Mariana Bracety Cuevas

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Mariana Bracety Cuevas

1825-1903. Ningún historiador puertorriqueño se dedicó a esclarecer el lugar de nacimiento de esta patriota puertorriqueña, y aquellos que escribieron sobre ella no pasaron de unas cuantas cuartillas. Esta biografía documental está sostenida por poco más de cincuenta documentos obtenidos en las Parroquias de: Añasco, Mayagüez y Lares. Fue una tarea la que me impuse por tratarse de que la revolucionaria no aparecía oficialmente inscrita o bautizada en ningún pueblo aunque se mencionaba como que era natural de: Anasco, Mayagüez y la isla de Margarita en Venezuela.

El 29 de agosto de 1780 nace doña Antonia Cuevas en la Villa de Mayaguez, y a los 17 años, el 18 de enero de 1798 contrae matrimonio con don Francisco «Bracete» natural de l isla Margarita en Venezuela, que contaba a la sazón unos veinte años. El matrimonio procreó diez hijos de los cuales sobrevivieron ocho, siendo Mariana la última de la prole. Su señora obre madre tenia entonces 45 años.

El verdadero nombre de Mariana fue «Ana María» v nació el dia 26 de julio de 1825 en la ciudad de Mayagüez teniendo como padrinos a su tía doña Bárbara Cuevas y a don Jorge Yuvovich. Fue el padre cura Manuel G. Casuela quien le confirió el sacramento del bautismo el 29 de agosto del mismo año.

A los tres años de edad le asistió la orfandad paternal cuando en 1828 falleció don Francisco Bracety en forma súbita. Cumplidos los veinticinco años de edad, Mariana contrae matrimonio por primera vez con el joven añasqueño José Adolfo Pesante Paz, el 29 de julio de 1850 con el cual procrea cuatro hijos: Josefa Antonia, Rita Antonia, Antonia Ramona, y José Ramon Adolfo. Este ultimo, quien fuera mejor conocido por «don Pepe Pesante», siendo alcalde de Añasco por el partido unionista murió trágicamente a causa de una vil puñalada política.

La vida matrimonial de Mariana sufre el impacto de la epidemia del cólera morbo que azotó tanto a Añasco como a la Isla, cuando en octubre de 1856 pierde a su hermano Pascasio y en noviembre a su esposo, cuando contaba éste veintinueve años de edad. No habían llegado sus hijos a la pubertad cuando a los treinta y cinco años contrae segundo matrimonio con Miguel Maria Rojas Lauzardo natural de Venezuela, el siete de mayo de 1860. Es precisamente en esta época y como consecuencia del enlace y sus relaciones con Rojas que Mariana se une al movimiento libertador betancino en que los hermanos Rojas fueron piezas valerosas. Trasládase entonces al emporio de patriotas que radican en Lares. Allí nace su hija Bruna Maria Rojas el 22 de marzo de 1864. Además de la palabra atrayente para la causa libertaria, bordó una de las banderas de la estrella reluciente que también hicieran doña Dolores Cos y doña Eduviges Beauchamp, y cuyo diseñador fuese Betances, verbo politico de resurreccion isleña.

Una vez enarbolada la bandera de la revolución en la naciente república y luego de fracasar ésta por los critias al servicio de la metrópoli, sufrió el despotismo de la dictadura española y la benevolencia de la amnistia. La derrota inmediata del separatismo, movió a Mariana a trasladarse a Añasco donde nació Wencesla Higinia Rojas, el dïa 28 de septiembre de 1870. Al desaparecer su esposo como consecuencia de la revolución, contrae terceras nupcias a los cincuenta años de edad con don Ruperto Santiago Laviosa Olavarría natural de Aguadilla. De dicho matrimonio efectuado el 6 de abril de 1875, no hubo hijos.

El nuevo enlace sumerge en las aguas pacificas la actividad política y revolucionaria que gravitó con Rojas. Su vida a partir de entonces será de quietud hogareña.

Encanecida por el largo tiempo de su existencia, por el dolor de haber perdido a sus primeros esposos , sus padre y varios de sus hermanos, antes de emprender «Brazos de Oro» su viaje a los horizontes celestiales, enmudece como consecuencia de padecimientos físicos. A los setenta y seis (76) años de edad, el dia veinticuatro de tebrero de 1903 las campanas de de la iglesia de San Antonio, sollozaron como despedida a su existencia, descansando sus restos en el cementerio de Añasco Un año después fallecía también su esposo.

La participación de Mariana Bracety en la política puertorriqueñia contra cl despotismo español, como las otras mujeres de su época y alguna que otra anterior a la suya, es de significación en la historia puertorriqueña porque siendo la politica cosa de hombres, las mujeres se unieron a sus ideas y deseos y aportaron a la concretización de sus sueños. Esa es la importancia de Mariana Bracety, como esposa y madre, se hizo partícipe de la problemática de nuestro país e hizo sentir sus preocupaciones como ciudadana y actriz del drama puertorriqueño, en unión a otras de su época.

De la admirable pluma del Dr. Manuel Guzmán Rodríguez, padre -recogemos su sentir sobre la ilustre puertorriqueña: «La Venerable anciana Doña Mariana Bracety ha muerto. Esta sociedad llora la muerte de la digna matrona, que, en un periodo de nuestra historia regional, digno de recordación, supo llenar sus deberes de patriota, tomando parte activa en la conspiración de Lares. Aunque aquel movimiento revolucionario, protesta contra la tiranía del dominador, resultara un fracaso, por la inexperiencia de sus iniciadores, representa una página honrosa para la historia de nuestro desgraciado país. Y todos los que en el movimiento participaron, merecieron y merecen bien la patria. Doña Mariana, esposa entonces del cabecilla Don Miguel Rojas, bordó la hermosa bandera de la fracasada Revolución, bella insignia de la cruz latina blanca, encerrada entre rectángulos azules y punzos, con una estrella blanca sobre el fondo azul. De esa bandera sólo existe una copia, la del Círculo de Instrucción y Recreo de Añasco. La ilustre dama puertorriqueña que acaba de morir, estuvo prisionera en la Alcaldía del histórico pueblo hasta que terminó la resolución del proceso incoado con motivo de aquel acontecimiento. Muchos años vivió en este pueblo, y después de algunas crónicas dolencias, acabó con su padecimiento a las doce del veinticuatro de febrero, rodeada cariñosamente de sus familiares y de los muchos amigos, que la veneraban, por sus virtudes sociales y por representar a las heróicas luchadoras y cultivadoras del Santo Ideal.

No saber lo que ha sucedido antes de nosotros es ser incesantemente niños. No dejar saber lo que sucede en nuestro tiempo es ser intensamente irresponsables con las futuras generaciones. Un espí­ritu histórico no puede tener dudas de que ha llegado el tiempo de la resurrección de nuestro pasado, de la afirmación del presente y la esperanza del futuro. Esto es parte de ello…

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