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La India dormida

Taína, hija de una hermana del cacique Caguax, allá en los Valles del Turabo. Todos la llamaban Flor del Aire, y la conocían como a una mujer sencilla pero rebelde: herencia de su raza fuerte, que lucho contra los conquistadores españoles durante años. Lo que menos imaginaba Taína, era que se enamoraría perdidamente de uno de los oficiales españoles que sometía a su pueblo. Fueron las montañas de los mencionados valles los que los jóvenes amantes tomaron como punto de encuentro.
Yaraví, el más bravo de los jóvenes de su tribu estaba pérdidamente enamorado de Taína, desesperado por no ser amado por la Flor del Aire se suicidó lanzándose desde lo alto de una montaña ante los ojos desorbitados de su amada.
El joven militar tuvo que alejarse de la Isla, prometiéndale a su enamorada que volvería por ella. No se sabe por qué, mas nunca regresó, la india, fiel amante, a las montañas acudía a llorar la muerte del guerrero y en espera de su amado hasta que el cansancio de la inútil espera le venció y dormida se quedó en las montañas de tanto llorar.
Los dioses del cielo taíno, compadecidos, para perpetuar esta triste historia de amor, en testimonio de la fidelidad del amor de la Taína petrificaron su cuerpo y su figura yaciente se divisa en la formación de los propios montes.
Si viajas de San Juan a Caguas, en la autopista 52 hacia el sur, de seguro verás su silueta fiel todavía a la espera de su amado.
 

No saber lo que ha sucedido antes de nosotros es ser incesantemente niños. No dejar saber lo que sucede en nuestro tiempo es ser intensamente irresponsables con las futuras generaciones. Un espí­ritu histórico no puede tener dudas de que ha llegado el tiempo de la resurrección de nuestro pasado, de la afirmación del presente y la esperanza del futuro. Esto es parte de ello…

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