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La Sirena del Cerro

Luego de que un cataclismo ocurrido hace cientos de años propiciara el levantamiento de lo que hoy es Lajas, Guánica, Cabo Rojo y de que una gigantesca ola marina se desplazara a través de toda la región sur, rebasando la Cordillera Central a la altura de Cayey y atrechando hacia el valle del Turabo, para llegar hasta la falda del cerro de Gurabo, quedó atrapada -cerca de lo que hoy se conoce como la escalera Zenón Vázquez- una sirena a quien un grupo de niños protegieron, alimentándola y escondiéndola entre sus familiares. Los niños no tan sólo la sobreprotegieron, sino que le transmitieron el amor más puro y desinteresado, colmándola de alegrías y creando con ello las condiciones para su inusitada vitalidad”.
De ahí vino una “transfiguración” y con el pasar del tiempo “fue tanta la genuflexión hacia lo extraño o extranjero, hacia lo cómodo o dependiente, fue tanto el maltrato a nuestro ambiente y hacia nuestros niños -hacia esos mismos niños que tanto ella quiso- que prefirió ocultarse y retornar al mar”.
La leyenda establece que por cada acción envilecedora, por cada atropello a los niños o a sus madres, por cada indolencia de las autoridades o mayores, la sirena dijo que los colores del cerro se irían desvaneciendo hasta adquirir un tono cada vez más grisáceo y tísico, un carácter paulatinamente sepulcral. “Algo que en efecto pasó y así se comprobó lo revelado a don Fruto Ayala en la segunda aparición que le dispensó la virgen durante una noche de luna plena y de lluvias torrenciales”.

No saber lo que ha sucedido antes de nosotros es ser incesantemente niños. No dejar saber lo que sucede en nuestro tiempo es ser intensamente irresponsables con las futuras generaciones. Un espí­ritu histórico no puede tener dudas de que ha llegado el tiempo de la resurrección de nuestro pasado, de la afirmación del presente y la esperanza del futuro. Esto es parte de ello…

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