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La Nueva Funeraria o Tanatorio

Su Progenie

Para muchos de nosotros ha pasado desapercibo, pero Don Guilo, fue padre de muchos pepinianos ilustres. En su primer matrimonio con Doña Elvira engendró varios hijos, entre ellos, a Quiterio Vargas, el camarógrafo del Teatro Mislán a quien conocimos y recordamos con la frase “cuadra Quiterio”. Posteriormente se casó con Doña Carmen Hernández, y es padre de otros notables pepinianos:, del Licenciado Celestino Vargas, el abogado del pueblo, de Carlos Vargas, un destacado artesano y ebanista, y del deportista Moisés Vargas, alias Mano Moisés y quien fue candidato a alcalde por el desaparecido partido del Pueblo, y abuelo de Jesse James Vargas, mi amigo.

Su Agencia Fúnebre

Como parte de su oficio artesanal estableció su fábrica de ataúdes en el sector denominado el Rabo del Buey y posteriormente e mudó a la Barriada el Guayabal, a la calle 11 de enero (día del nacimiento de Eugenio María de Hostos. Hoy la antigua calle 11 de enero lleva el nombre de Don Aguedo Guilo Vargas. Allí fabricaba ataúdes con la madera de cajas de ajo y de bacalao y con cajas en donde venían latas de manteca y latas kerosene Era una madera liviana y económica para los pobres. Don Guilo y sus hijos visitaban los colmados y almacenes para adquirir estas cajas de madera que eran muy útiles para su industria. Los lados del ataúd eran fabricados con madera que se contaba en los montes y Don Guilo la preparaba a serrucho según el testimonio de Raúl, su hijo.

Nos parece que el cadáver se preservaba en este medio ambiente de residuos de sal y ajo. Al parecer este método dilataba la descomposición del cuerpo muerto. Pero lo que sí nos han dicho nuestros entrevistados era que juntamente con la procesión los perros iban detrás del olor a bacalao. Pero lo que en verdad estaba detrás del uso de esta madera barata era el costo de los ataúdes y la tela de pana con que se forraban los modestos ataúdes. Tela que adquirían en Arecibo.

Nos dice Raúl Vargas, que temprano en el siglo 20, para 1929, los ataúdes para adultos costaban $6.00 y para los niños e infantes de $1.50 a $2.00. Eran momentos difíciles para Puerto Rico y El Pepino. Había una gran depresión en Estados Unidos y la desnutrición diezmaba la población pepiniana infantil. La mortandad de niños era grande y se vendían cuatro y cinco ataúdes diarios ataúdes Con el tiempo la calidad de los ataúdes mejoró con el uso de mejores maderas. No hay duda que la condición económica fue mucho mejor después de 1940.

Don Aguedo, como practicaba el espiritismo, religión que lo mantenía en contacto con la clase más pobre, demostraba la virtud de la generosidad en los momentos de dolor. Su clientela eran los pobres del Pepino y pueblos limítrofes que buscaban darle un entierro decente a sus seres queridos. Cada deudo compraba de acuerdo a sus posibilidades. Pero en muchas ocasiones, los clientes pobres eran objeto de su favor cuando Don Guilo le proveía un ataúd gratuitamente y dinero para que compraran la merienda para el velorio. No en balde le llamaban “el Padre de los pobres”. Mientras el que escribe esta obra literaria celebraba su sexto cumpleaños en la barriada Tablastilla, Don Aguedo se remontaba y le decía adiós a la vida terrenal. Falleció el 30 de enero de 1955 en la barriada El Guayabal mientras yo jugaba en Tablastilla con mis amigos y ni me enteré.

La Projimidad De La Época

Antes de terminar con este acápite, debemos describir la projimidad de ese entonces. Los hogares estaban disponibles para recibir a los transeúntes y viajeros. Había siempre un lugar para que la gente pasara la noche. En los hogares siempre se preparaba comida adicional para que todo aquél que apareciera tuviera algo que comer.

NOTA: Siempre que nos es posible publicamos el nombre del Autor y un enlace al lugar del cual se obtuvo la información publicada. Dado el caso que mucha información nos es enviada sin esta información, pedimos que si es usted amigo lector el autor de uno de estos artículos nos lo haga saber para dar los créditos correspondientes.

No saber lo que ha sucedido antes de nosotros es ser incesantemente niños. No dejar saber lo que sucede en nuestro tiempo es ser intensamente irresponsables con las futuras generaciones. Un espí­ritu histórico no puede tener dudas de que ha llegado el tiempo de la resurrección de nuestro pasado, de la afirmación del presente y la esperanza del futuro. Esto es parte de ello…

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Historiador y escritor pepiniano residente en Trujillo Alto. Ha hecho estudios de maestría y doctorado en educación, historia y teología. Profesor universitario, maestro de escuela pública y conferenciante. Autor de la Etnia Cultural Pepiniana (2002) y otros libros y artículos. Se ha dedicado a la historia municipal del San Sebastián.