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El Gigante dormido

Cualquiera que haya ido a Adjuntas habría notado al Sudeste del pueblo entre las montañas de la cordillera que circunda el valle, una montaña que presenta la forma de un hombre acostado con la cara hacia arriba. Existe una leyenda entre las gentes de aquel lugar que da un origen muy curioso a tal apariencia y es la siguiente:
En tiempo muy remoto existió como sólo habitante de toda la comarca un enorme gigante, cuya cabeza se asomaba fácilmente sobre las más elevadas cumbres y cuyos brazos, cuando estaba dormido se extendían a lo largo de todo el diámetro del valle. Grandes habían sido los esfuerzos de las tribus de indios vecinos, para desalojar de su posesión al coloso y apoderarse de las fértiles tierras, tan inútilmente codiciada por los más bravos caciques.
Cierto día, estando un indio brujo haciendo conjuros, vio sobre el cristal de la fuente donde aparecían las visiones que evocaba la forma del gigante completamente dormido. Este con­sultó sus señales y pudo llegar al convencimiento de que podía morir, si se hería en el ojo derecho con una flecha envenena­da. Este brujo corrió de inmediato hasta la cúspide del cerro más próximo y, desde allí, con puntería certera, disparó su flecha en la dirección indicada. El gigante hizo una convulsión, se levantó y dio un puñetazo, con el que hizo un hueco en la falda del monte, por donde se precipitó enseguida un torrente de agua fresca y espumosa. Luego dio un alarido y se dejó caer en la misma posición en que estaba antes para no levantarse jamás.
Nadie vio mover el cuerpo del enorme gigante por temor a que despertase de lo que ellos creían encantamiento. A través de los siglos se petrificó formando lo que ahora se conoce con el nombre de La Montaña del Gigante.
El caudal de agua, es el magnífico chorro que surte hoy de ese importante líquido a los pobres vecinos de Salsipuedes y que llamamos el Chorro De Doña Pilar.

No saber lo que ha sucedido antes de nosotros es ser incesantemente niños. No dejar saber lo que sucede en nuestro tiempo es ser intensamente irresponsables con las futuras generaciones. Un espí­ritu histórico no puede tener dudas de que ha llegado el tiempo de la resurrección de nuestro pasado, de la afirmación del presente y la esperanza del futuro. Esto es parte de ello…

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