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La elección general de 1904

Previo a la elección general de 1904, la Federación Libre de los Trabajadores y el Partido Obrero Socialista llegan a un entendido de colaboración con los unionistas, a base del cual varios de su líderes son incluidos en la papeleta unionista. (El partido fundado por Iglesias tampoco acude como tal a esta elección). La elección se efectúa el 8 de noviembre. Se restablece para ésta el sufragio universal masculino, esto es, pueden votar todos los varones mayores de 21 años de edad, sepan o no leer y escribir y aun cuando no sean propietarios o contribuyentes, según como ocurre para la única elección bajo la Carta Autonómica. Los distritos electorales son los mismos que para las anteriores dos elecciones generales. El número de electores capacitados para emitir sus votos en esta elección alcanza a 225,262, de los cuales votan 144,240 (64.0%). Los unionistas sorprenden con su triunfo: acumulan 89,713 votos, frente a 54,092 de los republicanos. El Partido Unión de Puerto Rico elige su comisionado residente, Tulio Larrinaga, y triunfa en cinco de los siete distritos electorales (San Juan, Arecibo, Mayagüez, Guayama y Humacao) y en 44 de los 67 municipios. Matienzo Cintrón asume la presidencia de la Cámara de Delegados, en la que los unionistas controlan 25 de los 35 escaños. De esos 25 escaños, seis corresponden a candidatos postulados por la Federación Libre de los Trabajadores y el Partido Obrero Socialista.

[Elección general de 1904:
Partido Unión de Puerto Rico: 89,713 votos.
Partido Republicano Puertorriqueño: 54,092.
Partido Republicano Puro: 177.
Partido Demócrata: 111.
Partido Republicano Regional: 109].

Los votos de los «partidos» Republicano Puro y Republicano Regional son producto de pequeñas escisiones locales del Partido Republicano Puertorriqueño, mientras que los del Demócrata corresponden a una disidencia local de los unionistas. Con su sorpresivo triunfo, el Partido Unión de Puerto Rico controla la mayoría en la Cámara de Delegados, pero ha de compartir su poder legislativo con el Consejo Ejecutivo, que continúa con su mayoría de norteamericanos continentales. Poco después de esta elección, De Diego, con su imponente oratoria, y Matienzo Cintrón comienzan a alentar fervientemente la idea independentista en las filas de la Unión, aunque no llegan a plantearla ante el Congreso. Se acentúa entonces la irreconciliable división entre pro-americanos – en las filas del Partido Republicano Puertorriqueño – y anti-americanos – en un gran sector del Partido Unión de Puerto Rico. Se acentúa asimismo el reclamo de prácticamente todos los sectores para que se enmiende la ley Foraker, desaparezca el Consejo Ejecutivo, y se instale un Senado electivo. A mitad del bienio, tiene lugar una asamblea de funcionarios municipales de toda la Isla, citados por el alcalde republicano de la Capital, Roberto H. Todd, en la que se aprueba un memorial que es sometido al Congreso de Estados Unidos, y en el cual se denuncia «…cómo los puertorriqueños han sido defraudados en sus esperanzas de gobierno propio y libertad, denuncia el sistema de gobierno implantado que no da debida representación a los puertorriqueños para regir sus destinos, se querella de cómo la voluntad de los puertorriqueños expresada a través de la Cámara de Delegados se estrella ante el Consejo Ejecutivo controlado en su mayoría invariable por norteamericanos, que a la vez constituyen las jefaturas de los departamentos ejecutivos que con el Gobernador son los dueños de la administración del país. Protesta de que los altos funcionarios importados, que generalmente desconocen el lenguaje, las costumbres y las necesidades del país, al día siguiente por sus cargos en el Consejo Ejecutivo se convierten en legisladores para decidir con sus votos sobre asuntos que atañen a los altos intereses del país. Aclara el documento que si en otras ocasiones hubo protestas separadas en distintas épocas de Republicanos o de Federales, ahora es una protesta conjunta de ambos partidos y de todo el país…»
El memorial se discute en vistas públicas por el comité de Asuntos Insulares de la Cámara de Representantes federal, pero no pasa nada más. Por lo menos en este momento.

No saber lo que ha sucedido antes de nosotros es ser incesantemente niños. No dejar saber lo que sucede en nuestro tiempo es ser intensamente irresponsables con las futuras generaciones. Un espí­ritu histórico no puede tener dudas de que ha llegado el tiempo de la resurrección de nuestro pasado, de la afirmación del presente y la esperanza del futuro. Esto es parte de ello…

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