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El fantasma de la autopista

Estaba conduciendo su automóvil desde Mayagüez, hacia su casa en Arecibo, en la noche del 20 de noviembre de 1982, cuando Abel Haiz Rassen, mercader árabe que vive en Puerto Rico, cruzó un sector conocido como La Cadena, en las cercanías del pueblo de Añasco. Un hombre calvo estaba de pie en la orilla de la carretera, pidiendo pon. Haiz Rassen miró al hombre, que tenía unos treinta y cinco años y vestía camisa gris y pantalón vaquero brown oscuro, y siguió adelante….
Pero cuando se detuvo ante un semáforo en la siguiente encrucijada, se paró el motor de su auto. Mientras trataba de ponerlo de nuevo en marcha, se dio cuenta de que el hombre que pedía un aventón abría la puerta y se metía en el automóvil.
«Me llamo Robert››, dijo el hombre al sorprendido Haiz Rassen. ¿Tendría la bondad de llevarme a mi casa, en la urbanización «Alturas de Aguada»? Hace casi dos meses que no veo a mi esposa Esperanza y a mi hijo.
Haiz Rassen se negó, diciendo que su esposa le estaba esperando en Arecibo, pero Roberto insistió. El conductor volvió a tratar de poner el coche en marcha, y éste arrancó de pronto.
Convino en llevar a Roberto hasta el restaurante «El Nido». En el curso del breve viaje, el importuno pasajero le advirtió que condujese con cuidado y que no bebiese. Y pidió a Haiz Rassen que rezase por él.
Haiz Rassen se detuvo aliviado en la zona de aparcamiento del restaurante. Unos que le observaban de cerca le vieron hablar animadamente, al parecer consigo mismo. Uno le preguntó si necesitaba ayuda.
-No -respondió Haiz Rassen-, pero este caballero quiere que le lleve a casa.
Se volvió a su derecha para señalar al pasajero… pero allí no había nadie.
Estaba tan impresionado que a punto estuvo de enfermar. Llamaron a la Policía, y dos agentes, Alfredo Vega y Gilberto Castro, le llevaron al hospital local, donde refirió su extraña historia.
Escépticos, pero todavía intrigados, los agentes se dirigieron a la urbanización y llamaron a la puerta de la casa que dijo el conductor que le había indicado Roberto. La abrió una mujer que llevaba un niño pequeño en brazos. A preguntas de los agentes, respondió que se llamaba Esperanza y que era viuda de Roberto Valentín Carbó.
Su marido, bastante calvo, llevaba una camisa gris y unos pantalones mahones brown oscuro el 6 de octubre de 1982, en que había muerto en un accidente de automóvil, en el lugar exacto de la carretera donde Abel Haiz Rassen le había visto por primera vez seis semanas más tarde…

No saber lo que ha sucedido antes de nosotros es ser incesantemente niños. No dejar saber lo que sucede en nuestro tiempo es ser intensamente irresponsables con las futuras generaciones. Un espí­ritu histórico no puede tener dudas de que ha llegado el tiempo de la resurrección de nuestro pasado, de la afirmación del presente y la esperanza del futuro. Esto es parte de ello…

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