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San Juan

José A. Mari Mut- El primer faro de San Juan, o del Castillo San Felipe del Morro, entró en servicio el 1 de enero de 1846. Sus primeros torreros fueron Manuel Soto y Narciso Sánchez, recién llegados de Cuba, y quienes al igual que los demás torreros de este faro, residieron en la ciudad aledaña y no en el fuerte. El faro se construyó en el bastión más cercano a la entrada a la bahía (Bastión de Austria) y consistió de una base octagonal de ladrillos, una torre octagonal de hierro y una linterna equipada con cinco lámparas e igual número de reflectores parabólicos. Su visibilidad desde el noreste no era óptima y por este, y otros problemas, el faro fue desarmado y mudado al bastión más cercano al mar (Bastión de Ochoa), donde entró en servicio el 1 de abril de 1876, esta vez pintado gris oscuro y blanco, los mismos colores que tiene hoy.
El faro se equipó con una linterna nueva y un lente Fresnel de tercer orden que proyectó su luz a 18 millas de distancia. El bombardeo de San Juan en el 1898 ocasionó daños irreparables a la torre y a la linterna. En el 1899 se reparó la base, se construyó una torre nueva de hormigón y se instaló una linterna y un lente nuevo. En el 1905 la torre desarrolló una grieta tan grande que se decidió demolerla y construir sobre los restos de la base el faro actual de ladrillos, que entró en servicio en el 1908. Esta estructura de 42 pies de altura se equipó con otro lente de tercer orden que hoy proyecta su luz a 18 millas de distancia. Este lente, peculiar por no tener prismas superiores ni inferiores, es el único lente Fresnel original que se usa en la isla. En el 1932 el mecanismo de reloj que rotaba el lente se sustituyó por un motor eléctrico y en el 1962 la luz se automatizó. El diseño de este faro ha sido motivo de controversia a través de los años, para algunas personas es una estructura hermosa mientras que para otras es una nota discordante en la arquitectura de El Morro.

No saber lo que ha sucedido antes de nosotros es ser incesantemente niños. No dejar saber lo que sucede en nuestro tiempo es ser intensamente irresponsables con las futuras generaciones. Un espí­ritu histórico no puede tener dudas de que ha llegado el tiempo de la resurrección de nuestro pasado, de la afirmación del presente y la esperanza del futuro. Esto es parte de ello…

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