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Parroquia Nuestra Señora de la Asunción

En el 1773 había una iglesia de madera. Para 1790 se había hecho de mampostería el ábside, la sacristía y las cúpulas de estas dos áreas. La iglesia se terminó alrededor de 1816. La torre fue diseñada por José Cánovas y se añadió en el 1888.
El nombre de esta ciudad recuerda al cacique que gobernaba esta región. Su nombre significa lugar de agua en la lengua indígena y a través de los siglos se ha escrito Cahey, Caiyey, Cayei y Calley. El yucayeque o poblado estuvo ubicado en la ribera del río Toita, hoy La Plata.
Para 1645 existía en este territorio el Hato de Cayei, perteneciente al pueblo de Coamo. La petición para fundar el pueblo fue radicada y aprobada en 1773, asignándosele el nombre de Nuestra Señora de la Asunción de Cayey de Muesas (por su fundador, el gobernador Miguel de Muesas).
La economía dependió inicialmente de la ganadería, pero durante el siglo 19 tomó gran auge el cultivo de café, caña de azúcar y tabaco. La avicultura, el comercio y varias industrias son pilares importantes de la economía actual. El Museo de Arte Dr. Pío López Martínez (ubicado en el recinto de la Universidad de Puerto Rico), el Monumento al Jíbaro y la ruta del lechón (área en el Barrio Guavate donde abundan las lechoneras) son algunas de las atracciones de este municipio. El Recinto de Cayey de la UPR es centro de numerosas actividades sociales y culturales, mientras que el Bosque Estatal de Carite provee lugares de acampar y veredas para disfrutar la naturaleza. Una de sus atracciones principales es la poza de Charco Azul. La residencia veraniega del Gobernador está en el Barrio Jájome Alto, a orillas de la carretera de Cayey a Guayama.
Ramón Frade de León (pintor), Eugenio Fernández Méndez (escritor) y Miguel Meléndez Muñoz (maestro y escritor) son cayeyanos destacados. El municipio también se conoce como la Ciudad del Torito (por el monte El Torito) y la Cuna del coquí dorado (por el descubrimiento en la Sierra de Cayey del único coquí vivíparo, hoy aparentemente extinto). El cognomento de Ciudad de las brumas deriva de la formación frecuente de neblina en sus campos y carreteras.

No saber lo que ha sucedido antes de nosotros es ser incesantemente niños. No dejar saber lo que sucede en nuestro tiempo es ser intensamente irresponsables con las futuras generaciones. Un espí­ritu histórico no puede tener dudas de que ha llegado el tiempo de la resurrección de nuestro pasado, de la afirmación del presente y la esperanza del futuro. Esto es parte de ello…

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