El Faro de Maunabo
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El Faro de Maunabo

José A. Mari Mut- El faro de Maunabo o faro de Punta Tuna, entró en servicio el 18 de noviembre de 1892. Fue diseñado por Joaquín Gisbert y construido por Adrián Duffaut sobre el promontorio conocido como Punta Tuna, o Punta de la Tuna, en el extremo sureste de la Isla. El edificio mide 91 pies de largo por 41 pies de ancho y se pintó originalmente de blanco con detalles gris oscuro. Su gemelo fue el primer faro de Aguadilla, del que sólo se distinguió por su color y los detalles de la cornisa de la torre, que es octagonal, mide 43 pies de altura y se ubica en el centro del edificio.

El almacén de combustible para la lámpara se ubicó detrás de la torre y ventiló al exterior por una pequeña persiana. Alrededor del 1960 se hizo una remodelación sustancial del edificio que incluyó la redistribución de espacios interiores, la construcción de un vestíbulo en la entrada, la adición de una puerta posterior y la sustitución del techo de ladrillos por uno de hormigón. El lente de tercer orden, que proyectó su luz a dieciocho millas de distancia, se utilizó hasta finales de la década del 1970. Este lente y el del faro de San Juan son los únicos lentes originales que permanecen en nuestros faros; desafortunadamente, dos de los tres paneles del lente de Maunabo fueron dañados por vándalos. El mecanismo de reloj que rotaba el lente fue sustituido en el 1939 por un motor eléctrico, pero permanece en la linterna y las pesas que lo accionaban están en la columna central de la escalera. Actualmente la luz se produce mediante una pequeña lámpara energizada por paneles solares. La balaustrada de la torre, aunque oxidada, retiene su belleza original. El faro y sus alrededores son administrados por el municipio de Maunabo.

NOTA: Siempre que nos es posible publicamos el nombre del Autor y un enlace al lugar del cual se obtuvo la información publicada. Dado el caso que mucha información nos es enviada sin esta información, pedimos que si es usted amigo lector el autor de uno de estos artículos nos lo haga saber para dar los créditos correspondientes.

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No saber lo que ha sucedido antes de nosotros es ser incesantemente niños. No dejar saber lo que sucede en nuestro tiempo es ser intensamente irresponsables con las futuras generaciones. Un espí­ritu histórico no puede tener dudas de que ha llegado el tiempo de la resurrección de nuestro pasado, de la afirmación del presente y la esperanza del futuro. Esto es parte de ello…

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