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Los esclavos en la industria de la caña

Los esclavos en la industria de la caña

La capacidad de producción de las haciendas guardaba correlación con la cantidad de obreros diestros y no diestros que tuvieran. El esclavo representaba con frecuencia más de la mitad de la inversión total de un ingenio de esta época.

La industria azucarera del Nuevo Mundo dependió por siglos del trabajo de esclavos negros. Muchachos y muchachas con edades de entre 12 y 16 años eran secuestrados en África, transportados encadenados en bodegas pestilentes, vendidos en mercados públicos, y obligados a trabajar entre doce y catorce horas al día por el resto de sus vidas. No podían formar familias; sus hijos también nacían esclavos y pertenecían al dueño de la madre.

El sector económico que más impulsó el régimen esclavista durante la segunda mitad del siglo XVI en el Caribe fue la producción de azúcar. Aunque la esclavitud se prohibió en Europa, en América se continuó por la insistencia de los dueños de haciendas, los mercaderes y los gobernantes de las colonias. Se decía que no había suficientes habitantes para trabajar en las haciendas y lograr la prosperidad que convenía al país colonizador. Los hacendados y comerciantes esclavistas, para justificarse y convencer a las autoridades de que no eliminaran la esclavitud, argumentaban que el negro era un ser inferior, poco más que un mono, que nacía para el trabajo bruto, y que la esclavitud salvaría su alma al introducirlo a la cristiandad.

Los esclavos y esclavas hacían la mayoría de los trabajos de la hacienda azucarera, especialmente los más fuertes y peligrosos y los especializados (que se beneficiaban de la permanencia de la persona diestra). Durante la zafra, su trabajo se complementaba con el de jornaleros, principalmente en el corte y el acarreo de la caña al molino. Entre los trabajos diestros de un ingenio estaban el maestro de azúcar, el carpintero y el herrero. Estos últimos se ocupaban de herrar los caballos y de producir herramientas, clavazón y pernos, y fabricar piezas o reparar la maquinaria de moler caña. El maestro de azúcar dirigía el proceso fabril. Tomaba constantemente decisiones rápidas a base de tacto, de vista, de olor o del sabor de la meladura en las calderas y tachos. Su función principal era determinar el “punto” o momento correcto para detener la cocción y comenzar a batir la meladura, dando inicio a la cristalización del azúcar.

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