magníficamente restaurada del siglo XIX, situada al norte de Ponce y administrada por el Fideicomiso de Conservación de Puerto Rico.

Cuando Salvador de Vives, fundador de estas estancia, llegó al Partido de Ponce en el año 1821, encontró un poblado en pleno desarrollo. Vives, original de Vilobí (Gerona/España), llevaba 12 años trabajando al servicio del gobierno español en Venezuela. Fue enviado a Puerto Rico como “habilitador de los empleados emigrados” en la Escribanía de los Registros del partido de Ponce.

Allí compró una amplia parcela de tierra fértil y construyó esta hermosa mansión de dos pisos, un albergue para los esclavos, granjas de cultivo y áreas de procesamiento. En el momento de la compra no había sembradíos de café ni de frutos principales, aunque Vives pronto se puso por la labor. El plátano se convirtió, en una primera etapa, en el principal cultivo y fuente de ingresos.

Las ganancias adquiridas en esa época, permitieron a su propietario acumular capital y llevar a cabo la primera transformación industrial. Salvador Vives se ayudó de un préstamo ofrecido por los comerciantes catalanes afincados en Ponce, Puerto Rico, Manich y Esteban Doménech y compró una desmontadora de algodón, un molino de pilar arroz, una máquina de despulpar café y un molino de maíz con su desgranadora. Vives moriría sin ver los resultados de esta inversión. Su hijo Carlos continuaría su trabajo y apostó, como su padre, por la introducción de nueva tecnología y maquinaria agrícola en la isla.

Hasta que uno de los nietos del fundador de La Buena Vista, llamado también Salvador, tomara las riendas del negocio, el café no empezó a ganar protagonismo en los cultivos de la hacienda. Hasta el momento, su presencia había sido testimonial, opacada básicamente por la valiosa producción de harinas de maíz.

A partir de 1876, en la época de la bonanza cafetera puertorriqueña, se plantaron nuevos cafetales en la finca. La producción se concentró en la zona conocida como San Carlos, que se encontraba a más de un kilómetro y medio del centro de beneficiado del grano de la hacienda. En 1886 se sembraron 8.600 nuevos cafetos, repartidos entre esa parte de la finca y otras anexas, como las conocidas como Quemado, Cedro y Corcho.

Al cabo de diez años, la paciente espera dio unos resultados extraordinarios. La producción inicial de 10 quintales anuales pasó, en 1897, a 335 quintales de café. La venta a los exportadores se hacía a medida que se terminaba el procesado del grano. Desde octubre de cada año hasta julio del siguiente, las partidas se enviaban a la costa para ser embarcadas rumbo a Europa.

Además de vender su café directamente, el nieto del fundador de la Buena Vista, vendía el producto de su hacienda a casas especializadas en la exportación de café de Ponce, como Fritze&Cía y Fernández y Cía, aunque tampoco eran pocos los casos en los que los Vives exportaban directamente su café.

En Barcelona, por ejemplo, los servicios en consignación de las firmas Comas y Miracle y Juan Amell y Milá, se ocupaban de vender el café de la Buena Vista; mientras que en Londres hacía lo propio la casa de banca Murrieta&Cía. Esta firma española, que velaba por las inversiones de los Vives en Europa, les enviaba regularmente unas notas tituladas “A los amigos en Puerto Rico”, donde aparecían consignadas las magníficas cotizaciones del café puertorriqueño en Londres, la demanda del mismo a lo largo de cada quincena y las ventas realizadas.

La época de oro de la Hacienda Buena Vista sufrió un brusco revés a principios del siglo XX, cuando varios huracanes y la caída del mercado del café paralizaron prácticamente las operaciones en la finca, aunque mantuvo una modesta producción hasta 1958. Las harinas de maíz, reinas de la época anterior, perdieron su mercado, al no poder competir con las estadounidenses que saturaron el país. La Buena Vista, entonces, siguió produciendo otros frutos menores, como plátanos y aguacates, pero también en menor escala. De hecho, esta diversificación fue la que consiguió mantener la actividad durante varios años más en la finca. Como muchas antiguas propiedades cafetaleras, se transformó parcialmente en plantación de naranjas dulces (chinas), destinadas a la exportación al mercado norteamericano. Esta industria prosperó porque, contrariamente al café, se le proporcionó crédito y hubo una creciente demanda.

Esta actividad continua y el aparente entendimiento entre los miembros de la familia Vives evitó que sucediera lo que en otras fincas de la isla que se desbarataron ante constantes problemas de herencia o fracasos económicos. La Buena Vista Se mantuvo íntegra hasta finales de la década de 1950, con la misma cantidad de tierras que en los años de su fundación, con sus edificios industriales, máquinas, casas, cuarteles y canales, construidos durante los años de la bonanza harinera.

La intervención sobre la finca de la Administración de Programas Sociales del Gobierno de Puerto Rico en 1958, acabó con el conjunto. La mayor parte de las tierras fueron expropiadas y después divididas para repartirlas en parcelas.

Salvador, Guillermo y Carlos Vives y sus descendientes optaron, entonces, por otros caminos lejos de la agricultura comercial, aunque acostumbraban a visitar la Buena Vista como “finca de recreo”. Con el paso de los años, sin embargo, la Hacienda se fue deteriorando y quedó prácticamente abandonada. En 1984, el Fideicomiso de Conservación la adquirió y la restauró, devolviéndole su esplendor original.

Una visita a la hacienda es como un viaje al pasado. En esta plantación de café se pueden experimentar los pormenores de la vida rural puertorriqueña del siglo XIX. Los propietarios donaron gran parte del mobiliario original y otras piezas de la época fueron adquiridas por el Fideicomiso de Conservación.

Hoy, la maquinaria está nuevamente operativa y se crían animales domésticos y aves de corral como se hacía antaño. Las habitaciones de la hacienda lucen como si todavía albergaran a sus ocupantes originales y el aroma del café recién colado llena todo el ambiente. Otra de las fincas cafetaleras célebres de Puerto Rico es La Hacienda Juanita de Maricao. Se dice que era de este lugar de donde procedían los granos que se enviaban al Vaticano durante el siglo XIX.

Festivales de Café

El municipio de Maricao es sede del aromático Festival del Acabe del Café, una celebración anual que marca el final de la cosecha del café Puerto Rico y que es herencia directa de las fiestas que organizaban los grandes hacendados de Maricao siglos atrás en donde se invitaban a trabajadores, vecinos y amigos. Hoy es un festejo de gran atractivo turístico. El pueblo de Yauco, al oeste de la isla, también acoge un festival del café. Como el de Maricao, suele celebrarse hacia el mes de febrero y atrae tanto a isleños como a curiosos llegados desde otras muchas partes del país. Durante el Festival, desfilan carrozas por las calles de la localidad. Cada una de ellas representa un pasaje diferente del cultivo y proceso del café. Los niños escriben cuentos relacionados con este producto y las comparsas que acompañan el desfile lo hacen vestidas con trajes típicos del campo puertorriqueño.

Otra celebración en esta isla, relacionada con el grano, es la Fiesta del Tueste de Café Rico, en Ponce. Con este evento, la torrefactora de café más grande del país abre sus puertas durante todo el día y muestra al público su funcionamiento, mientras en su patio se desarrolla una feria con aire de carnaval. Esta festividad es la secuela a las Fiestas del Acabe de la cosecha de café que se celebran en los pueblos cafetaleros de las montañas.
Centro de Información sobre el café

El pasado mes de diciembre se inauguró el Centro de Información para el Mercadeo y producción de Café en Puerto Rico en la Estación Experimental Agrícola de Adjuntas. Las nuevas instalaciones proveerán de recursos informativos a los agricultores, beneficiadores, torrefactores y residentes de la zona sobre la producción y venta de grano. Además, será un lugar de enseñanza y contará con una colección bibliográfica especializada en café, así como con estudios de mercado e información sobre entidades con programas de apoyo a este producto. Se ofrecerá, también, información desde las fases de producción, hasta la venta y distribución, con énfasis en el mercado de exportación.

Actualmente, la Estación Experimental Agrícola del RUM trabaja en el proyecto «Análisis de Mercado: un plan de acción para el café de Puerto Rico» que presenta entre sus objetivos identificar y evaluar mercados potenciales para la exportación de café de Puerto Rico.

Yauco Selecto

La vuelta al mercado del café fino de Puerto Rico Yauco Selecto, S.E. es una sociedad entre maestros agricultores de Puerto Rico, que se unieron con Café Rico, el principal torrefactor de la isla, con el objetivo de producir una cantidad limitada de café digno de satisfacer a los expertos del café.

El café puertorriqueño, particularmente el de la región de Yauco, recibió, en las últimas décadas del siglo XIX, premios a la calidad en Europa y era el preferido por la realeza europea y por el Vaticano. Después de más de un siglo de ausencia del café de Yauco, en los mercados internacionales, en 1990 volvió a renacer. De hecho, el desarrollo de una potente demanda internacional de cafés especiales, ha permitido el regreso de la exportación del mejor café de Puerto Rico, el Yauco Selecto.

NOTA: Publicación autorizada por Lionel Valentín Calderón, Administrador del Portal. Hasta donde nos es posible damos crédito a los autores de los artículos cuando se nos proveen. Si encuentras algún error no vaciles en publicar las correcciones como comentarios o puedes comunicarte con nosotros enviando las pruebas y evidencias de lo que afirmas y haremos las correcciones necesarias de inmedito.

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