Leyenda de Salomé y Aruaca

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El mayor orgullo de Don Julián Correa era su bella hija de 17 años, Salomé. Una mañana, Salomé llevó a su caballo al río Abacoa para una caminata diaria, pero ese día su padre insistió en que Juan, el hijo del adinerado latifundista Don Ramón Rivera, la acompañara porque tenía la esperanza de que algún día se casarían.

Cuando llegaron al borde del río, Salomé vio una hermosa flor flotando en el y se inclinó para atraparla, luego se resbaló en una piedra perdió el equilibrio y cayó en la corriente rápida, pero cuando le gritó pidiendo ayuda a Juan, no tuvo valor y solo gritó que iría a la hacienda a buscar algo de ayuda.

Salomé pensó que estaba segura de que iba a morir, pero luego vio en el cielo un rayo de bronce y cobre que caía del acantilado, allí fue cuando sintió que unos poderosos brazos la abrazaron y la llevaron a salvo al borde del río. Su salvador era un hombre joven de piel morena y ojos color miel, y al instante se enamoró de él.

Cuando ella le preguntó su nombre, él respondió: “Soy Aruaca, el último de los guerreros de Taíno, hijo de Urayoán y Cecilia la española, nieto del jefe Abacoá”. Aruaca la llevó a la hacienda solo, pero al llegar los hombres de la hacienda comenzaron a dispararle, intentó defenderse, pero habían demasiados.

Igualmente, el padre de la joven Don Julián intentó matar también al joven, pero Salomé saltó entre ellos diciendo: “Le debes mi vida a este hombre, fue él quien me salvó de la muerte en las corrientes del río, mientras esto cobarde a tu lado (Juan), ¡me abandonaste! “Aruaca se despidió de Salomé con solo una mirada.

Salomé regresó a Abacoá día tras día, hasta que finalmente ella y el joven se encontraron de nuevo; después de este reencuentro, decidieron encontrarse diariamente de noche en el río, aunque los envolvían dos mundos muy diferentes esto no hacía imposible su amor. Un día su padre bajo sospecha la siguió al río y cuando la vio en los brazos de Aruaca, se enojó tanto, que comenzó a dispararle; pero Salomé recibió uno de esos disparos de su padre en el pecho.

Aruaca vio a su amada morir a sus pies y supo que solo podía salvarla rezando a sus dioses en el guacara. Entonces, subió el acantilado y entrando en la cuev colocó su amor al lado del xagüey, tomo agua del manantial y comenzó a limpiar la herida mortal, y el agua milagrosa del xagüey de sus antepasados ​​la revivió.

El joven Aruaca inmediatamente agradeció a Boiníaex y Marojú, los dos cemíes de piedra que había en ese lugar. Salomé y Aruaca acordaron ir a la hacienda para darle las buenas noticias al padre de la joven, pero el joven se fue solo para avisarle a Don Julián; por ello se despidieron y Salomé prometió esperar hasta que regresara.

Cuando Aruaca llegó a la hacienda para contarle la noticia a Don Julián, este sin mediar palabra le disparó matándolo al instante, ni siquiera se enteró de las buenas noticias del revivir de su hija; por culpa de su misma maldad.

La joven Salomé se mantuvo esperando en la cueva por ciento cincuenta años o un poco más, sin envejecer ni un poco. Ella le rogaba orando a los dioses diariamente por el regreso de su amor Aruaca. Algunos relatos dicen que solo después de ciento cincuenta años murió de un corazón roto, y que esta se mantuvo con vida tanto tiempo manteniendo el recuerdo de su amor y bebiendo del agua milagrosa del manantial.

Muchos afirman, que en los caminos más oscuros de la cueva, Salomé y Aruaca andan juntos y felices unidos en su amor para siempre.

NOTA: Publicación autorizada por Lionel Valentín Calderón, Administrador del Portal. Hasta donde nos es posible damos crédito a los autores de los artículos cuando se nos proveen. Si encuentras algún error no vaciles en publicar las correcciones como comentarios o puedes comunicarte con nosotros enviando las pruebas y evidencias de lo que afirmas y haremos las correcciones necesarias de inmedito.

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