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Las tetas de Cayey

Las Tetas de Cayey son símbolo de un pueblo que, pertenece a otro. Dos picos de montaña situados en la jurisdicción municipal de Salinas, en el Estado Libre Asociado de Puerto Rico, al norte de la ciudad de Salinas propiamente que han dado carta de ciudadanía al pueblo de Cayey en el mundo de las leyendas y el turismo. A partir del 1 de septiembre de 2000 mediante la Ley 283, las cumbres se han convertido en parte de una Reserva Natural de Puerto Rico y están protegidas por la ley. Su altura es de 2.759 pies (840,94 metros) sobre el nivel del mar.
Motivo de vieja y gran controversia es el hecho de que esta bella creación de la Naturaleza, a pesar de llevar el nombre de Cayey, está enclavada en la jurisdicción de Salinas, municipio al que también pertenecen los montículos conocidos como Las Piedras del Collado y Las Tetas de Salinas, que se encuentran cerca del Monumento al Jíbaro Puertorriqueño, -en reconocimiento al custodio más auténtico de la herencia cultural-, en la Carretera PR 52, que atraviesa nuestra isla de Norte a Sur. La polémica generada en torno a esta situación llegó a dilucidarse hasta en los tribunales de Justicia, dictaminándose que, efectivamente, lo único cayeyano de las famosas “tetas” es su nombre, pues en realidad son salinenses. Así lo confirmó la Junta de Planificación.
Cuenta la leyenda que una india y un español de la zona se juraron amor perpetuo en las montañas de la Sierra de Cayey.
Un día los enamorados se percataron de que sus familias planeaban separarlos, y así, entre disparos y flechazos, huyeron a la montaña. Mortal fue la herida que lograron infringir al español. Juntos, luego de muchos esfuerzos, llegaron a la cima de la Sierra donde él muere y la india, como prueba de su amor, decide nunca separarse de su amado recostándose a su lado a esperar la muerte. Luego de su muerte, sobre su pecho subieron con el tiempo las dos montañas como grito al universo del inmenso y puro amor de la mujer hacia el hombre.

No saber lo que ha sucedido antes de nosotros es ser incesantemente niños. No dejar saber lo que sucede en nuestro tiempo es ser intensamente irresponsables con las futuras generaciones. Un espí­ritu histórico no puede tener dudas de que ha llegado el tiempo de la resurrección de nuestro pasado, de la afirmación del presente y la esperanza del futuro. Esto es parte de ello…

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