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Puerto Ferro

José A. Mari Mut- El faro de Puerto Ferro entró en servicio en diciembre de 1899, unos dieciocho meses después de concluida la Guerra Hispanoamericana. Fue diseñado por Francisco de Albacete y construido sobre una meseta cerca del centro de la costa sur de la isla, para facilitar la navegación por el sureste de Puerto Rico y hacia el puerto local, que exportaba azúcar, ganado y otros productos. Este faro es idéntico al de Punta Mulas, ubicado en posición opuesta en la costa norte, excepto que los detalles y el zócalo se pintaron de gris oscuro, y su lente era más potente.
El edificio mide 53 pes de largo por 35 pies de ancho. La torre octagonal de 28 pies de altura está en el centro del edificio, su lente de quinto orden proyectó la luz a doce millas de distancia. Los dos faros de Vieques son los únicos faros puertorriqueños construidos originalmente con dos puertas, de las cuales la trasera está flanqueada por dos aperturas circulares (ojos de buey) que ventilaron el baño y la cocina. Sobre la entrada que da al mar está la base de un asta de bandera que no figura en los planos originales. Como ambos faros se construyeron en puntos altos, sus torres son cortas y la única apertura que tienen al exterior es la puerta que conduce al techo.
Debido a la presencia de varias grietas, en el 1920 se solicitaron fondos para destruir el faro y sustituirlo por uno nuevo, pero la petición no prosperó. El faro continuó operando hasta el 1926, cuando un temblor de tierra le ocasionó daños adicionales; el edificio fue entonces abandonado y se instaló una luz en una torre de metal que colapsó hace años. El abandono y el vandalismo han dejado el faro en ruinas. Algunas de la vigas del techo han caído y la mayoría de las restantes están en malas condiciones. Los terrenos circundantes son parte del Refugio Nacional de Vida Silvestre de Vieques.

No saber lo que ha sucedido antes de nosotros es ser incesantemente niños. No dejar saber lo que sucede en nuestro tiempo es ser intensamente irresponsables con las futuras generaciones. Un espí­ritu histórico no puede tener dudas de que ha llegado el tiempo de la resurrección de nuestro pasado, de la afirmación del presente y la esperanza del futuro. Esto es parte de ello…

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