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Guayanés

Según cuenta la leyenda, que no está ajena a variaciones, las orillas del Río que circunda al pueblo de Peñuelas, servía de escenario de los encuentros amorosos de la joven española Anés y el valeroso indio Guay. El río y verdor peñolanos eran testigos mudos de tan prístinos sentimientos, pero la familia de Anés no consentía esta unión y dieron orden de muerte contra tan galante y respetuoso indígena.
La sangrienta tarea de marras fue encomendada a un joven militar que se encontraba enamorado, pero obviamente no correspondido, de la bella española, gestión que no titubeó en aceptar, viendo así aumentadas las posibilidades de ganar el amor de la joven.
En carrera apresurada el osado militar se acercó al lugar de encuentros amorosos entre Guay y Anés, al verlos, sin mediar palabra, apuntó su fúsil y de un impacto certero cegó la vida de Guay, sin prever que al caer su cuerpo inerte a las mansas aguas, su amada iba a lanzarse al río en un sacrificio de amor eterno.
El joven militar corrió despavorido y confuso, aún con su fúsil en mano, para dar aviso a sus comisionadores.
Cuando regresaron al lugar de los hechos, encontraron ambos cuerpos, sin vida, abrazados bajo el manto de agua cristalina. El sacerdote, en honor a ese amor incondicional, decidió nombrar el río “Guayanés”, en clara referencia al nombre de los enamorados: “Guay” – “Anés”.
Desde entonces, se atribuyen a las aguas del Río Guayanés un encanto de amor que inspiró al destacado músico Tulio Préstamo, a cantar: “Si bebes del agua del Río Guayanés, quedas encantado de la cabeza a los pies…”.

NOTA: Siempre que nos es posible publicamos el nombre del Autor y un enlace al lugar del cual se obtuvo la información publicada. Dado el caso que mucha información nos es enviada sin esta información, pedimos que si es usted amigo lector el autor de uno de estos artículos nos lo haga saber para dar los créditos correspondientes.

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No saber lo que ha sucedido antes de nosotros es ser incesantemente niños. No dejar saber lo que sucede en nuestro tiempo es ser intensamente irresponsables con las futuras generaciones. Un espí­ritu histórico no puede tener dudas de que ha llegado el tiempo de la resurrección de nuestro pasado, de la afirmación del presente y la esperanza del futuro. Esto es parte de ello…

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