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Nuevos altibajos para una industria del café en desventaja

Nuevos altibajos para una industria del café en desventaja

Durante la cosecha de 1900/1901, el precio del café se recuperó hasta alcanzar unos $10 a $12 por quintal para las clases superiores, una cantidad apenas superior a su costo de producción. En 1902, en virtud del tratado de reciprocidad firmado por Cuba y Estados Unidos al momento de la independencia del primero, se aplicó al café de Puerto Rico una rebaja de 20% en derechos de importación, pudiéndose así recobrar parte del mercado cubano. Durante ese período de escasez y laissez-faire hubo importaciones de café brasileño desde Estados Unidos, a precios por debajo del costo de producción del café puertorriqueño. Este café se consumió localmente, y también se mezcló con café puertorriqueño para su fraudulenta re-exportación [Baralt, 1988a, pp.112-13], lo cual quedó eventualmente prohibido.

La sólida fama internacional del café puertorriqueño pudo conservar suficiente demanda a pesar de haber estado prácticamente ausente de sus mercados tradicionales desde 1900 hasta 1902. Aunque los precios de la primera década del presente siglo fueron muy inferiores a los que prevalecieron antes del 1897, pudieron sostener una recuperación de la industria. Sin embargo, la actividad cafetalera se vio confinada a la altura centro-occidental, donde se producía el grano mejor cotizado y donde no competía con la caña de azúcar, producto que se expandía muy aceleradamente por la protección de la aduana, las inversiones millonarias de corporaciones norteamericanas y el desarrollo de una infraestructura de transporte y financiamiento dirigida a esa explotación.

La precaria situación de los años 1897-1902 alteró la estructura de la industria. El número de exportadores se redujo; muchos no sobrevivieron la crisis y otros se retiraron y marcharon a sus países de origen. Muchos hacendados perdieron sus propiedades a manos de acreedores. Muchas haciendas crecieron a expensas de pequeños y medianos agricultores vecinos que tuvieron que vender pedazos de sus fincas para poder sobrevivir o pagar deudas. Muchos hacendados diversificaron su producción agrícola, produciendo y mercadeando cantidades significativas de tabaco, cítricos, carbón, madera, plátanos y guineos. Fuera de la región centro-occidental, la mayor parte de las tierras de altura y medianía estaba en manos de pequeños y medianos agricultores que sustituyeron toda o gran parte de su producción cafetalera por la de tabaco y caña de azúcar. En Cayey, Barranquitas y Aibonito, que habían sido importantes productores cafetaleros a fines del Siglo 19, se fue abandonando durante estos años el cultivo del café por el del tabaco, el cual también se presta para explotación en fincas pequeñas y topografía agreste. Como resultado, la agricultura cafetalera se vió reducida a una menor extensión de terreno, pero con una mayor concentración de tierras en grandes haciendas.

Debido a la aduana, el canje de moneda y las leyes de cabotaje impuestos por Estados Unidos, los costos de producción de las haciendas aumentaron grandemente entre 1898 y 1902. Esos altos costos, en combinación con unos precios que hubo que deprimir para poder compensar las tarifas impuestas a nuestro café, redujeron substancialmente los márgenes de ganancias en la exportación. Las fluctuaciones de precios, mantenían la industria en gran incertidumbre y dificultaban el financiamiento. El mercado para el café de medianía, considerado inferior por su menor tamaño, había estado mayormente en Cuba y España, por lo cual se vio muy afectado. Los exportadores que estaban ubicados en lugares como Arroyo, San Juan y Cayey, lejos de la altura y su grano grande, dejaron el negocio. Los exportadores restantes han de haberse concentrado en escoger y elaborar un grano de máxima calidad que pudiera reclamar unos precios suficientemente altos como para dejar ganancias que merecieran mantenerse en el negocio. Se hizo mandatorio emplear la mejor maquinaria y escoger el café a mano para asegurar máxima calidad. Han de haber sobrevivido los exportadores más meticulosos, con mejor maquinaria, mejor localizados, y con mejores relaciones con las haciendas de la altura sudoccidental y en los mercados. Las exportaciones directas de haciendas fueron desapareciendo, pues por su menor escala de operaciones éstas no podían capitalizar tanto la elaboración.

Tras el cambio de soberanía, muchos hacendados pidieron trato privilegiado para el café boricua en el mercado norteamericano [Carrol, 1899]. Varios productores y exportadores se unieron para formar en Ponce la National Coffee Growers Association, organización que propulsó la percepción de que nuestro café se había convertido desde 1898 en un producto norteamericano, merecedor de protección tarifaria de parte del gobierno de Estados Unidos [Asoc. Nac. de Productores de Café, 1913, p.5]. Sin embargo, debido al menosprecio colonial y al hecho de que había firmas norteamericanas con intereses en el café brasileño, esto no se logró [Dietz, 1989, p.117].

La industria se fue ajustando a las nuevas realidades hasta que para 1910 el café puertorriqueño había recuperado la mayor parte de sus mercados europeos tradicionales. Los precios obtenidos en 1911 devolvieron la rentabilidad a la industria [Díaz Hernández, 1983, p.104].

Debido a las grandes pérdidas sufridas por la industria entre 1899 y 1902 y a la muy baja rentabilidad de ésta hasta 1910, los salarios pagados en el café quedaron rezagados con respecto a las ahora florecientes industrias azucarera y tabacalera. Aparentemente, tomando en cuenta el canje de moneda y el aumento en los precios de los artículos de primera necesidad, el nivel de vida de las familias trabajadoras de la altura empeoró tras el cambio de soberanía. Paulatinamente la población de la altura fue migrando hacia las regiones cañeras [Bergad, 1978, p.76]. Sin embargo, muchos regresaban a recoger café en la época de la cosecha, la cual coincidía con el invernazo de la caña.

La posición de los comerciantes-refaccionistas se debilitó en ese período ante las paulatinas mejoras en la transportación, el crecimiento de la banca comercial y la mayor metalización de la economía. El agricultor tenía más opciones de crédito que en el siglo anterior, aunque la que más se acomodaba a sus necesidades seguía siendo la refacción [Campbell, 1947, p.60].

La mayor cantidad de café exportada en el presente siglo correspondió al 1915, cuando ésta sobrepasó los 511,000 quintales [Mariani, 1930, p.187]. Sin embargo, esta bonanza se vió afectada por la Primera Guerra Mundial, que le quitó a Puerto Rico el mercado alemán y redujo la demanda en Francia, Austria e Italia [Figueroa, 1925, p.96], y redujo nuevamente los precios a niveles desastrosos. Muchos hacendados y exportadores abandonaron el negocio durante esa época. Fritze Lundt & Cía., exportador alemán con sucursales en Ponce y Mayagüez, se vió forzado a cerrar cuando su país quedó en guerra con Estados Unidos. J. Turnbels, casa exportadora francesa ubicada en la Playa de Mayagüez, vendió después del maremoto que azotó esa ciudad en 1918 [M. Durán, entrevista, 1988]. La familia Amill, que había estado entre los más importantes productores cafetaleros de Yauco, entregó sus haciendas cafetaleras en pago de deudas entre 1916 y 1920 [A.G.Ll., Escrituras de Compraventa de las Haciendas Collado, 1917 y Josefa, 1918, y Escritura de Venta Judicial de la Hacienda La Vega, 1916].

Para sobrevivir con el nuevo bajón de precios se aumentó la producción de plátanos y guineos, cuyos precios habían crecido a causa de la guerra [Campbell, 1947, p.45]. Aún así muchos hacendados se quedaron en quiebra, y como secuela aumentó aun más la concentración de tierras. Algunos hacendados que se mantuvieron en el negocio adquirieron a precio muy bajo grandes haciendas colindantes y no-colindantes con las suyas. Estos pudieron sobrevivir la crisis administrando varias haciendas como un sistema. Aprovechando las mejoras habidas en la transportación, concentraron la elaboración del grano de todas las haciendas en una sola. Uno de éstos, Natali Hermanos, procesaba el café de sus haciendas de café de la altura en una hacienda azucarera de medianía donde contaban con más mano de obra y mejor clima para el secado al sol que requería el grano de máxima calidad. G. Llinás & Cía. traía café despulpado y lavado desde varias haciendas a secarse en las correderas de su Hacienda Delfina, donde tenían sus almacenes, un bombo para resecar, más mano de obra y mayor accesibilidad; luego lo bajaban hasta su Tahona en Yauco para prepararlo para la exportación.

El continuado mal estado de la agricultura cafetalera aún después de la fundación de las cooperativas de mercadeo y del advenimiento del crédito agrícola federal le dio la razón a estas personas.

Se continuaba achacando a los comerciantes refaccionistas el pésimo estado financiero de gran parte de los agricultores cafetaleros. Se sugería que de haber fuentes alternas de crédito agrícola tales como los bancos agrícolas federales habría un cambio radical en la industria. Sin embargo, algunos expertos no parecían compartir esas ideas.32 Según Earle [1922, p.5]:

“Ha prevalecido extensamente la impresión de que la culpa era de los intereses comerciales; que traficantes sin escrúpulos explotaban a los cosecheros y se aprovechaban de sus urgentes necesidades […] sin embargo mi temor es que esta ayuda [de los bancos federales] solamente será transitoria. [No puede salvarse] la industria cafetera mientras el promedio de producción de café por cuerda sea de [2 ó 3 quintales].”

A base de que durante estos años algunos exportadores quebraron y otros se retiraron del negocio, que ninguno creció y que no hubo nuevos ingresos al negocio, podemos inferir que los exportadores estaban sufriendo tanto como los hacendados y agricultores la crisis de la industria. La percepción de los comerciantes como “pulpos explotadores” más allá de lo que se pueda ver a cualquier acreedor en tiempos malos ha de haber tenido raíces históricas y estado reforzada por el hecho de que eran casi todos extranjeros.

Nuestros mercados cafetaleros europeos, muy inestables durante la mayor parte del presente siglo debido a guerras, tratados comerciales con países competidores, alianzas y rivalidades políticas respecto a Estados Unidos, la Depresión, etc. [Rodríguez González, 1926, p.29], fueron aumentando su demanda según se sobrepusieron a los efectos de la guerra, y los precios volvieron a subir.

Para 1920 volvieron a subir los precios del café y se recobró la rentabilidad de la exportación: ese año se exportaron 327,768 quintales por unos 9 millones de dólares, una cantidad mayor que el valor de los 511,000 quintales del 1915 [Bergad, 1978, p.84]. Entre las cosechas de 1923/24 y la de 1924/25, el precio promedio del café exportado subió desde $21 hasta $27.70 por quintal.

Esos altibajos sirvieron para demostrar la fragilidad de la industria cafetalera, la casi total dependencia de la población de altura occidental en ésta, y la carencia de alternativas para el café que fueran viables en la agreste topografía de la altura y bajo las condiciones políticas y económicas vigentes en la isla. Desde entonces, los gobiernos insular y federal modificaron su anterior actitud de abandonar la industria a su suerte y comenzaron a intervenir en su favor [Meléndez Ortiz, 1949, p.194].

En 1920 se aprobó una ley insular para incorporar y regular sociedades cooperativas de producción y consumo [Ortiz, 1975, p.25]. A su amparo se organizaron varias cooperativas de caficultores deseosos de mercadear su propio café sin depender de los comerciantes y exportadores. Estas organizaciones no prosperaron debido tal vez a su pequeña escala, a insuficiencia de capital y la carencia de mecanismos refaccionarios que sustituyeran al comerciante cafetalero.

En 1922 se estableció en Puerto Rico una oficina local del Federal Land Bank of Baltimore, dedicado a conceder préstamos hipotecarios a los agricultores y en 1923 se estableció una del Federal Intermediate Credit Bank, dedicado a financiar la producción y el mercadeo agrícola [Meléndez Ortiz, 1949, p.194]. La mayor parte de los más de $6 millones prestados por ambos bancos en su primer año de actividades tras iniciar sus operaciones en 1924 se utilizaron por los agricultores para pagar deudas viejas que habían estado garantizadas por hipotecas con intereses altos [Figueroa, 1925, p.96]. Estos bancos fomentaron el establecimiento de cooperativas agrícolas y de seguros para las cosechas, y lograron bajar los intereses del financiamiento hipotecario y refaccionario. Este efecto, sin embargo, no fue tanto como podría parecer, puesto que el agricultor tenía que pagar sobre el tipo de interés hasta un 3% por una prima de seguro obligatoria ya que el banco no asumía los riesgos de huracán.

En 1925 se puso en vigor una ley que mejoró la del 1920, estableciendo formas de organizar cooperativas de producción y mercadeo de productos agrícolas [Ortiz, 1975, p.25]. Aprovechando estos mecanismos y la exención contributiva brindada en esa misma fecha a este tipo de institución, varias de las cooperativas existentes se fundieron en una, entrando así en funciones la mayor de las cooperativas cafetaleras, la Cooperativa Cafeteros de Puerto Rico [Cruz y Jiménez, 1938, p.90].

Esta organización tuvo sede en Ponce y sucursales en casi todos los pueblos productores de café. Formada por hacendados cafetaleros de todas las escalas, la cooperativa adelantaba a sus socios la mayor parte del valor del café pergamino que éstos le suplían por medio de préstamos al 5 1/2% del Baltimore Bank for Cooperatives. La organización, cuya producción totalizaba originalmente el 20% de la de todo Puerto Rico, clasificaba, elaboraba y exportaba el grano de clasificación superior y vendía el resto localmente a torrefactores y comerciantes. Sus primeras exportaciones se hicieron a consignación mediante los servicios de mercadeo de la firma exportadora ponceña Sobrino de Mayol, pero bajo los tipos (equivalente a marcas) de la cooperativa [Ferriol Vicéns, entrevista, 1990]. Cafeteros le liquidaba anualmente a sus socios el balance del valor del café suplido según su calidad y el precio promedio de esa cosecha; sus liquidaciones superaban a los precios promedios pagados por los comerciantes [Cruz y Jiménez, 1938, p.93], aunque éstos pagaban mucho más pronto. Además, en combinación con la Production Credit Association, dependencia del Farm Credit Administration, la cooperativa concedía crédito refaccionario con intereses relativamente bajos a los socios que poseían seguros contra huracanes [Cruz y Jiménez, 1938, p.92]. Para 1940, Cafeteros manejaba el 40% del café de Puerto Rico y era nuestro mayor exportador, llegando a emplear unas cien mujeres en el escogido de café en su Tahona de Ponce [Cruz y Jiménez, 1938, p.98; Campbell, 1947, p.77]. La cooperativa integró eventualmente una serie de servicios a los agricultores, tales como crédito, seguros, equipo agrícola y venta de gallinas ponedoras y su alimento.

Posteriormente se fundaron otras dos cooperativas menores pero importantes, las cuales estaban compuestas mayormente por hacendados grandes de la altura: la Cooperativa de Cosecheros de Café de Puerto Rico con sede en Ponce [Liquidaciones de la Cooperativa de Cosecheros de Café de 1942/43, ASM-RUM], la cual tuvo a Sobrino de Mayol como administrador [Ferriol Vicéns, entrevista, 1989], y la Cooperativa Agrícola de Maricao, administrada por el hacendado yaucano Antonio Natali. Esta última, compuesta por hacendados del Barrio Indiera Alta (Maricao) y partes limítrofes de otros barrios de la altura, logró establecer un beneficiado de café regional, a donde los socios llevaban diariamente su café uva [E. Natali, entrevista, 1988].

En 1926, la exportación cafetalera se desglosó de la siguiente manera: Cuba 40%; Alemania, 19%; Italia, 14%; España, 14%; Holanda, 6%; Estados Unidos, 2%; Francia, 2%; otros países, 3% [Rodríguez González, 1926, p.29]. Ese mismo año Cuba detuvo la importación de café para impulsar el crecimiento de su propia industria cafetalera. El mercado cubano había venido consumiendo la mayor parte de las exportaciones de cafés de precios intermedios y grano mediano, por lo cual el mercado de exportación de café crudo se vió limitado desde entonces casi exclusivamente a los granos de mayor tamaño.

La relativa estabilidad que había había en la industria 1920 terminó en 1928 con el Huracán San Felipe. San Felipe causó una devastación sin precedentes a la altura cafetalera; destruyó la cosecha que se estaba madurando en las ramas, así como cafetos, árboles de sombra, caminos y estructuras y afectó los suelos por medio de la erosión. La recuperación tras el siniestro se vió obstaculizada por el advenimiento de la Depresión y del Huracán San Ciprián en 1932.

En los años siguientes al paso de San Felipe se implementó una serie de programas dirigidos a remediar la pésima situación en que había quedado la economía cafetalera, así como el desempleo y la necesidad en que esta situación había sumido a la población de nuestra montaña. La Cruz Roja Americana dió ayuda para establecer huertos de emergencia, medida que incluía la limpieza de fincas y el establecimiento de semilleros de café. La Porto Rico Hurricane Relief Commission aportó seis millones de dólares para la agricultura, cinco de éstos destinados al sector cafetalero [Meléndez Ortiz, 1949, p.196]. Este programa otorgó empréstitos a agricultores cuyas propiedades habían sido arrasadas por el huracán.

La subsecuente escasez de café entre 1929 y 1935 obligó a importar cantidades sustanciales de café e hizo subir los precios en el mercado local. Para que la importación de café del extranjero no afectara la recuperación de la industria local, el gobierno de Estados Unidos autorizó al gobierno de Puerto Rico a imponer una tarifa al café importado. Esta se fijó en 1931 a razón de $15 quintal de café crudo y $18 para el café tostado [Negrón Ramos, 1965, parte 1, pp.17-18]. La tarifa logró que el café puertorriqueño fuera sustituyendo las importaciones según se recuperaba la producción local.

Al igual que en todos los años de este siglo hasta 1969, en ese período también hubo exportación. [Véase la Tabla 6.] Esa coexistencia de importación y exportación se debió a que el café puertorriqueño de grados superiores se vendía a Europa a precios superiores a los que ofrecía el mercado local, y muy por encima de lo que costaba el café que era importado a la isla de otras proce-dencias, cosa que nunca se permitió bajo la soberanía española.

Entre 1928 y 1931 se canceló total o parcialmente los impuestos a la propiedad cafetalera.A base de un impuesto de entre uno y dos porciento por cuerda, se brindó el seguro contra huracanes requerido por los bancos agrícolas federales, el cual ninguna aseguradora privada se arriesgaba a ofrecer. En 1931, el gobierno de Puerto Rico concedió un préstamo de $100,000 a la Cooperativa Cafeteros de Puerto Rico, el cual se condonó en 1937 [Meléndez Ortiz, 1949, pp.196-97]. En 1932 se creó un Fondo para el Seguro y la Rehabilitación Cafetalera.

Durante la Depresión hubo intentos de ayudar a la industria cafetalera por medio de la Porto Rico Reconstruction Administration (PRRA) y la Porto Rican Emergency Relief Administration (PRERA). Entre 1936 y 1938, la PRRA ayudó al hacendado pagando a sus peones por trabajar en la rehabilitación de la hacienda a cambio de unas pocas decenas de cuerdas para cooperativas o para “fincas de subsistencia” a ser repartidas por la agencia [Meléndez Ortiz, 1949, p.197]. Se estableció una finca piloto en las tierras pertenecientes a las antiguas haciendas Rábanos (Castañer) y Guayo (Llinás) de la región conocida hoy por Castañer y se formó una cooperativa de cosecheros de café para manejarla.

Desde la crisis de principios de siglo hubo conciencia entre los agrónomos respecto a la baja productividad de los métodos tradicionales de siembra en la isla. En los números de las primeras décadas de este siglo de la Revista de Agricultura, órgano del Departamento de Agricultura, abundan los artículos sobre técnicas agrícolas cafetaleras: poda, espaciamiento, sol vs. sombra, etc.

Alemania se encontraba en crisis tras haber salido de una hiperinflación; España estaba en guerra civil; la Depresión seguía afectando a muchos países y éstos habían aumentado sus aranceles [Román, 1957].

En 1935 tomó las riendas de una atribulada Cooperativa Cafeteros de Puerto Rico el joven Ramiro Colón Castaño. Administrando esa entidad a manera de una empresa y aprovechando ventajas de financiamiento federal a bajo costo, excención contributiva la cooperativa y su poder político (la Cooperativa tenía miles de socios y Colón Castaño llegó a ser senador por el Partido Republicano), éste emprendió nuevos negocios con gran éxito. Se trajo de Sobrino de Mayol a Miguel Bauzá Mayol; lo encargó de la compra, clasificación y elaboración del café, y comenzó a exportar de forma directa a Europa. Ese mismo año estableció una moderna torrefacción, completando así la integración vertical y horizontal de la organización, la cual comprendía desde la producción y el beneficiado en la finca hasta la distribución local al por mayor del café molido y la exportación directa del café crudo [Cruz y Jiménez, 1938, pp.94-96].

Durante la escasez de café de 1929-1936, algunos comerciantes inescrupulosos habían vendido café de otros países en Europa usando fraudulentamente los nombres de los tipos de las firmas boricuas [Oliver Llinás, entrevista, 1988]. Cuando las pocas firmas exportadoras que sobrevivieron a los estragos económicos del huracán [Campbell, 1947, p.81] resumieron la exportación, éstas nombraron sus tipos de forma diferente para eliminar dudas sobre su autenticidad. Mayol sacó los tipos Flor de Mayol, Boricua y Piraldini [Conduces de exportaciones de café, 1961-62; ASM-RUM], y Llinás los tipos Llinás No. 9 y Llinás No. 7 [Plantillas para marcar sacos, Tahona Llinás].

Durante los años en que el café puertorriqueño escaseó marcadamente del mercado europeo a consecuencia del huracán, los importadores del Viejo Mundo contrayeron compromisos con suplidores de otros países y establecieron cuotas sin contar con la producción boricua. Por otro lado, algunos de los mercados tradicionales del café puertorriqueño, como España y Alemania, estaban confrontando serios conflictos y problemas políticos y económicos, mientras que Cuba había pasado de importador a exportador cafetalero.

Debido a los altos costos que resultaban de operar dentro de la economía y el cabotaje de Estados Unidos, los exportadores boricuas no podían bajar sus precios para recuperar su mercado y contrarrestar los aumentos en derechos de importación aplicados a las exportaciones norteamericanas. Contrario a los demás países productores, Puerto Rico no podía entrar en tratados de intercambios comerciales, única forma en la cual países europeos en dificultades económicas estaban importando café [Campbell, 1947, p.84; Cruz y Jiménez, 1938, p.94]. Como consecuencia, al llegar la cosecha de 1935/36 en la cual la producción pudo sobrepasar nuevamente el consumo interno, los mercados tradicionales del café puertorriqueño no pudieron absorber más que la mitad de los 50,000 quintales de ese excedente, y el mercado local vió sus precios marcadamente deprimidos cuando se intentó vender aquí la diferencia [Menéndez Ramos, 1937, p.52].

Como remedio a esta situación se intentó mercadear en Estados Unidos el café excedente que no podía venderse en el ahora limitado mercado europeo, creándose en 1936 la Corporación Cafetalera de Puerto Rico para subsidiar y mantener el precio del café, promover las exportaciones y eliminar el excedente del mercado local. Se usó una asignación de $50,000 para adquirir café excedente y venderlo, aunque fuera con pérdidas, en Estados Unidos. Para entonces se estaba pagando en el mercado norteamericano el café lavado suave de calidad, incluyendo al de Puerto Rico, a razón de $15 el quintal, lo cual era casi igual que el costo de producirlo en Puerto Rico; mientras, el quintal de café boricua se cotizaba entre $20 y $25 en los mercados europeos [Campbell, 1947, p.85].

En Estados Unidos se prefería una bebida más amarga y con más cafeína que la que producía la especie de café que se sembraba en Puerto Rico (Coffea arábica) [Asociación Nacional de Productores de Café, 1913, pp.2-5]. Sin embargo, la siembra en gran escala en Puerto Rico de los cafés inferiores preferidos en ese país (Robusta y Excelsa) no era factible porque esos cafés se podían obtener en el mercado mundial a precios muy por debajo del que hubiera sido su costo de producción en Puerto Rico. Paradójicamente, el café Robusta se está sembrando cada vez más hoy día para el consumo interno y bajo la protección de una elevada tarifa de importación–subsidiado por el consumidor boricua.

Para 1937 se logró que el Departamento de Agricultura de Estados Unidos, manteniniendo consistencia con las ayudas rehabilitadoras y nuevotratadistas motivadas por la Depresión y el huracán, brindara un subsidio de cinco dólares por cada quintal exportado a Estados Unidos [Meléndez Ortiz, 1949, pp.197-98]. Gracias a ese subsidio, los exportadores pudieron hacer ventas significativas de café crudo a Estados Unidos.

Para aprovechar ese subsidio, la Cooperativa logró que se le condonara en 1938 el préstamo de $100,000 que se le había concedido unos años atrás para poder invertirlo en la exportación a ese país de café tostado y molido envasado localmente en latas al vacío. Ese café se mercadeó como café gourmet bajo la marca Café Rico mediante una campaña de anuncios en los principales periódicos y revistas norteamericanas [Cruz y Jiménez, 1938, p.100].

Un estudio de mercado había demostrado que el café de Puerto Rico, debido a su alto costo de producción, no podría penetrar ese mercado si no era en forma molida y por iniciativa de Puerto Rico. Los importadores norte-americanos de café crudo nunca pagarían tanto por nuestro café como los europeos mientras fueran a venderlo ligado con otros cafés bajo sus marcas de café molido; tampoco se arriesgarían a crear una marca de café molido puro puertorriqueño por el riesgo de que un huracán cortara nuevamente las exporta-ciones y se perdiera toda la promoción. Para los caficultores boricuas, sin em-bargo, el riesgo sí valía la pena [Cruz y Jiménez, 1938, pp.96-100]. Desgraciadamente, el consumidor promedio norteamericano continuó comprando café unicamente a base de precio y marcas familiares, y la distribución del café boricua se vió limitada a tiendas de gourmet. Esto encareció tanto el costo de distribución que a pesar de la existencia del subsidio de exportación el esfuerzo no rindió los beneficios esperados.

La producción cafetalera de 1939, de 189,490 quintales, fue menos de la mitad de la producción del 1921 en poco menos que la misma área de siembra. Debido a la renuencia de los hacendados a invertir en sus fincas debido a la baja e incierta rentabilidad de la industria, la productividad por cuerda había descendido a 1.5 quintales, y el costo de producción fluctuaba entre los 12 y 14 dólares por quintal aunque se continuaba pagando salarios bajísimos. A pesar de que la guerra volvía a afectar los mercados europeos, entre Europa y Estados Unidos absorbían el reducido excedente y la industria mantenía una situación estable aunque precaria.

En 1940 la industria cafetalera empleaba permanentemente a 25,594 personas, un 5% del total de la fuerza laboral puertorriqueña. Ese año se creó la Corporación Estabilizadora del Precio del Café en Puerto Rico con el propósito de mantener un nivel de precios que diera una ganancia razonable al agricultor mediante subsidios, impuestos, compra-venta de café y convenios con el Departamento de Agricultura federal [Meléndez Ortiz, 1949, p.198].

La entrada de Estados Unidos a la Segunda Guerra Mundial hizo escasear y subir el costo de la mano de obra. Como consecuencia se comenzó a quedar café sin recoger en las haciendas y hubo que dejar de escoger el café a mano en las Tahonas, lo cual afectó su calidad y su demanda. Con motivo de la guerra hubo que vender todo el excedente de 1942 en Estados Unidos a precios que no produjeron ganancias suficientes a pesar de la concesión de nuevos subsidios federales y del gobierno de Puerto Rico [Colón Castaño, 1977, pp.30-31]. Desde 1943 la producción comenzó a ser insuficiente para el mercado interno y tuvo que complementarse con importaciones [Meléndez Ortiz, 1949, p.199].

Estas circunstancias motivaron a que más exportadores dejaran el negocio, entre ellos Sucesores de Esmoris & Cía., el último exportador de Mayagüez [M. Durán, entrevista, 1988]. Quedaron sólo unos pocos, incluyendo a la Cooperativa Cafeteros de Puerto Rico, Sobrino de Mayol Hermanos & Cía., G. Llinás & Cía., y Geo Sanders & Cía.

Al terminar el control de precios que se había mantenido durante la Segunda Guerra Mundial, muchos artículos comenzaron a subir de precio aceleradamente. Con el propósito de regular los precios de los artículos de consumo de primera necesidad, incluyendo al café, se creó la Oficina de Administración de Precios. Cediendo parcialmente ante los reclamos de la industria, en 1946-47 y en 1947-48 se dió al café un subsidio de 5 centavos por libra para cubrir el alza en sus costos de producción [Meléndez Ortiz, 1949, p.202]. También en esos años se condonaron $3.7 millones en balances atrasados que aún adeudaban varios caficultores por concepto de los empréstitos de emergencia concedidos por la Comisión Rehabilitadora tras el paso del Huracán San Felipe. Esto se hizo a pesar de que se decía que muchos agricultores habían gastado esos fondos en “caballos lujosos” (sic) y en propósitos diferentes a los designados [Campbell, 1947, pp.59-60].

En 1946 se creó la Comisión Rehabilitadora de la Industria Cafetalera de Puerto Rico con el propósito de estimular el uso de prácticas modernas de cultivo intensivo y de conservación de suelos, aumentar los recursos de los caficultores y mejorar las condiciones de los trabajadores del cafetal. Al año siguiente esa agencia comenzó a implementar su Programa de Rehabilitación Cafetalera, mediante el cual se reembolsaba al agricultor por el uso de abono químico, la siembra en terrazas y la reducción del número de cafetos y árboles de sombra por cuerda [Meléndez Ortiz, 1949, p.203]. Inicialmente, este programa tuvo un éxito debatido y limitado [Vales, 1949, p.15; Oliver, 1949, pp.35, 37]; sin embargo, creó las condiciones para el desarrollo que nos ha permitido alcanzar hoy rendimientos de decenas de quintales por cuerda en muchas piezas y fincas de la altura.

La escasez de mano de obra motivada por la guerra y los bajos salarios continuaron aun después de ésta haber terminado. Los jóvenes veteranos oriundos de la altura no regresaban a la pobreza del cafetal; emigraban a las ciudades y a Estados Unidos buscando mejorar su calidad de vida y luego se llevaban a sus familias [Ríos et al., pp.157-60]. Con los precios artificialmente bajos, costos altos y escasez de mano de obra la producción se mantuvo baja a pesar de los subsidios e incentivos. No se cubría el consumo local y ésto no permitió el crecimiento de las exportaciones. La producción por cuerda siguió descendiendo debido al descuido de los cafetales más remotos e incómodos de la mayoría de las haciendas.

Según Campbell [1947, p.62], en la década del 1940 el café era una actividad económica que no dejaba ganancias. No es de extrañar pues que los hacendados en su mayoría hayan seguido una estrategia de liquidación en la cual se recogía café en las piezas que producían suficiente, se abandonaba a la maleza las que dejaban de producir, se desatendía las haciendas y se evitaba toda inversión en cultivos, maquinarias y estructuras. Las fincas pequeñas de la altura se vieron menos afectadas por estas actitudes porque no valorizaban la mano de obra familiar, no necesitaban de mayores inversiones y sus dueños no tenían otras alternativas para generar ingresos.

En 1950, como consecuencia de la ocurrencia de heladas en las zonas cafetaleras brasileñas, el precio mundial aumentó vertiginosamente y llegó a superar el precio regulado local del café puertorriqueño. Ese año se estaba importando más de una tercera parte del café consumido localmente, aunque continuaba la exportación en cantidades limitadas. El atractivo precio mundial hizo aumentar las exportaciones, produciéndose escasez de café en el mercado local. La industria cafetalera reclamó que se aumentara el nivel del precio regu-lado, propiciando una agria controversia entre la industria cafetalera por un lado y la prensa y el gobierno por el otro [Ver: Colón Castaño, R. Apuntes históricos sobre el café: la historia se repite, y “La verdad sobre la situación actual del café”, y Morell, M., “El precio del café”.]

El gobierno estuvo importando café inferior para poder mantener al mínimo posible el precio regulado mientras que la mayor parte de nuestro café se exportaba a Europa y Estados Unidos. En 1953 se produjeron 315,000 quintales, de los cuales se exportaron 205,000, y hubo que importar 73,000, lo que no fue suficiente para conjurar la escasez local. En 1954, año en que el precio mundial alcanzó su punto máximo, se llegó a vender ciertos grados superiores a $100/quintal en el mercado de Nueva York. Ese año la Adminis-tración de Estabilización Económica (AEE), nueva agencia encargada de estabilizar y controlar el precio del café, aumentó paulatinamente el precio al agricultor desde $54.50 el quintal en enero hasta $71.30 en abril. Sin embargo, en septiembre se bajó a $65 cuando el precio mundial cayó debido a que la producción mundial había venido aumentando a un ritmo mayor que la demanda [Negrón Ramos, 1965, parte 1, pp.13-15]. Eventualmente el precio mundial promedio de los cafés suaves bajó hasta $41 en 1962.

Mientras el precio mundial se mantuvo alto, las ganancias producidas por la exportación estimularon la producción, y Puerto Rico volvió a ser un exportador neto. Las ganancias de esos años estimularon a muchos caficultores a renovar sus siembras y a pagar jornales más altos. Muchos se acogieron a los incentivos que propulsaban el cultivo intensivo. Como resultado, en 1957-58 Puerto Rico experimentó la mayor cosecha desde San Felipe: 350,000 quintales de café.

La cantidad de café exportado a Estados Unidos aumentó a mediados del presente siglo debido al esfuerzo de mercadeo de los exportadores de café crudo y de café molido envasado al vacío y al consumo de los emigrantes puertorriqueños residentes en Estados Unidos. Entre 1957 y 1960, el 59% del café exportado iba a Europa y el 41% a Estados Unidos, aunque siempre con menor beneficio [Adm. de Estabilización Económica, 1961, p.17].

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