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La explosión más grande de Puerto Rico

En Puerto Rico han ocurrido varias explosiones notables. En el 1996 sucedió en Río Piedras una explosión de gas propano que destruyó el edificio de la tienda Humberto Vidal, matando a 33 personas e hiriendo a más de 80. En el 2009 sucedió en Bayamón una explosión de vapores de gasolina que destruyó varios tanques de almacenaje de combustible de la Caribbean Petroleum Corporation (CAPECO), afortunadamente en esta explosión solo hubo tres heridos. En término de la potencia de la explosión, ambos eventos se quedan cortos al compararlos con la explosión de pólvora sucedida en julio de 1898 en Isla Grande. El capitán Ángel Rivero Méndez nos dice en Crónica de la Guerra Hispanoamericana en Puerto Rico que las dos explosiones sucesivas detuvieron relojes y destruyeron vidrieras en la capital.

El polvorín de Miraflores está en Isla Grande, al sureste del Distrito de Convenciones. Durante el siglo 19 se almacenaba allí una gran cantidad de pólvora, traída de México y Venezuela poco antes de que ambos territorios lograran su independencia. Aunque la pólvora estaba en perfectas condiciones, no podía usarse con los cañones modernos recién instalados en San Juan y ante el temor de una explosión causada por la guerra se decidió descartarla. El sistema para decomisar la pólvora era simple. Las cajas de cedro llenas del explosivo eran transportadas por soldados desde el polvorín hasta un bote que esperaba en el muelle de Miraflores y del bote se pasaban a un barco anclado en la bahía. El barco navegaba hasta un punto más allá de la boca del Morro y las cajas se tiraban al mar. Mojada, la pólvora no podía explotar.

A la 1:30 p.m. del 14 de julio estaban depositadas en el muelle de Miraflores unas 300 cajas de pólvora. El bote que las llevaría al barco estaba a medio cargar y, aunque estaba prohibido, uno de los boteros fumaba un cigarro. Cuando vio al capitán que supervisaba la operación, se asustó y tiró el cigarro al bote. Un instante después se incendió un poco de polvo escapado de las cajas que contenían la pólvora. Otro instante después explotó el bote y segundos más tarde voló el muelle junto con su base de piedra. La enorme explosión, en palabras de Rivero comparable solo con el disparo simultáneo de cien cañones, mató a 18 personas (catorce soldados, los tres boteros y un empleado) e hirió a tres soldados que observaban a cierta distancia. Ese día sólo se encontró un cadáver. Más tarde apareció un torso, dos días después un brazo y una cabeza, y otros dos días después un brazo en Cataño.

No saber lo que ha sucedido antes de nosotros es ser incesantemente niños. No dejar saber lo que sucede en nuestro tiempo es ser intensamente irresponsables con las futuras generaciones. Un espí­ritu histórico no puede tener dudas de que ha llegado el tiempo de la resurrección de nuestro pasado, de la afirmación del presente y la esperanza del futuro. Esto es parte de ello…

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