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Entra Tydings en acción

Tiene más repercusiones el asesinato de Riggs. Su protector, el influyente senador Millard Tydings (demócrata por Maryland), presidente del importante comité senatorial de Territorios y Posesiones, radica en el Congreso un proyecto concediendo la inmediata independencia a la Isla. El proyecto es considerado por muchos como un intento de castigar a Puerto Rico por el asesinato del oficial policiaco. Hay gran expectación en la Isla ante la acción de Tydings. Varios liberales, incluyendo a Barceló, lo respaldan. De hecho, dice favorecerlo «aun cuando implicare la ruina de Puerto Rico». El Partido Liberal aprueba una resolución en la que respalda el proyecto Tydings «con todas sus consecuencias, aún, si preciso fuere, bajo las condiciones injustas y arbitrarias» del mismo. Muñoz, afirmando que las bases económicas del proyecto no satisfacen a Puerto Rico, se opone enérgicamente al mismo. En sus Memorias (1898-1940), Muñoz recuerda aquella situación:

«El 23 de abril de 1936, el Senador Tydings presentó un proyecto de ley diseñado en apariencia para conceder la independencia rápida y drásticamente a Puerto Rico. Tydings era el autor de la ley que concedía la independencia a las Filipinas, ya en trámite de realización. El presidente del Comité de Territorios del Senado afirmó, al momento de radicarlo, que la administración del Presidente Roosevelt aprobaba su proyecto. Todas estas circunstancias imprimían credibilidad a la supuesta disposición de los Estados Unidos a desembarazarse de Puerto Rico. También contribuían al estremecimiento prevaleciente en Puerto Rico ante aquellas amenazantes perspectivas. Muchos puertorriqueños empezaron a prepararse emocionalmente para la pronta aprobación del proyecto Tydings.
De esta manera y en forma violenta el muy moderno, liberal y demócrata Senador Millard Tydings vino a culpar a la comunidad puertorriqueña del fanatismo de dos nacionalistas. Reaccionó de igual manera que durante siglos lo habían venido haciendo los caciques de tribus primitivas al sufrir agravios por parte de algún miembro de la tribu vecina. Gruening* vino a compartir y apoyar la posición de Tydings como colega y miembro de la tribu del Nuevo Trato. El ‘status’ político asumía su papel trágico de perseguidor de la justicia social, de enemigo de la libertad real e integral de los hombres y las mujeres que nacen, viven y mueren en Puerto Rico. El gobierno de Washington, en forma irracional y paradójica, convertía el concepto de independencia en arma de venganza imperial.

Como Director de La Democracia yo tenía acceso a la Galería de Prensa del Senado y allí estaba escribiendo mi denuncia del Proyecto Tydings, describiéndolo como lo que en la revolución mexicana se llamaba la ley de fuga – que permitía al prisionero escapar y al hacerlo se le abaleaba por la espalda. A Gruening le era familiar este procedimiento por conocer bien la historia de México y su revolución.

Redactaba mi declaración en maquinilla cuando me di cuenta que Gruening, quien también tenía acceso a la Galería de Prensa por su profesión periodística, la estaba leyendo por encima de mi hombro. Cuando volví la cabeza me dijo, irónico:

—‘¡Yo creía que usted estaba a favor de la independencia!’.

—‘Así es’, le dije, ‘también estoy a favor del matrimonio, pero este proyecto es una prostituta’».

El debate ideológico que desatan las posiciones encontradas de Barceló y Muñoz provoca serias consecuencias al liberalismo. El proyecto Tydings es uno de cinco que sobre el status de la Isla se presentan para entonces en el Congreso norteamericano, ninguno de los cuales es considerado seriamente. El de Tydings dispone un referéndum en el que los puertorriqueños deben decir si desean o no la independencia para la Isla. El proyecto es riguroso al exigir la protección de la propiedad de las corporaciones y de los ciudadanos norteamericanos, la seguridad del pago de los bonos en circulación y la asunción por la nueva república de todas las deudas del gobierno central y los municipios, así como las obligaciones de Estados Unidos bajo el Tratado de París con relación a la Isla. Dice José Trías Monge que las consecuencias que se hacían fluir a favor de la independencia «eran de orden tan adverso que traicionaban la verdadera intención del proyecto, tan apartada del reconocimiento responsable, a la luz de la condición económica en que se había colocado a la Isla, del principio de la libre determinación». De favorecerse la independencia en el primer referéndum acababan de inmediato los programas de ayuda con excepción de las cantidades ya asignadas. Desde ese momento terminaba también la autoridad de las agencias federales para extenderles préstamos a los residentes de Puerto Rico o a las entidades que hiciesen negocios aquí. Tan pronto se inaugurase el gobierno de la comunidad independiente no se harían tampoco más asignaciones de fondos públicos, ni se gastarían los fondos asignados a diversas agencias federales especificadas en el proyecto. «Dentro de los seis meses siguientes a la inauguración del nuevo gobierno éste habría, además, de tomar los pasos necesarios para su defensa. Hasta tanto el nuevo gobierno estuviese en condiciones de así hacerlo Estados Unidos proveería servicios de correos, aduanas, faros, sanidad, inmigración y naturalización, conservación de bosques y labores de salvamento de la Guardia Costanera», concluye Trías Monge.
Aparte de lo anterior, el proyecto establece que entre el segundo y el cuarto año de haberse proclamado la república, los productos de Puerto Rico exportados a Estados Unidos pagarán del 25-al-100-por ciento de arancel normal. Las futuras relaciones comerciales entre la república y Estados Unidos quedan indefinidas en el proyecto. Muñoz rechaza con vehemencia la legislación y gestiona y logra la radicación de otra en el mismo Congreso. La radica el representante Wilbur Cartwright (demócrata por Oklahoma). La legislación reconoce el derecho de Estados Unidos a decidir inconsultamente el status futuro de Puerto Rico pero destaca la justicia de que la Isla participe en la consideración de los términos en que se basaría su futuro desarrollo político. Promulga además la política pública de Estados Unidos asegurando en una futura república puertorriqueña unas relaciones justas y beneficiosas para ambas partes. El tercer proyecto es de la autoría del representante Vito Marcantonio (republicano por Nueva York), que reconoce la independencia de la Isla noventa días después de la aprobación del mismo y establece que cualquier disputa entre Estados Unidos y la nueva república que surgiese se sometería al laudo de un árbitro, asegurando «las mejores intenciones» para el desarrollo de la economía puertorriqueña. Ninguno de los proyectos se acerca siquiera a su aprobación. El de Tydings finalmente es sustituido por uno que propone una comisión para estudiar el asunto, pero tampoco hay acción.

No saber lo que ha sucedido antes de nosotros es ser incesantemente niños. No dejar saber lo que sucede en nuestro tiempo es ser intensamente irresponsables con las futuras generaciones. Un espí­ritu histórico no puede tener dudas de que ha llegado el tiempo de la resurrección de nuestro pasado, de la afirmación del presente y la esperanza del futuro. Esto es parte de ello…

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