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La pugna por terrenos con acceso al puerto

La pugna por terrenos con acceso al puerto

La escasa población de la Isla se concentraba alrededor de San Juan, y la economía también. Tierra adentro se sufría de la inaccesibilidad resultante de la topografía agreste y las frecuentes lluvias, y en resto de la periferia de la isla ocurrían ataques ocasionales de indígenas y corsarios. Para facilitar el control del contrabando y favorecer a los comerciantes peninsulares más influyentes, la Corona había constituido a San Juan como el único puerto internacional autorizado. Los pocos y pobres caminos existentes conducentes a la capital debían ser reacondicionados cada dos o tres años, pero la mayor parte del comercio con el interior se movía en embarcaciones y pequeñas barcazas por la costa y la parte baja de los ríos principales como Loíza, Canóvanas, Bayamón, Toa (Plata) y Puerto Nuevo. Así las cosas, los ingenios azucareros se limitaron a llanos costeros adyacentes a esos ríos, puesto que desde lugares más remotos no resultaba económico transportar el azúcar para ser embarcado en San Juan. Las únicas excepciones fueron el ingenio pionero de Castellón y por lo menos uno más que existió por pocos años en Yabucoa, antes de la designación de San Juan como único puerto de exportación.

Impulsada por ese despegue azucarero, se libró una lucha ardua entre hacendados y ganaderos. La crianza de ganado como actividad económica había comenzado casi desde los inicios de la conquista. La Corona la fomentaba dándoles derecho sobre grandes extensiones de tierra, llamados hatos, a personas que pasaron a llamarse señores de hatos. Se acostumbraba medir los hatos de forma circular, con un mínimo de una legua (3.5 millas) de radio. Gran parte de las tierras del llano costero del norte, entre los ríos Cebunos (Cibuco, al oeste del Toa) y Loíza estaba repartida en hatos. Estas tierras eran preciadas tanto por ganaderos como azucareros por su accesibilidad al puerto de exportación. Entre 1541 y 1545 los agricultores, mayormente los de caña, presionaron al gobierno a reducir el tamaño de los hatos por la mitad y dejar más terrenos para la agricultura. Los estancieros querían tener derecho a poner corrales para sus animales de finca y labrar tierras que al momento formaban parte de latifundios improductivos que ocupaban las tierras accesibles. La Real Cédula de los Pastos Comunes, del 26 de agosto de 1541, atendió sus pedidos, abriendo paso al cultivo extensivo de la caña de azúcar, pero para instrumentarla hubo que vencer la fuerte resistencia de los señores de hatos.

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