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La Niña del Hospital

Una noche, de esas que nadie quisiera recordar, llegó al viejo hospital de Comerío una señora enferma, acompañada de una nena como de nueve años. Dicen aquellos para quienes la distancia no es demasiado larga, que ocurrió hace más tiempo del que quisieran acordarse, en la década de los treinta.
Se celebraba esa noche la Noche Buena, que minutos más tarde habría de convertirse en la noche más aciaga de la historia pueblerina. Como al hospital no podían entrar los niños, la señora que era su abuela, le dejó en las escaleras, advirtiéndole los mandatorios obligados de la situación: no hables con extraños ni aceptes dulces de nadie desconocida.
La niña, preciosa por cierto, se detuvo por un momento a mira las noche estrellada, más visible esa noche iluminada por la luna llena. A lo lejjos el coquí cantaba su dolorida canción, como advirtiendo la tragedia por suceder.
Es de todos conocidos que baco acomaña a más de uno en las festividades en que se recuerda con el olvido el Nacimiento de Nuestro Niño Dios. Uno de estos irresponsables, enardecido por el vino y el placer, conduciendo e velocidad exagerada y de manera errática su carro, perdió el control llegando hasta las escaleras del hospital donde alegremente la niña, pensando en el Niño Dios jugaba.
No hubo apenas tiempo de gritarle a la niña que el auto se acercaba, y la mató. Murió el angelito de camino al distrito. Luego de un mes de haber ocurrido el accidente mucha gente del Cielito y Cuba Libre, en noches de luna llena escuchan toda la tristeza del canto del coquí y ven a la nena jugando en las escaleras del hospital.

No saber lo que ha sucedido antes de nosotros es ser incesantemente niños. No dejar saber lo que sucede en nuestro tiempo es ser intensamente irresponsables con las futuras generaciones. Un espí­ritu histórico no puede tener dudas de que ha llegado el tiempo de la resurrección de nuestro pasado, de la afirmación del presente y la esperanza del futuro. Esto es parte de ello…

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