Leyenda de Mar Chiquita

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Como acostumbraba cada mañana, Fini Ana paseaba por la orilla del mar manatiense. Nacida en la costa norte borincana, había vivido en ella desde entonces. No podía imaginar otra existencia lejos de ese litoral. Se identificaba con la mar, por lo general tan pacífica pero que en ocasiones se estrellaba contra las rocas dejando ver su rabia y su potencia. A pesar de que miraba a diario ese paisaje, no dejaba de admirarlo, agradecida de la suerte de tenerlo.

En días como éste, en que el sol le regalaba toda su energía y calor, era imposible no sumergirse entre sus olas. El azul del cielo, reflejado en la claridad de esas aguas, la atraía. Era parte de su vida, esa mar era ella misma. Subió a la roca para zambullirse pero antes de llegar al punto apropiado, resbaló. Sin poder resistir la caída, fue a dar en la poza más honda del área. Experta nadadora, no perdió la fe, pero la fuerza de la corriente era superior a las suyas.

Pidió a la Madre Naturaleza que la protegiera, como había hecho siempre. Y de pronto, tembló la tierra. El sismo provocó que la gran roca se abriera en dos, creando una abertura que dejó entrar una fuerte ola que la arrastró hasta la orilla.

A los pocos días, el mismo torrente que le salvó la vida, fue socavando la tierra, formando una poza donde Fini Ana podía bañarse sin riesgo alguno.  La misma de la que hoy goza la gente de Manatí y pueblos vecinos, convirtiéndose en una de las playas más hermosas de la región.  Fue así que se formó la Mar Chiquita, justo frente a la Cueva de las Golondrinas en la costa norte de la isla de Puerto Rico.

Y de nada de esto nos hubiéramos enterado, si un joven de Manatí, buscando posibles tesoros piratas en la cueva, no descubriera a un viejo moribundo que allí se refugiaba. Entre sus poquísimas pertenencias, encontró un antiguo pergamino donde, en letra apenas legible, se narraba la Leyenda de La Mar Chiquita.

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