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Los campesinos y el auge cafetalero del último tercio del siglo xix

Los campesinos y el auge cafetalero del último tercio del siglo xix

La producción de café en Puerto Rico comenzó a observar una expansión gradual desde mediados del siglo XIX. No obstante, fue en la década de 1870 cuando emprendió un aumento acelerado en su producción y venta mundial. Los cosecheros de la Isla, lo mismo que los de otros países productores en América, aprovechaban el aumento de los precios internacionales. La demanda cada vez mayor por el producto, junto a una reducción de la oferta de algunos de los principales países productores (Brasil, Cuba y Java), invitaban a la producción del grano3.

En Puerto Rico, los buenos precios mundiales se conjugaron con circunstancias locales favorables a la expansión cafetalera. Entre estas últimas, cabe destacar la abundancia de tierras fértiles y adecuadas para el cultivo y la disponibilidad de mano de obra. Los comerciantes reaccionaron dispuestos a prestar dinero a los cosecheros, lo cual constituyó otro estímulo para la industria local (Bergad, 983: 145-146; Picó, 1985: 97-98; Picó, 1986: 197-198). Además, el cultivo del café tiene la virtud de poder practicarse en todo tipo de fincas. Lo mismo se presta para explotaciones campesinas, que para las estancias, haciendas o plantaciones.
Muy pronto, entonces, los cafetales dominaron los paisajes agrícolas del interior

montañoso y las exportaciones puertorriqueñas. Así, el café se convirtió en el producto líder de la economía insular, rebasando a la caña de azúcar (gráfico 1). Ya en 1886, el valor de sus exportaciones alcanzaba los 4,7 millones de pesos y representaba el 49% del valor de las exportaciones totales de la Isla. Diez años después, las exportaciones de café reportaron 13,9 millones de pesos y constituían el 77% del valor total de lo exportado (Bergad, 1983: 144). Puerto Rico se había convertido en uno de los mayores exportadores de café en América (Bergad, 1983: 147-148; Scarano, 1993: 466).

Este proceso ha sido bautizado como la “época de oro” del café en Puerto Rico (véase, por ejemplo, Scarano, 1993: 460; o Bergad, 1983: 145). Ciertamente, la cordillera cafetalera se convertía en el eje de la vida puertorriqueña. La actividad económica, el aumento poblacional y la actividad política e intelectual son testimonio de la vida alrededor del “redituable” cafetal (Scarano, 1993: 467; Picó, 1986: 192).

Valor de las exportaciones de azúcar y café; 1888.1897

Durante el auge cafetalero la producción estuvo en manos de los más diversos tipos de cosecheros. La montaña sería la última de las fronteras agrarias en abrirse en la Isla. Por eso, el proceso de apropiación de la tierra parecía estar abierto a todos. A partir de la década de 1850, cada vez más tierras se dedicaban al cultivo de cafetos y el paisaje agrario comenzó a cambiar. Por ejemplo, las municipalidades de Lares y Yauco experimentaron un agitado proceso que combinaba fragmentación y concentración de la tierra, mas con una clara tendencia hacia la proliferación de minifundios. Pero las propiedades que se estaban fragmentando no eran las grandes, sino los propios minifundios. En consecuencia, estas fincas eran cada vez más pequeñas4.

Este fenómeno explica, entonces, la doble tendencia hacia la fragmentación y la concentración de las tierras cafetaleras. Ese fue el proceso que caracterizó las transformaciones agrarias de las décadas de 1850 y 1860; y esa misma tendencia fue la que se intensificó a partir de la década de 1870, siendo totalmente evidente, por lo menos, hasta 1897 (Bergad, 1983: 177-178). Lo cierto es que la expansión del café provocó el aumento en las presiones por la tierra. El auge atrajo muchos nuevos pobladores dispuestos a trabajar y a poseer tierras de cafetal. Esa competencia por la tenencia se sumó a lo beneficioso del negocio para provocar el aumento en el precio de las propiedades (Bergad, 1983: 176).
Sin embargo, todo esto redundó en el empobrecimiento de los productores más pequeños. Mientras tanto, aumentaba el dominio de los hacendados y de los comerciantes que ofrecían créditos a los cosecheros de café. En otras palabras, se abría la brecha entre los más ricos y los más pobres; la riqueza se concentraba en pocas manos y la movilidad social descendente eran la orden del día para los más pequeños. Con una agricultura orientada cada vez más hacia el mercado y con fincas cada vez menores, los cultivos de subsistencia terminaron por sacrificarse, afectando particularmente a los que dependían de esas garantías (Bergad, 1983: 179; Picó, 1981: 53-62).

Es más que evidente que los beneficiarios del auge cafetalero no fueron los campesinos y los peones. Los comerciantes se apropiaron de la mayor parte de las ganancias valiéndose del crédito y del control sobre los canales de venta al exterior. Los hacendados, por su parte, también ganaron porque controlaron las facilidades de almacenamiento y beneficio del grano, lo mismo que los medios de transporte y contactos de venta del producto. Todo esto les permitía acaparar las cosechas de los productores más pequeños y quedarse con buena parte de la ganancia del negocio del café. Para esto ofrecían adelantos de dinero y semilla, con lo que comprometían a los estancieros y a los campesinos a través del endeudamiento. Las deudas también funcionaron como mecanismo para garantizar la mano de obra necesaria. Así se estructuraba una fuerte cadena de dependencia que implicaba grandes riesgos para todos. (Picó, 1985; Picó, 1983a: capítulo VII)

La participación campesina y de los medianos propietarios fue, al extremo, desigual. La dependencia del crédito los obligaba a vender sus frutos al prestamista, perdiendo la opción de buscar el mejor comprador. Y, aún más grave, tenían que garantizar la deuda con sus tierras, lo que hizo frecuente la pérdida de propiedades mediante embargos o ventas forzadas. Esta situación comúnmente se tradujo en abuelo-estanciero, padre-campesino e hijo-peón (Picó, 1983 a).
En general, la vida de los peones y campesinos pobres se deterioró. La dependencia creciente del salario terminó por empeorar la dieta de los trabajadores. En la medida en que perdían sus tierras tenían menos oportunidades de complementar el sustento con fuentes alternas a lo que el dinero podía comprar. Por otro lado, el desmonte para la siembra de cafetales alteró el medio e hizo de muchos recursos propiedad privada, escamoteando las fuentes tradicionales de alimentación. Además, según aumentaba la población, lo hacía también la reserva de trabajadores, lo que propendía a peores condiciones de trabajo y estancamiento salarial. Si a esto se le suma que el control de las mercancías alimentarias de intercambio estaba en manos de los propios hacendados y comerciantes, se tienen peones mal alimentados, presa fácil de enfermedades y con una vida cada vez más difícil5. Todo esto era motivo de resentimientos sociales, que nutrían las más diversas formas de resistencia social (Picó, 1987).

3 Para el aumento fantástico en los patrones de consumo per cápita en Estados Unidos véase Michael Jiménez, “From Plantation to Cup: Coffee and Capitalism in the United States, 1830-1930”, en Roseberry et al. (1995: 38-64). Para la expansión del grano en el “siglo del café” ver la introducción de ese mismo libro (1-37).

4 Por ejemplo, en 1854 las fincas menores de 8 hectáreas representaban el 42% del total y ocupaban el 7,2% del total de las tierras tituladas de Lares. Pero en 1867 esas mismas fincas representaban el 52% y dominaban el 7,4% de las tierras (Bergad, 1983: 95-96).

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