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La Mielda e Bruja

La Mielda e Bruja

DPRPMRecuerdo el día que entreviste a mi abuela paterna, Millita. Fue por encargo de mi clase de historia en décimo grado, una tarea sobre las costumbre y tradiciones de nuestros antepasados. Nunca pude imaginar lo que depararía tan ordinaria encomienda. Todavía se me eriza la piel escuchando el relato de mi abuela, una menuda mujer de 68 años, encorvada por los años, con rostro amable y carácter dulce como la miel pero con mente ágil como guaraguao en caza. Me contaba con detalles como pasaba la vida entre extenuantes trabajos domésticos, no era para menos, tuvo nueve hijos a quienes supo educar en el rigor de la moral y honor de antaño. Comencé la entrevista preguntándole ¿como pasaban los días?

Me explicó que mi abuelo Chago salía cerca de las 5:00am a atender la finca mientras ella levantaba los muchachos, preparaba desayuno, amamantaba los pequeños y los grandes recogían leña, pescaban guávaras en el río o trabajaban con algún vecino para ayudar a la familia. Algunos lograron estudiar grados primarios antes de que mi abuelo quedara ciego de cataratas, luego casi todos tuvieron que dejar los estudios para ayudar en el sustento de la familia. Entre ellos mi padre que logró cursar hasta noveno grado, lo que era considerado afortunado en esos tiempos. Luego emigró a Nueva York en los cincuentas, no le fue mal y logró regresar cuando yo era un mocoso.

Pregunté ¿que hacían luego que llegaba abuelo de la finca? Me contaba que se sentaban en la escalera a desgranar gandules o a velar a los muchachos jugar en el batey. Mientras me contaba sobre los juegos, veo como cambia su semblante, le da un escalofrío y relata con tono misterioso que cuando caía la noche en ocasiones aparecían las brujas. En eso veo a mi tía que se persigna y leo en sus labios un “Jesús, María y José”.

¿Las brujas? ¿que brujas, que era eso abuela? Me contó que se decía que “Las Brujas” eran los espíritus de mujeres despechadas llenas de odio que se enamoraban de los hombres de la casa, en este caso de mi abuelo. Que eran almas en pena que habían perdido su amor, que vagaban por el mundo trayendo desgracias y que remplazarían ese amor con cualquiera al que pudieran enamorar. Se presentaban como luces que se movían durante la noche alrededor de la casa de un árbol a otro, deteniéndose cerca de uno de los arboles cercano a la casa. A veces varias luces, a veces una. Inmediatamente se percataban, daban la voz de alerta y mi abuela metía dentro de la casa a los más pequeños y obligaba a los grandes a golpear con palos y piedras el lugar donde se encontraba “La Bruja”. Asustados mis tíos seguían las ordenes de abuela Milla como soldados defendiendo su territorio. Podían pasar varios minutos de ataque constante con piedras y palos antes de que “La Bruja” decidiera abandonar su estancia. Angustiosos minutos que se tornaban cada ves más peligrosos pues se desconocía como podía reaccionar “La Bruja”. Mientras yo pensaba, “pero si era solo una luz, ¿como atacas una luz?” No había bien terminado de contestar y ya yo estaba embarrao. Eran los años setenta, no habían científicos ni estudiosos del tema, nadie sabía qué era.

¿Abuela, pero, pero qué era? Pues mijo que se yo, te estoy diciendo, era una Bruja enamorá de tu abuelo y yo no podía permitir que se quedara pues traería problemas en la familia. ¿Y los muchachos no le tenían miedo? Claro mijo, bendito, todos le temíamos pero era peor que se quedara, había que hacer que se largara porque si no podía provocar que tu abuelo se fuera y eso no lo íbamos a permitir. Así transcurrió la entrevista hasta que me explico que al otro día siempre aparecía lo que ella llamaba “la plasta de esa maldita”. Había una evidencia pensé, podía estudiarla.

¿Como que la plasta?, pregunté. La plasta mijo, “La Mielda e Bruja”. Encima era cochina la condená, pensaba yo con una mezcla de miedo y curiosidad. Yo había escuchado hablar de “La Mielda e Bruja” pero solo para identificar un determinado color, en este caso un amarillo algarroba, jamás me imaginé que tuviera tan siniestro origen.

Me mantuve pendiente y no pasó mucho tiempo sin que tuviera la oportunidad de encontrarme con la plasta; “La Mielda e Bruja”. Fue muy cerca de mi casa, debajo del árbol de tamarindo, miré para todos lados asustao, mire de reojo hacia arriba al árbol pero enseguida pensé que podía estar ahí, así que salí corriendo como alma que lleva el diablo sin mirar pa’atrás, a avisarle a mi mama de que estaban cerca las Brujas, a lo que ella me contestó, “estate tranquilo mijo, no te preocupes que yo vi ayer a esa desgraciá cerca del palo de tamarindo y la estoy velando pa darle lo suyo”. Yo no sabía con claridad a que se refería mi madre con darle “lo suyo” pero si sabía que con mi madre no se podía meter, por que pegaba duro, seguro no le iba a ir bien. Yo le iba a mi mai.

Foto: Jack Delano

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