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El Jacho

Venancio es el personaje principal de nuestra leyenda. Era un pobre agricultor y pescador de un barrio de Orocovis. Vivía cerca de un caudaloso río. Era el único sostén de su numerosa familia. Con lo que pescaba y lo que cosechaba, en su pedacito de tierra, los alimentaba. Se dice que era un hombre sin vicios, sumamente religioso y su amor por todo lo creado era muy grande. Desde pequeño su padre lo había acostumbrado al trabajo duro. El oficio de pescador cautivó su alma y a eso dedicó su vida.
Venancio siempre cargaba un saco grande con él.Allí guardaba todas sus herramientas de pesca y la comida del día. Pero lo que nunca se quedaba fuera del saco era una rústica cruz de madera que recibió de su padre. Aquella cruz había pasado de familia en familia. —»No permitas que esta cruz sea destruída y llévala siempre contigo». —Le había dicho su padre. Él prometió así hacerlo.
Se cuenta que un día casi de madrugada Venancio se fue de pesca. Se dirigió al río más caudaloso donde la pesca era abundante. Transcurrió toda la mañana y los peces no aparecían. Pasaban las horas y llegó la tarde. Las nubes daban señales de que iba a llover muy pronto. Pero ni un solo pez había picado.
Y….cayó la lluvia a torrentes.
Habían desaparecido los peces como por arte de magia, estaba cansado, una gran desesperación cubría su alma al pensar que esa noche su familia se acostaría con hambre, y como si fuera poco no paraba de llover.
Decidió prender un jacho que había llevado consigo y regresar a casa. Era ya de media noche. El jacho se había consumido y Venancio lloraba su desconsuelo en aquella terrible oscuridad. De pronto una idea maléfica le vino a la mente. Oyó que le decían al oído —»Prende la cruz Venancio». «Ella te llevará a tu casa». «Te alumbrará por todo el camino».
Y con el último fósforo que le quedaba prendió aquella sagrada cruz. Así llegó a su casa.
No tardaron muchos días cuando Venancio cayó enfermo. No pudo superar la enfermedad y murió. Dicen que en su lecho de muerte un profundo dolor por haber quemado la cruz se apoderó de él.
Al morir subió hasta el cielo pero no fue admitido porque antes de entrar era necesario que regresara a la tierra para buscar las cenizas de la cruz que había quemado. Así que regresó.
Aún hoy, muchos afirman haber visto la “luz eterna” de Venancio, recorriendo como un relámpago las montañas de Aibonito y Orocovis. Busca las cenizas de su cruz.

No saber lo que ha sucedido antes de nosotros es ser incesantemente niños. No dejar saber lo que sucede en nuestro tiempo es ser intensamente irresponsables con las futuras generaciones. Un espí­ritu histórico no puede tener dudas de que ha llegado el tiempo de la resurrección de nuestro pasado, de la afirmación del presente y la esperanza del futuro. Esto es parte de ello…

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