Los infortunios de Alonso Ramírez

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Carlos de Sigüenza y Góngora, Los infortunios de Alonso Ramírez (1690). La transcripción corresponde a la versión moderna de la Dra. Estelle Irizarry. San Juan: Comisión Puertorriqueña para la Celebración de Quinto Centenario del Descubrimiento de América y Puerto Rico. He realizado algunas revisiones mínimas

1. Motivos que tuvo para salir de su patria: Ocupaciones y viajes que hizo por la Nueva España: su asistencia en México hasta pasar a las Filipinas

Quiero que se entretenga el curioso que esto leyere por algunas horas, con las noticias de lo que a mí me causó tribulaciones de muerte por muchos años. Y aunque de sucesos, que sólo subsistieron en la idea de quien los finge, se suelen deducir máximas y aforismos, que entre lo deleitable de la narración que entretiene cultiven la razón de quien en ello se ocupa; no será esto lo que yo aquí intente sino solicitar lástimas, que aunque posteriores a mis trabajos, harán por lo menos tolerable su memoria trayéndolas a compañía de las que me tenía a mí mismo cuando me aquejaban. No por decir esto estoy tan de parte de mi dolor, que quiera incurrir en la fea nota de pusilánime; y así omitiendo menudencias que a otros menos atribulados que yo lo estuve pudieran dar asunto de muchas quejas, diré lo primero que me ocurriere por ser en la serie de mis sucesos lo más notable.

Es mi nombre Alonzo Ramírez y mi patria la ciudad de San Juan de Puerto Rico, cabeza de la isla que en los tiempos de ahora con este nombre y con el de Borriquen en la antigüedad entre el seno mexicano y el mar Atlántico divide términos. Hácenla célebre los refrescos que hallan en su deleitosa aguada cuantos desde la antigua navegan sedientos a la Nueva España; la hermosura de su bahía; lo incontrastable del Morro que la defiende; las cortinas y baluartes coronados de artillería que la aseguran. Sirviendo, aún no tanto esto, que en otras partes de las Indias también se halla, cuanto el espíritu que a sus hijos les reparte el genio de aquella tierra sin escasez a tenerla privilegiada de las hostilidades de corsantes.

Empeño es este en que pone a sus naturales su pundonor y fidelidad sin otro motivo, cuando es cierto que la riqueza que le dio nombre, por los veneros de oro que en ella se hallan, hoy por falta de sus originarios habitadores que los trabajen y por la vehemencia con que los huracanes procelosos rozaron los árboles de cacao, que a falta de oro, provisionaban de lo necesario a los que lo traficaban, y por el consiguiente al resto de los isleños se transformó en pobreza.

Entre los que esta había tomado muy a su cargo fueron mis padres, y así era fuerza que hubiera sido porque no lo merecían sus procederes: pero ya es pensión de las Indias el que así sea. Llamóse mi padre Lucas de Villa-nueva, y aunque ignoro el lugar de su nacimiento, cónstame porque varias veces se le oía, que era andaluz, y sé muy bien haber nacido mi madre en la misma ciudad de Puerto Rico, y es su nombre Ana Ramírez, a cuya cristiandad le debí en mi niñez lo que los pobres sólo le pueden dar a sus hijos, que son consejos para inclinarlos a la virtud. Era mi padre carpintero de ribera, e impúsome (en cuanto permitía la edad) al propio ejercicio, pero reconociendo no ser continua la fábrica y temiéndome no vivir siempre, por esta causa, con las incomodidades, que aunque muchacho me hacían fuerza, determiné hurtarle el cuerpo a mi misma patria para buscar en las ajenas más conveniencia.

Valíme de la ocasión, que me ofreció para esto una urqueta del capitán Juan del Corcho que salía de aquel puerto para el de la Habana en que corriendo el año de 1675 y siendo menos de trece los de mi edad me recibieron por paje. No me pareció trabajosa la ocupación considerándome en libertad y sin la pensión de cortar madera; pero confieso, que tal vez presagiando lo porvenir dudaba si podría prometerme algo que fuese bueno, habiéndome valido de un corcho para principiar mi fortuna: Mas ¿quién podrá negarme, que dudé bien advirtiendo consiguientes mis sucesos a aquel principio? Del puerto de la Habana (célebre entre cuantos gozan las Islas de Barlovento, así por las conveniencias que le debió a la naturaleza que así lo hizo, como por las fortalezas con que el arte y el desvelo lo ha asegurado) pasamos al de S. Juan de Ulúa en la tierra firme de Nueva España, de donde apartándome de mi patrón subí a la ciudad de la Puebla de los Ángeles habiendo pasado no pocas incomodidades en el camino, así por la aspereza de las veredas que desde Jalapa corren hasta Perote como también por los fríos, que por no experimentados hasta allí, me parecieron intensos. Dicen los que la habitan ser aquella ciudad inmediata a México en la amplitud que coge, en el desembarazo de sus calles, en la magnificencia de sus templos y en cuantas otras cosas hay que la asemejen a aquélla; y ofreciéndoseme (por no haber visto hasta entonces otra mayor) que en ciudad tan grande me sería muy fácil el conseguir conveniencia grande, determiné, sin más discurso que este, el quedarme en ella, aplicándome a servir a un carpintero para granjear el sustento en el ínterin que se me ofrecía otro modo para ser rico.

En la demora de seis meses que allí perdí experimenté mayor hambre que en Puerto Rico y abominando la resolución indiscreta de abandonar mi patria por tierra a donde no siempre se da acogida a la liberalidad generosa, haciendo mayor el número de unos arrieros sin considerable trabajo me puse en México. Lástima es grande el que no corran por el mundo grabadas a punta de diamante en láminas de oro las grandezas magníficas de tan soberbia ciudad. Borróse de mi memoria lo que de la Puebla aprendí como grande desde que pisé la calzada, en que por la parte de mediodía (a pesar de la gran laguna sobre que está fundada) se franquea a los forasteros. Y siendo uno de los primeros elogios de esta metrópoli la magnanimidad de los que la habitan, a que ayuda la abundancia de cuanto se necesita para pasar la vida con descanso, que en ella se halla, atribuyo a fatalidad de mi estrella haber sido necesario ejercitar mi oficio para sustentarme. Ocupóme Cristóbal de Medina maestro de alarife y de arquitectura con competente salario en obras que le ocurrían, y se gastaría en ello cosa de un año.

El motivo que tuve para salir de México a la ciudad de Oaxaca fue la noticia de que asistía en ella con el título y ejercicio honroso de regidor D. Luis Ramírez, en quien por parentesco que con mi madre tiene, afiancé, ya que no ascensos desproporcionados a los fundamentos tales cuales en que estribaran, por lo menos alguna mano para subir un poco: pero conseguí después de un viaje de ochenta leguas el que negándome con muy malas palabras el parentesco, tuviese necesidad de valerme de los extraños por no poder sufrir despegos sensibilísimos por no esperados; y así me apliqué a servir a un mercader trajinante, que se llamaba Juan López. Ocupábase éste en permutar con los indios mixes chántales y cuicatecas por géneros de Castilla que les faltaban, los que son propios de aquella tierra y se reducen a algodón, mantas, vainillas, cacao y grana. Lo que se experimenta en la fragosidad de la Sierra, que para conseguir esto se atraviesa y huella continuamente, no es otra cosa sino repetidos sustos de derrumbarse por lo acantilado de las veredas, profundidad horrorosa de las barrancas, aguas continuas, atolladeros penosos, a que se añaden en los pequeños calidísimos valles, que allí se hacen, muchos mosquitos, y en cualquier parte sabandijas abominables a todo viviente por su mortal veneno.

Con todo esto atropella la gana de enriquecer, y todo esto experimenté acompañando a mi amo, persuadido a que sería a medida del trabajo la recompensa. Hicimos viaje a Chiapa de Indios, y de allí a diferentes lugares de las provincias de Soconusco y de Guatemala, pero siendo pensión de los sucesos humanos interpolarse con el día alegre de la prosperidad la noche pesada y triste del sinsabor, estando de vuelta para Oaxaca, enfermó mi amo en el pueblo de Talistaca con tanto extremo que se le administraron los sacramentos para morir. Sentía yo su trabajo, y en igual contrapeso sentía el mío gastando el tiempo en idear ocupaciones en que pasar la vida con más descanso, pero con la mejoría de Juan López se sosegó mi borrasca, a que se siguió tranquilidad, aunque momentánea, supuesto que en el siguiente viaje, sin que le valiese remedio alguno, acometiéndole el mismo achaque en el pueblo de Cuicatlán le faltó la vida. Cobré de sus herederos lo que quisieron darme por mi asistencia, y despechado de mí mismo y de mi fortuna me volví a México, y queriendo entrar en aquesta ciudad con algunos reales, intenté trabajar en la Puebla para conseguirlos, pero no hallé acogida en maestro alguno, y temiéndome de lo que experimenté de hambre cuando allí estuve, aceleré mi viaje.

Debíle a la aplicación que tuve al trabajo cuando le asistí al maestro Cristóbal de Medina por el discurso de un año y a la que volvieron a ver en mí cuantos me conocían, el que tratasen de avecindarme en México, y conseguílo mediante el matrimonio, que contraje con FRANCISCA XAVIER, doncella, huérfana de doña María de Poblete, hermana del venerable señor Dr. D. Juan de Poblete, deán de la Iglesia Metropolitana, quien renunciando la mitra arzobispal de Manila por morir como Fénix en su patrio nido vivió para ejemplar de cuantos aspiren a eternizar su memoria con la rectitud de sus procederes. Sé muy bien que expresar su nombre es compendiar cuanto puede hallarse en la mayor nobleza y en la más sobresaliente virtud, y así callo, aunque con repugnancia por no ser largo en mi narración cuanto me está sugiriendo la gratitud.

Hallé en mi esposa mucha virtud, y merecíle en mi asistencia cariñoso amor, pero fue esta dicha como soñada teniendo solos once meses de duración, supuesto que en el primer parto le faltó la vida. Quedé casi sin ella a tan no esperado y sensible golpe, y para errarlo todo me volví a la Puebla. Acomódeme por oficial de Esteban Gutiérrez maestro de carpintero; y sustentándose el tal mi maestro con escasez cómo lo pasaría el pobre de su oficial. Desesperé entonces de poder ser algo, y hallándome en el tribunal de mi propia conciencia no sólo acusado, sino convencido de inútil, quise darme por pena de este delito, la que se da en México a los que son delincuentes, que es enviarlos desterrados a las Filipinas. Pasé pues a ellas en el galeón Santa Rosa, que (a cargo del general Antonio Nieto, y de quien el almirante Leandro Coello era piloto) salió del puerto de Acapulco para el de Cavite el año de 1682.

Está este puerto en altura de 16 gr. 40 mi. a la banda del septentrión, y cuanto tiene de hermoso y seguro para las naos que en él se encierra tiene de desacomodado y penoso para los que lo habitan, que son muy pocos, así por su mal temple y esterilidad del paraje, como por falta de agua dulce y aun del sustento, que siempre se le conduce de la comarca, y añadiéndose lo que se experimenta de calores intolerables, barrancas y precipicios por el camino todo ello estimula a solicitar la salida del puerto. (…)

2. Sale de Acapulco para las Filipinas: dícese la derrota de este viaje, y en lo que gastó el tiempo hasta que lo apresaron los ingleses (…)

3. Pónense en compendio los robos y crueldades que hicieron estos piratas en mar y tierra hasta llegar a la América (…)

4. Danle libertad los piratas y trae a la memoria lo que toleró en su prisión.

Debo advertir antes de expresar lo que toleré y sufrí de trabajos y penalidades en tantos años el que sólo en el condestable Nicpat y en Dick, cuartamaestre del capitán Bel, hallé alguna conmiseración y consuelo en mis continuas fatigas, así socorriéndome sin que sus compañeros lo viesen en casi extremas necesidades, como en buenas palabras con que me exhortaban a la paciencia. Persuádome a que era el condestable católico sin duda alguna. Juntáronse a consejo en este paraje y no se trató otra cosa sino qué se haría de mí y de siete compañeros míos que habían quedado. Votaron unos, y fueron los más, que nos degollasen, y otros, no tan crueles, que nos dejasen en tierra. A unos y otros se opusieron el condestable Nicpat, el cuartamaestre Dick y el capitán Donkin con los de su séquito, afeando acción tan indigna a la generosidad inglesa.

—Bástanos (decía éste) haber degenerado de quienes somos, robando lo mejor del Oriente con circunstancias tan impías. ¿Por ventura no están clamando al cielo tantos inocentes a quienes les llevamos lo que a costa de sudores poseían, a quienes les quitamos la vida? ¿Qué es lo que hizo este pobre español ahora para que la pierda? Haberos servido como un esclavo en agradecimiento de lo que con él se ha hecho desde que lo cogimos. Dejarlo en este río donde juzgo no hay otra cosa sino indios bárbaros, es ingratitud. Degollarlo, como otros decís, es más que impiedad, y porque no dé voces que se oigan por todo el mundo su inocente sangre, yo soy, y los míos, quien los patrocina. Llegó a tanto la controversia, que estando ya para tomar las armas para decidirla, se convinieron en que me diesen la fragata que apresaron en el estrecho de Sincapura, y con ella la libertad para que dispusiese de mí y de mis compañeros como mejor me estuviese. Presuponiendo el que a todo ello me hallé presente, póngase en mi lugar quien aquí llegare y discurra de qué tamaño sería el susto y la congoja con que yo estuve.

Desembarazada la fragata que me daban de cuanto había en ella, y cambiado a las suyas, me obligaron a que agradeciese a cada uno separadamente la libertad y piedad que conmigo usaban, y así lo hice. Diéronme un astrolabio y agujón, un derrotero holandés, una sola tinaja de agua y dos tercios de arroz, pero al abrazarme el condestable para despedirse, me avisó cómo me había dejado, a excusas de sus compañeros, alguna sal y tasajos, cuatro barriles de pólvora, muchas balas de artillería, una caja de medicinas y otras diversas cosas. Intimáronme (haciendo testigos de que lo oía) el que si otra vez me cogían en aquella costa, sin que otro que Dios lo remediase, me matarían, y que para excusarlo gobernase siempre entre el oeste y noroeste donde hallaría españoles que me amparasen, y haciendo que me levase, dándome el buen viaje, o por mejor decir, mofándose y escarneciéndome, me dejaron ir.

Alabo a cuantos, aun con riesgo de la vida, solicitan la libertad, por ser sola ella la que merece, aun entre animales brutos, la estimación. Sacónos a mí y a mis compañeros tan no esperada dicha copiosas lágrimas, y juzgo corrían gustosos por nuestros rostros por lo que antes las habíamos tenido reprimidas y ocultas en nuestras penas. Con un regocijo nunca esperado suele de ordinario embarazarse el discurso, y pareciéndonos sueño lo que pasaba, se necesitó de mucha refleja para creernos libres. Fue nuestra acción primera levantar las voces al cielo engrandeciendo a la divina misericordia como mejor pudimos, y con inmediación dimos las gracias a la que en el mar de tantas borrascas fue nuestra estrella. Creo hubiera sido imposible mi libertad si continuamente no hubiera ocupado la memoria y afectos en María Santísima de Guadalupe de México, de quien siempre protesto viviré esclavo por lo que le debo. He traído siempre conmigo un retrato suyo, y temiendo no le profanaran los herejes piratas cuando me apresaron, supuesto que entonces quitándonos los rosarios de los cuellos y reprendiéndonos como a impíos y supersticiosos, los arrojaron al mar, como mejor pude se lo quité de la vista y la vez primera que subí al tope lo escondí allí.

Los nombres de los que consiguieron conmigo la libertad y habían quedado de los veinticinco (porque de ellos en la isla despoblada de Poliubi dejaron ocho, cinco se huyeron en Sincapura, dos murieron de los azotes en Madagascar, y otros tres tuvieron la misma suerte en diferentes parajes) son Juan de Casas, español, natural de la Puebla de los Ángeles, en Nueva España, Juan Pinto y Marcos de la Cruz, indios pangasinán aquél, y éste pampango, Francisco de la Cruz, y Antonio González, sangleyes; Juan Díaz, malabar, y Pedro, negro de Mozambique, esclavo mío. A las lágrimas de regocijo por la libertad conseguida se siguieron las que bien pudieran ser de sangre por los trabajos pasados, los cuales nos representó luego al instante la memoria en este compendio.

A las amenazas con que estando sobre la isla de Caponiz nos tomaron la confesión para saber qué navíos y con qué armas estaban para salir de Manila, y cuáles lugares eran más ricos, añadieron dejarnos casi quebrados los dedos de las manos con las llaves de las escopetas y carabinas, y sin atender a la sangre, que lo manchaba, nos hicieron hacer ovillos del algodón que venía en greña para coser velas; continuóse este ejercicio siempre que fue necesario en todo el viaje, siendo distribución de todos los días, sin dispensa alguna, baldear y barrer por dentro y fuera las embarcaciones. Era también común a todos nosotros limpiar los alfanjes, cañones y llaves de carabinas con tiestos de lozas de China molidos cada tercer día, hacer meollar, colchar cables, saulas y contrabrasas, hacer también cajetas, embergues y mójeles.

Añadíase a esto ir al timón y pilar el arroz que de continuo comían, habiendo precedido el remojarlo para hacerlo harina, y hubo ocasión en que a cada uno se nos dieron once costales de a dos arrobas por tarea de un solo día con pena de azotes (que muchas veces toleramos) si se faltaba a ello.

Jamás en las turbonadas, que en tan prolija navegación experimentamos, aferraron velas; nosotros éramos los que lo hacíamos, siendo el galardón ordinario de tanto riesgo crueles azotes, o por no ejecutarlos con toda prisa, o porque las velas, como en semejantes frangentes sucede, solían romperse. El sustento que se nos daba para que no nos faltasen las fuerzas en tan continuo trabajo, se reducía a una ganta (que viene a ser un almud) de arroz, que se sancochaba como se podía, valiéndonos de agua de la mar en vez de la sal que les sobraba, y que jamás nos dieron; menos de un cuartillo de agua se repartía a cada uno para cada día. Carne, vino, aguardiente, bonga, ni otra alguna de las muchas menestras que traían llegó a nuestras bocas, y teniendo cocos en grande copia nos arrojaban sólo las cascaras para hacer bonote, que es limpiarlas y dejarlas como estopa para calafatear, y cuando por estar surgidos los tenían frescos, les bebían el agua y los arrojaban al mar.

Diéronnos en el último año de nuestra prisión el cargo de la cocina, y no sólo contaban los pedazos de carne que nos entregaban, sino que también los medían para que nada comiésemos. ¡Notable crueldad y miseria es ésta! pero no tiene comparación a la que se sigue. Ocupáronnos también en hacerles calzado de lona y en coserles camisas y calzoncillos, y para ello se nos daban contadas y medidas las hebras de hilo, y si por echar tal vez menudos los pespuntes, como querían, faltaba alguna, correspondían a cada una que se añadía veinticinco azotes. Tuve yo otro trabajo, de que se privilegiaron mis compañeros, y fue haberme obligado a ser barbero, y en este ejercicio me ocupaban todos los sábados sin descansar ni un breve rato, siguiéndosele a cada descuido de la navaja, y de ordinario eran muchos, por no saber científicamente su manejo, bofetadas crueles y muchos palos. Todo cuanto aquí se ha dicho sucedía a bordo, porque sólo en Puliubi y en la isla despoblada de la Nueva Holanda para hacer agua y leña y para colchar un cable de bejuco nos desembarcaron.

Si quisiera especificar particulares sucesos me dilataría mucho, y con individuar uno u otro se discurrirán los que callo. Era para nosotros el día del lunes el más temido, porque haciendo un círculo de bejuco en torno de la mesana, y amarrándonos a él las manos siniestras, nos ponían en las derechas unos rebenques, y habiéndonos desnudado, nos obligaban con puñales y pistola a los pechos a que unos a otros nos azotásemos. Era igual la vergüenza y el dolor que en ello teníamos al regocijo y aplauso con que lo festejaban.

No pudiendo asistir mi compañero Juan de Casas a la distribución del continuo trabajo que nos rendía, atribuyéndolo el capitán Bel a la que llamaba flojera, dijo que él lo curaría, y por modo fácil (perdóneme la decencia y el respeto que se debe a quien esto lee que lo refiera); redújose éste a hacerle beber, desleídos en agua, los excrementos del mismo capitán, teniendo puesto un cuchillo al cuello para acelerarle la muerte si le repugnase, y como a tan no oída medicina se siguiesen grandes vómitos, que le causó el asco, y con que accidentalmente recuperó la salud, desde luego nos la recetó, con aplauso de todos, para cuando por nuestras desdichas adoleciésemos.

Sufría yo todas estas cosas, porque el amor que tenía a mi vida no podía más, y advirtiendo había días enteros que lo pasaban borrachos, sentía no tener bastantes compañeros de quien valiera para matarlos, y alzándome con la fragata, irme a Manila; pero también puede ser que no me fiara de ellos aunque los tuviera por no haber otro español entre ellos sino Juan de Casas. Un día que más que otro me embarazaba las acciones este pensamiento, llegándose a mi uno de los ingleses que se llamaba Cornelio, y gastando larga prosa para encargarme el secreto, me propuso si tendría valor para ayudarle con los míos a sublevarse. Respondíle con gran recato, pero asegurándome tenía ya convencidos a algunos de los suyos (cuyos nombres dijo) para lo propio, consiguió de mí el que no le faltaría llegado el caso, pero pactando primero lo que para mi seguro me pareció convenir.

No fue ésta tentativa de Cornelio, sino realidad, y de hecho había algunos que se lo aplaudían, pero por motivos que yo no supe desistió de ello. Persuádome a que él fue sin duda quien dio noticia al capitán Bel de que yo y los míos lo querían matar, porque comenzaron a vivir de allí en adelante con más vigilancia, abocando dos piezas cargadas de munición hacia la proa donde siempre estábamos, y procediendo en todo con gran cautela. No dejó de darme toda esta prevención de cosas grande cuidado, y preguntándole al condestable Nicpat, mi patrocinador, lo que lo causaba, no me respondió otra cosa sino que mirásemos yo y los míos cómo dormíamos. Maldiciendo yo entonces la hora en que me habló Cornelio, me previne como mejor pude para la muerte. A la noche de este día, amarrándome fuertemente contra la mesana, comenzaron a atormentarme para que confesase lo que acerca de querer alzarme con el navío tenía dispuesto. Negué con la mayor constancia que pude, y creo que a persuasiones del condestable me dejaron solo; llegóse éste entonces a mí, y asegurándome el que de ninguna manera peligraría si me fiase del, después de referirle enteramente lo que me había pasado, desamarrándome me llevó al camarote del capitán.

Hincado de rodillas en su presencia, dije lo que Cornelio me había propuesto. Espantado el capitán Bel con esta noticia, haciendo primero el que en ella me ratificase con juramento, con amenaza de castigarme por no haberle dado cuenta de ello inmediatamente, me hizo cargo de traidor y de sedicioso. Yo con ruegos y lágrimas, y el condestable Nicpat con reverencias y súplicas, conseguimos que me absolviese, pero fue imponiéndome con pena de la vida que guardase el secreto. No pasaron muchos días sin que de Cornelio y sus secuaces echasen mano, y fueron tales los azotes con que los castigaron, que yo aseguro el que jamás se olviden de ellos mientras vivieren, y con la misma pena y otras mayores se les mandó el que ni conmigo ni con los míos se entrometiesen; prueba de la bondad de los azotes sea el que uno de los pacientes, que se llamaba Enrique, recogió cuanto en plata, oro y diamantes le había cabido, y quizás receloso de otro castigo se quedó en la isla de San Lorenzo sin que valiesen cuantas diligencias hizo el capitán Bel para recobrarlo.

Ilación es, y necesaria, de cuanto aquí se ha dicho, poder competir estos piratas en crueldad y abominaciones a cuantos en la primera plana de este ejercicio tienen sus nombres, pero creo el que no hubieran sido tan malos como para nosotros lo fueron, si no estuviera con ellos un español que se preciaba de sevillano y se llamaba Miguel. No hubo trabajo intolerable en que nos pusiesen, no hubo ocasión alguna en que nos maltratasen, no hubo hambre que padeciésemos, ni riesgo de la vida en que peligrásemos, que no viniese por su mano y su dirección, haciendo gala de mostrarse impío y abandonando lo católico en que nació por vivir pirata y morir hereje. Acompañaba a los ingleses, y esto era para mí y para los míos lo más sensible, cuando se ponían de fiesta, que eran las Pascuas de Navidad, y los domingos del año, leyendo o rezando lo que ellos en sus propios libros. Alúmbrele Dios el entendimiento, para que enmendando su vida consiga el perdón de sus iniquidades.

Comentario:

El fragmento corresponde a los capítulos primero y cuarto de Los infortunios de Alonso Ramírez, obra polémica de Carlos de Sigüenza y Góngora (1645-1700) y que la Dra. Estelle Irizarry en su edición de 1990, presume como una coautoría de Alonso Ramírez. El esfuerzo de puertorriqueñización que la propuesta de la Dra. Irizarry implica debe comprenderse en el contexto en que se elaboró el mismo: la conmemoración de quinto centenario del Descubrimiento o Encuentro de 1492. Pero también puede documentarse por la estrecha relación que tuvo San Juan Bautista con la Nueva España durante tres siglos.

El capítulo primero, “Motivos que tuvo para salir de su patria…” contiene una defensa del acto de narrar desde la perspectiva de que entretiene y moraliza. Además documenta la impresión del personaje sobre su “patria” y las razones para su huída de ella. Fíjese que la “patria” es la ciudad de San Juan y que la razón para su salida de ella es la pobreza de la colonia. Hay algo de una amarga impresión de  que la colonia es improductiva porque está mal administrada presente en algunos fragmentos. La alabanza de los pobladores por su “pundonor y fidelidad” es un lugar común. El hecho de que Ramírez, que en todo el resto del texto se identifica como “español” lo afirme, me parece un dato valioso. También resalta el hecho de que una vez fuera de Puerto Rico, la mexicanidad de la narración se confirma por el intenso elogio que elabora la voz narrativa a la Ciudad de México, hecho que contrasta con la parquedad respecto a la Habana y Puebla y aún Puerto Rico. El capítulo cierra con la salida voluntad, casi como castigo y para su desgracia, hacia las Filipinas.

Los capítulos 2 y 3, que han sido suprimidos, relatan la aventura en el Pacífico e introducen el tema del espíritu antisajón de los españoles. El valor del capítulo 5, desde esta perspectiva es que a lo largo del mismo se confirma el hecho de que Ramírez piensa y siente como un español que incluso se distingue del Otro inglés por su condición de católico. Ramírez desconfía de todo lo que no es español y, fuera de San Juan, la percepción de la localidad como “patria” se disuelve por completo. La codificación de los piratas ingleses como “herejes” o “impíos” y la documentación del maltrato sádico que sufrió durante su cautiverio es muy valiosa a la hora de enjuiciar “la identidad de Ramírez” y su significado para la invención de la Identidad Puertorriqueña.

El capítulo 5 que no se incluye en la selección, confirma la conciencia española del aventurero: “Sabiendo de mí ser español”, dice cuando se topa con algunos franceses de vuelta ya en el Caribe. De hecho, su opinión sobre los franceses resulta más llevadera que la que tiene de los ingleses. Un último detalle, en su viaje por las Antillas la nave de Ramírez evade a Puerto Rico a pesar de que lógicamente tenía que bojearlo para transitar hacia La Española y Jamaica. las razones para ello no están claras.

NOTA: Publicación autorizada por Lionel Valentín Calderón, Administrador del Portal. Hasta donde nos es posible damos crédito a los autores de los artículos cuando se nos proveen. Si encuentras algún error no vaciles en publicar las correcciones como comentarios o puedes comunicarte con nosotros enviando las pruebas y evidencias de lo que afirmas y haremos las correcciones necesarias de inmedito.

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