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El Puente de la Llorosa

Está localizado en la PR-14 Km. 49.5 a la salida del pueblo de Aibonito hacia Coamo. Este puente es el lugar donde sucedieron los hechos de esta leyenda.
Cuenta la leyenda que Moncho Luna residente del Barrio Asomante tenía el vicio de tomar mucho licor. Todos los sábados bajaba al pueblo y se emborrachaba. Un sábado cuando Moncho regresaba a su hogar en situación lamentable, a las doce de la medianoche pasando por el puente, escuchó el llanto de un recién nacido. Moncho se detuvo y bajó de su caballo y llegó hasta una rehoya que había debajo del puente. Su sorpresa no tuvo límites al encontrar una criatura de pocos días de nacida. Sintió compasión por el niño y se lo llevó consigo.
El niño lloraba sin cesar y Moncho lo abrigó con su gabán, pero el llanto seguía y se acordó que llevaba un bollo de pan en sus banastas. Cogió el pan y partió un pedacito, pero se dio cuenta que el niño no podía masticarlo y entonces lo mojó en su boca para dárselo. Cuando Moncho colocó el pedazo de pan en los labios del niño, oyó una voz fuerte de hombre que le dijo: “No lo mastiques que yo tengo dientes”. En el mismo instante la nube que ocultaba la luna se hizo a un lado y a su luz brillante, Moncho pudo ver que aquella tierna criatura tenía unos larguísimos dientes que sobresalían de su boca. Tal fue el horror del jíbaro que lanzó la criatura sobre la carretera.
Una sonora carcajada rasgó el silencio de la noche y llegó a oídos del que huía. Moncho cayó gravemente enfermo. Cuando se recuperó y regresó al pueblo, lo hizo un domingo por la mañana para asistir a la misa para dar gracias a Dios por haberlo salvado del diablo. Porque, eso sí, Moncho estaba seguro de que aquel niño no era otro que el mismísimo demonio que quería castigarlo por sus excesos. Moncho se curó de su vicio. Desde entonces, según contaba la gente de aquel tiempo, si usted acertara a pasar por La Llorosa al filo de la medianoche, oirá el llanto de un niño.

No saber lo que ha sucedido antes de nosotros es ser incesantemente niños. No dejar saber lo que sucede en nuestro tiempo es ser intensamente irresponsables con las futuras generaciones. Un espí­ritu histórico no puede tener dudas de que ha llegado el tiempo de la resurrección de nuestro pasado, de la afirmación del presente y la esperanza del futuro. Esto es parte de ello…

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