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El Monte de las Brujas

José O. Colón Ruiz- Se trata de otra de las batallas de La guerra del 1898, de los valientes puertorriqueños y españoles. Por aquella época, del 21 de abril de 1898, por orden del Secretario de Gobernación Española, en Puerto Rico, se creó en Corozal El Batallón de Voluntarios Macheteros.
Se cuenta que por órdenes del Secretario de la Gobernación, el doctor Francia, se nombro, a Don Vicente Balbabas para organizar el Batallón.
El grupo de voluntarios era pequeño, pero se sentían animados y deseosos de defender lo suyo. Así que se internaron en uno de los montes cercanos porque éste les ofrecía naturales medios para protegerse y una mejor visibilidad del enemigo. El 4 de octubre llegaron los primeros americanos a Corozal. Los Voluntarios Macheteros se encontraban acampados en el lado Sur del Monte, prestos a vender caras sus vidas. Esa tarde llegaron soldados americanos enemigos con banderas desplegadas y tambores batientes. De pronto sonó un disparo de arcabuz que alcanzó al primer militar americano que cayó herido de muerte. Se desató una lucha sin cuartel. Los macheteros, usando armas rudimentarias que consistían de machetes, espadas, arcabuces, palos, piedras, cuchillos y hachas, resistieron valientemente. Las bajas en ambos bandos fueron notables, llevando la mejor parte el ejercito boricua. Esto obligó a la milicia norteamericana a detenerse en el Sector Palmarejo.
Cuando llegó la noche, perseguidos hasta el monte y en peligro a ser exterminados, sucedió algo legendario. Todo aquello quedó misteriosamente tranquilo y una espesa niebla cubrió la comarca. Se cuenta que el monte empezó a crecer y a crecer. Una aureola brillante rodeaba el monte. Entonces soldados y civiles corrieron despavoridos.
La batalla se detuvo y cuenta la leyenda que, cuando hay noches nebulosas, en el solitario Monte de las Brujas, que se levanta hoy, en la salida de Corozal hacia Morovis se escuchan danzas, y cantos misteriosos. Y hasta algunos dicen haber visto doncellas y brujas encantadas en el bosque.

No saber lo que ha sucedido antes de nosotros es ser incesantemente niños. No dejar saber lo que sucede en nuestro tiempo es ser intensamente irresponsables con las futuras generaciones. Un espí­ritu histórico no puede tener dudas de que ha llegado el tiempo de la resurrección de nuestro pasado, de la afirmación del presente y la esperanza del futuro. Esto es parte de ello…

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