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Por el estado general de la Isla en 1821 júzguese el de nuestro pueblo

Con el propósito (ya que no podemos ni debemos inventar informaciones) de que puedan apreciar nuestros lectores, el estado de progreso del pueblo al acercarse a los SETENTA AÑOS DE FUNDACIÓN, traemos a estas páginas algunos de los más significativos párrafos que hemos entresacado de un informe rendido a la Diputación Provincial de Puerto Rico, por el General Don González Arostegui y Herrera, después de haber hecho una visita oficial a los pueblos de la isla.

Aunque el predicho informe se refería a las condiciones económicas y administrativas de la isla, la lectura de los particulares que hemos tomado de su texto servirá al lector para hacer una exacta deducción del estado del Pepino en aquella época en que todavía vivían nuestros antepasados encerrados en el área de su término municipal, sin más vías de comunicación que los caminos abiertos por ellos, sin implementos agrícolas para hacer productivo el suelo, sin escuelas y sin tener divididas sus propiedades. He aquí el extracto a que nos estamos refiriendo. Las contribuciones, decía, se exigen en la isla, sin método ni bases; en la mayor parte de los pueblos, no hay escuelas de primeras letras; la población no propietaria, existe diseminada en los campos, y los pueblos en un atraso extraordinario, las tierras baldías se han estado repartiendo sin formalidad y al capricho; pocos propietarios conservan los documentos de sus propiedades; los caminos en tiempos de aguas son intransitables; los correos mal servidos, expuestos en la ruta y muy dilatada la marcha; los guardias de urbanos, inútiles, gravosas y asilo de vejaciones y lucros particulares; los vagos apadrinados y errantes, con perjuicio del hombres laborioso y pacífico; la administración de justicia en el más deplorable estado por falta de jueces de letras, de curiales y de conocimientos jurídicos; los cementerios expuestos a la profanación y a la voracidad de los animales; las casas del Rey, Ayuntamiento y Cárceles en el mayor deterioro, lo mismo casi todas las Iglesias, introducidos algunos charlatanes y empíricos en perjuicio de la salud pública; los límites de los pueblos desconocidos hasta el extremo de ofrecer dificultades en los cobros del subsidio y en la administración de Justicia; entronizado el abuso de comprar frutos en flor con un CINCUENTA y hasta un CIENTOPOR CIENTO menos de su valor en cosecha.

La Isla principia su desarrollo, apenas hay agricultura en sus feraces tierras; su comercio es muy escaso, sin capitales, y fuera de la esfera del por mayor, está reducido a un menudeo y cambio que lo hacen lento; los frutos sobrantes se extraen por el extranjero, dejando en su lugar efectos de todas clases y hasta víveres en gran cantidad; el café, puede decirse, es el único renglón que se negocia por metálico, el cual vuelve a extraerse para la compra de ropa en las colonias extranjeras; no cuenta el país realmente con otra plata que la plata cortada, y si atendemos a la dificultad que dicen los pueblos les cuesta su recolección, la cantidad de aquella debe ser muy corta; no he visto tampoco ningún ramo de industria local, ni salir la clase de artesanos de meros oficiales de oficios muy generales, sin talleres ni depósito alguno de sus manufacturas, así es que los materiales, los muebles, loza ordinaria y demás cosas que producen todos los países, entran en esta isla de afuera, lo mismo que mucha parte de los renglones para su mantenimiento. He procurado desterrar un abuso muy nocivo a la salud pública que por desgracia existe en la iglesia. Hay en ella una porción de curanderos y empíricos, sin autorización competente, establecidos contra los que dispone la Real Cédula del 30 de enero de 1816. Los males individuos pueden traer a la humanidad no se ocultan a ninguno de mediana razón, y la caridad misma exige se les separe del camino de dañar a sus semejantes; queda prevenida la presentación de tales charlatanes en la capital, no permitiéndose a ninguno “ejercer el arte médico” sin el “competente examen y permiso”.

Los límites de uso de unos pueblos a otros, conocidos en el país con el nombre de guardarayas, se encuentran en una confusión escandalosa. No hay en ningún pueblo documento alguno exacto de su creación, separación de otro territorio, ni noticia del número de sus terrenos. Lo que ha llenado extraordinariamente mi atención ha sido el monopolio y la usura con que en todos los pueblos se procedía a la compra de frutos a los infelices; es monstruoso el término a que ha llegado en esta parte la inmoralidad. Compraban al labrador en flor su pequeño cosecho, para entregarlo a su recolección, por una mitad menos de su valor corriente. Si la cosecha no ofrecía la cantidad vendida, se le exigía en metálico el valor de las fanegas o quintales de fruto al precio corriente, de forma que el infeliz las más de las veces daba su cosecho y además el dinero que por él había recibido. Esta tiranía, es, a mi ver, una de las causas de que los infelices no progresen, que la agricultura no pase de pocas manos y que se conserven incultas multitud de tierras, dando lugar a la vagancia y al aburrimiento.

Hasta aquí el extracto del informe del Sr. Arosregui.

Leamos ahora un acuerdo adoptado por el Ayuntamiento del Pepino, el día 19 de noviembre de 1823, y tendremos una idea más clara en relación con el progreso urbano de nuestro pueblo en la época indicada.

Dice así: “que en vista de que el pueblo se hallaba sin ningún arreglo en la formación de calles y que de día en día se iba formando, se deben nombrar dos personas inteligentes para que señalen los sitios de casas a los individuos que quieran hacer sus dichas casas, para que se vayan formando las manzanas; y que se haga con mayor arreglo para cuyo efecto se nombraron para dicho arreglo a Don José de la Jara y a Don Antonio Sánchez. Como igualmente quedan en su fuerza un vigor la disposición dada por el difunto Don Bartolomé de Medina, que fue Presidente en el año 21 que el callejón de la calle nueva entre la casa de Don Miguel del Río y Don Juan Antonio de los Santos, a salir a dicha calle nueva es el que se nombra nuevamente para entrar y salir del vecindario y seguidamente queda otro callejón nombrado por el antedicho Presidente de Medina ya difunto, entre la casa de Don Miguel Ramos y José Adams a salir a la plaza”. Este mismo año había en el Pepino una sola escuela de primeras letras, la que hallaba cerrada a causa de haberla renunciado el profesor que la servía, Don Victoriano Muñiz. El sueldo de este maestro era de trescientos pesos anuales repartidos entre los vecinos. Para cubrir la vacante del profesor Muñiz no se encontró ningún otro maestro.

El Reparto del Subsidio Nacional y Gastos Públicos para el presente año, fue distribuido

así:

Subsidio Nacional
Gastos Públicos en Reales
Primer Barrio
$617-4
Segundo Barrio
$424-1
Tercer Barrio
$689-4
Cuarto Barrio
$305-6
Quinto Barrio
$229
Sexto Barrio
$382-6
TOTALES
$2,248-4

No saber lo que ha sucedido antes de nosotros es ser incesantemente niños. No dejar saber lo que sucede en nuestro tiempo es ser intensamente irresponsables con las futuras generaciones. Un espí­ritu histórico no puede tener dudas de que ha llegado el tiempo de la resurrección de nuestro pasado, de la afirmación del presente y la esperanza del futuro. Esto es parte de ello…

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Maestro, orador, político, periodista, funcionario, legislador, carcelero. En su pueblo -San Sebastián- tierra de sol y ensueños formó el niño su corazón de bondad al rescoldo de un austero hogar criollo. Su padre, un recio tronco de la selva secular, viejo de barbas floridas, a quien el tiempo no pudiéndole vencer de un solo golpe fue derrumbándole como a las fo rra.lezas legendarias con la cruel lentitud de una furia, le indicó la línea del horizonte, hacia donde se oían lejanos clarines.
Maestro, orador, político, periodista, funcionario, legislador, carcelero. En su pueblo -San Sebastián- tierra de sol y ensueños formó el niño su corazón de bondad al rescoldo de un austero hogar criollo. Su padre, un recio tronco de la selva secular, viejo de barbas floridas, a quien el tiempo no pudiéndole vencer de un solo golpe fue derrumbándole como a las fo rra.lezas legendarias con la cruel lentitud de una furia, le indicó la línea del horizonte, hacia donde se oían lejanos clarines.

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