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Un espiritu histórico no puede tener dudas de que ha llegado el momento de la resurrección del pasado, de la afirmación del presente y la esperanza del futuro. Esto es parte de ello.
La Agricultura de los Tainos

La agricultura de los Taínos

Manuel A. García Arévalo -Los taínos desarrollaron una economía basada fundamentalmente en la producción agrícola, que era suficiente para satisfacer su autoconsumo y obtener excedentes que se intercambiaban entre las aldeas. La recolección de frutos y tubérculos silvestres, la pesca y la caza marginal complementaban la alimentación, garantizando un mayor equilibrio de proteínas y variedad en la dieta. En tal sentido, el aprovechamiento de una gran variedad de plantas y especies animales comestibles, haciendo uso de instrumentos funcionales y de sofisticados métodos de producción, denotaba su profundo conocimiento del medioambiente insular en que habitaban. El área donde realizaban las labores agrícolas recibía el nombre de conuco. Entre las técnicas de cultivo, destacan el sistema de roza o tala y quema del bosque, introducido por los primeros arahuacos, así como la várzea, método usado con anterioridad por los grupos meillacoides en el valle del Cibao, que consiste en aprovechar los terrenos limosos ricos en sedimentos minerales y materia orgánica que quedan tras la crecida de los ríos. Además, emplearon la siembra en montículos de tierra suelta, ampliamente difundida en la última fase del poblamiento taíno.

Los montículos o montones se formaban tras la remoción de los terrenos que contenían desperdicios o restos alimenticios a modo de compost y servían de abono, lo que posibilitaba mejores rendimientos de las especies comestibles, en especial las de raíces tuberosas, entre ellas la yuca (Manihot esculenta Crantz) y la batata (Ipomoea batatas L.). Según las fuentes históricas, estos túmulos de tierra suelta podían alcanzar de cuatro a doce metros de diámetro y en cada uno se plantaban cinco o seis esquejes que en poco tiempo se convertían en plantas.

El sistema de roza fue utilizado preferentemente para la siembra de maíz (Zea mays L.), el cual solo se plantaba en época de luna llena por creer que así se garantizaba su crecimiento. Al referirse a este cultivo, Oviedo observa: Para sembrar el maíz, tienen los indios esta orden. Nasce el maíz en unas cañas que echan unas espigas o mazorcas de un jeme luengas, y mayores y menores, y gruesas como la muñeca del brazo o menos, y llenas de granos gruesos como garbanzos (pero no redondos de todo punto). Y cuando los quieren sembrar, talan el monte o cañaveral […], y después que se ha fecho aquella tala o roza, quémanla, y queda aquella ceniza de lo talado, dando tal temple a la tierra, como si fuera estercolada. […] E cuando han de poner en efecto el desparcir de la simiente, quedando la tierra rasa, pónense cinco a seis indios (e más e menos segund la posibilidad del labrador), uno desviado del otro un paso, en ala puestos, y con sendos palos o macanas [coas] en las manos, y dan un golpe en tierra con aquel palo de punta, e menéale, porque abra algo más la tierra, y sácanle luego, y en aquel agujero que hizo, echan con la otra mano siniestra cuatro o cinco granos de maíz que saca de una taleguilla que lleva ceñida, o colgada al cuello de través, como tahelí; e con el pie, cierra luego el hoyo con los granos, porque los papagayos y otras aves no los coman.

Los taínos aprovechaban, igualmente, los ciclos de lluvia para dar inicio a la siembra. En la fase final de su evolución empleaban cierto tipo de regadíos o acequias allí donde la aridez de la tierra los hacía necesarios, como sucedía en el cacicazgo de Jaragua, en el extremo occidental de la isla Española. En aquellas zonas donde la capa humífera no es muy abundante, cultivaban en jagüeyes, que eran agujeros en las rocas propios de los terrenos calizos de formación arrecifal costera, como dice Las Casas que sucedía en el cacicazgo de Higüey Esas oquedades retenían la humedad y, por tanto, favorecían la fertilidad del suelo. También llamaban jagüeyes a los ojos de agua que abundan en esa zona oriental de la isla, de los cuales obtenían agua para beber introduciendo en ellos recipientes de barro sujetados con lianas o bejucos que hacían las veces de cuerdas.

Entre los instrumentos agrícolas estaban las hachas de piedra de forma petaloide, llamadas así porque se asemejan a los pétalos de las flores. Se insertaban en la parte superior de un astil de madera, y también se utilizaban como armas. Las de menor tamaño eran destrales. Para su fabricación se seleccionaban rocas de gran consistencia, que conservaban mejor el filo del instrumento, y, por lo general, la superficie presenta un pulimento reluciente. También poseían hachas de cuello, ya empleadas con anterioridad por los grupos arcaicos. El cronista Pedro Mártir de Anglería ha dejado un elocuente testimonio sobre la resistencia del material con que se confeccionaban las hachas taínas:

En los comienzos de este gran descubrimiento pude hacerme con una de estas piedras, que me regaló el propio Cristóbal Colón […] Era de color esmeralda oscuro, atada a un palo que le servía de segurísimo mango. Yo mismo la utilicé para golpear con todas mis fuerzas unas barras de hierro, en la cuales hice mella, sin que la piedra se estropease ni embotase en parte alguna. A las hachas petaloides se las considera piedras de rayo, por creerse que caen a la tierra con este y que pasado un tiempo salen a la superficie. Algunos piensan que traen buena suerte y otros les atribuyen propiedades medicinales. Esta es una superstición muy antigua: ya los romanos llamaban «ceraunias » a las hachas, pues pensaban que se formaban en el cielo y caían a la tierra como piedra del rayo o del trueno, y les conferían una serie de virtudes.

Además de las hachas petaloides, otras herramientas de trabajo fueron los buriles líticos de forma alargada con sus dos extremos afilados, así como los raspadores, cinceles y picos de concha, y las afiladas lascas de pedernal empleadas por los grupos arcaicos y que se continuaron usando sin mayores variaciones en las comunidades agroalfareras. Entre los utensilios utilizados para sembrar estaba la coa (hoy llamada puyón), especie de bastón de madera cuya punta se endurecía con fuego. Servía para hoyar y remover la tierra antes de esparcir las semillas de maíz o plantar los esquejes de yuca, y hacía las veces de azada. Aún hoy en los predios campesinos dominicanos se usa este instrumento de labranza para el cultivo de algunos rubros agrícolas.

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