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Plaza de Colón

La antigua plaza de armas fue rediseñada y convertida en plaza de recreo en el 1883. Luego se pavimentó y se le colocó en el centro una gran fuente de hierro dedicada a Neptuno. El monumento a Colón sustituyó la fuente en el 1896. Desde entonces tres remodelaciones han cambiado la plaza notablemente, durante la efectuada en el 1944 se descartó el elegante perímetro de balaustres mallorquines instalado en 1896 y que puede observarse en fotos antiguas. La última remodelación terminó en 1997.
Monumento de Cristóbal Colón
Este monumento fue propuesto en 1893 por el alcalde Miguel Pons con motivo del cuarto centenario del descubrimiento de Puerto Rico. La estatua de bronce, obra de Antonio Coll y Pi, fue fundida por Federico Masriera en Barcelona. El pedestal de granito porta el escudo de Mayagüez, el perfil de los Reyes Católicos y el perfil del padre Antonio de Marchena, protector y amigo de Colón. La obra se develó el 28 de enero de 1896 durante las fiestas patronales.
Estatuas de la plaza
Las estatuas de hierro que adornan la plaza se instalaron simultáneamente con el monumento a Colón y se atribuyen también a Antonio Coll y Pi. Fueron fundidas en el taller barcelonés de Aya Santa María. Cada esquina del pretil de balaustres mallorquines que marcaba el perímetro de la plaza tenía un alabardero (guardián que lleva un tipo de lanza). En otros puntos del petril estaban las otras dieciséis estatuas portando lámparas iluminadas por una nueva tecnología: energía eléctrica.
Monumento a los fundadores
Este monumento fue propuesto por el Ing. Félix Benítez Rexach. Se inauguró en 1945 y originalmente tuvo una columna de piedra más alta. El libro de bronce se titula Anales de Mayagüez. Tiene en su interior la frase «Bajo el reinado de Carlos III se fundó la Ciudad de Mayagüez. Año de 1760» y los nombres de Faustino Martínez de Matos, quien radicó la petición de fundación y se encargó de las gestiones administrativas, y de Juan de Aponte y Juan de Silva, quienes donaron los terrenos.

No saber lo que ha sucedido antes de nosotros es ser incesantemente niños. No dejar saber lo que sucede en nuestro tiempo es ser intensamente irresponsables con las futuras generaciones. Un espí­ritu histórico no puede tener dudas de que ha llegado el tiempo de la resurrección de nuestro pasado, de la afirmación del presente y la esperanza del futuro. Esto es parte de ello…

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