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Un espiritu histórico no puede tener dudas de que ha llegado el momento de la resurrección del pasado, de la afirmación del presente y la esperanza del futuro. Esto es parte de ello.

El Peñón de las Palomas

En tiempos del gobernador don Sancho Ochoa de Castro, allá por los años de 1602, acostumbraban los vecinos de la Capital hacer sus peregrinaciones y cacerías a un islote que está frente a la desembocadura del río Toa. Estas peregrinaciones no tenían carácter religioso, sino festivo, para pasar un buen día de campo y echar una cana al aire, regresando los paseantes de su jira contentos y satisfechos a la ciudad, cargados de gran cantidad de palomas.

Para las damas casaderas era una gran jira y algunos matrimonios se concertaron en estos días de asueto, pues el trato social y culto engendra el cariño y tras el cariño y la amistad desplega el amor sus alas.

Llegó a oídos del Gobernador la noticia de que a dicho peñón acudían infinidad de palomas a anidar y sacar sus crías; y que la abundancia de ellas era tal que sería posible al Fisco sacar alguna utilidad o tributo de ello; no considerando justo que el vecindario, de mogollón, se apropiara aquellas aves que pertenecían, según él, a la Corona.

En tal virtud, el Gobernador que se titulaba enfáticamente Capitán de Galeones y Señor de la Casa y Solar de los Condes de Salvatierra de Vizcaya, dió un riguroso Bando con pregón general, de tambor batiente y lectura de escribano de Cabildo en alta voz, en plazas y encrujadas de calles, prohibiendo en absoluto que ningún vecino pudiese ir a dicho Peñón y menos a coger o cazar con trampas o armas de fuego, o de cualquier modo, una de aquellas palomas, a no ser que tuviese oficial permiso para ello; después del pago correspondiente de la tal licencia, que había ordenado fuera a favor de las Reales Cajas de S. M., so pena de cien maravedíes de oro de multa. El edicto cayó en los oídos del vecindario, muy cuidadoso de sus franquicias, como un ataque a sus derechos procomunales.

—¿Has oído, Maruca, lo que dice el Gobernador en su Bando?
—Eso no va conmigo, Lulú, porque yo cazé mi novio en la pasada excursión y pronto me casaré.
—Pues lo que es a mi me ha dejado don Sancho a la luna de Valencia. En esta próxima jira, que íbamos a tener el domingo, pensaba yo comprometer al Teniente Silvio. ¡Permita Dios que no saque don Sancho ni un chavo de su estanco! ¿Habráse visto más codicia?….

Y sucedió, que después del odioso Bando gubernamental, solemnemente proclamado en esquinas y plazuelas, que establecía Estanco sobre el Peñón de las Palomas a favor del Fisco, jamás volvieron aquellas prolíferas aves a anidar en el islote frente al río Toa.

Este suceso inesperado hizo mella en la imaginación del pueblo y lo consideraban los vecinos de la Capital «como una obra divina y como una demostración providencial de Dios, en su liberal mano, «que quiere gocen todos los humanos de sus beneficios». Así lo glosan las viejas crónicas de la época a que nos referimos, con carácter de verdad histórica.

A veces los hechos se encargan de fomentar las supersticiones; la fantasía se ocupa luego de agrandarlos e interpretarlos; y la brusquedad de los incidentes de darles una lógica formidable.

De ello, surge el post hoc, ergo propter hoc, tan frecuentemente aceptado. Lo imprevisto seduce y embota los sentidos. A los hombres agrada siempre lo sobrenatural y maravilloso, que con frecuencia les hace creyentes y místicos. Y es que todavía tenemos escondido entre los pliegues del alma y en la médula de los huesos, el miedo cerval a lo intangible de lo Desconocido.

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