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Usos y Costumbres de Nuestros Antepasados, a fines del Siglo XVIII

Usos y Costumbres de Nuestros Antepasados, a fines del Siglo XVIII

Aunque la generalidad de los lectores saben, han oído decir algo relacionado con este asunto, hemos creído conveniente ocuparnos de él a fin de que la generación que se levanta, y las venideras, tengan una idea siquiera de los usos y costumbres que eran característicos a los habitantes de la isla a fines del Siglo XVIII.

Generalmente las casas que tenían entonces los nativos ofrecían la misma construcción que las de la raza india. Su comodidad era muy poca o ninguna pues se reducía a una sala que se llamaba soberado y otra habitación que le servía de dormitorio. Por lo general dormían tendidos en hamacas, colgadas de las vigas que servían de sostén al techo. Las camas eran un tablado áspero, sobre el que tendían un jergón de yerbas secas, y las llamaban barbacoas.

Observaban nuestros antepasados muchos usos y costumbres comunes a, la raza india que fue la primitiva pobladora del país. La construcción y aspecto de sus casas su aislamiento en los montes, su vida sedentaria, su afición a los bailes y al uso de bebidas fuertes y espirituosas, era, entre otras, comunes también a la raza isleña.

El mobiliario de sus casas lo constituían algunos tures o silletas, cuyo asiento era de cuero. Los utensilios de cocina era una olla y alguna casuela de barro, bastante para cocer los alimentos de toda la familia; los platos, cucharas, vasos, escudillas y demás objeto del servicio, lo hacían del casco de las higueras o de las frutas del totuma. No usaban, ya se ve, manteles, servilletas, vasos ni cubiertos. Por lo común comían en el suelo, en la hamaca y, a veces lo hadan en la escalerita de la casa. Su alimentación consistía en una olla de arroz, o de batatas, ñames, calabazas o de todo esto junto.

La siembra de plátanos estaba inmediata a la casa, a sus alrededores. Su cena era muy moderada: algún poco de arroz, plátanos o batatas. Cuando les molestaba el hambre que resistían por mucho tiempo y sin debilitarse usaban algunas mañanas café con miel. Su indumentaria era sencilla y en relación con el clima. Los hombres usaban pantaloncillos de lienzo pintados, hasta los tobillos, camisa de igual tela, sombrero de paja, o negro, con galón dorado, un sable ceñido al cinto o debajo del brazo, pañuelo atado en la cabeza. No usaban media ni calzado.

Las mujeres iban también descalzas. Usaban sayas de indiana o tela pintada, camisa muy escotada por los pechos y espalda, llenas de pliegues de arriba abajo, las mangas atadas sobre los codos, cintas y un pañuelo en la cabeza. Cuando iban a misa solían llevar mantas y chinelas. Para ir a los bailes, que era su diversión predilecta o cuando montaban a caballo, ejercicio que les gustaba mucho, usaban sombreros redondos de pajas adornados con cintas, o negro con galón de oro.

La gente blanca y la que tenía dinero vestían ropa de anganípolas y de olanes muy finos y labrados, cadena de oro al cuello y a veces escapulario. En el pelo y en los sombreros prendían cucubanos cuya luz les servía de hermosa alhaja que lucían con extraordinaria gracia. Las mujeres trabajaban poco; no hilaban ni hacían medias. Su mayor tiempo lo dedicaban a fabricar cigarros los que se fumaban en la hamaca. Los quehaceres de la casa eran desempeñados por esclavas. No daban educación a sus hijos, a causa del aislamiento en que vivían, a la falta de escuela y a otras muchas condiciones que les rodeaban.

De ahí que los hijos crecían independientes de todas subordinación a sus padres, creyéndose tan independientes y tan libres que se separaban de sus hogares una vez que hallaban medios de vivir.

Los hombres eran muy aficionados a los gallos. Esta era en ellos diversión muy generalizada. En medio de los caminos y hasta en las calles, y puestos de cuclillas, pasaban largas horas viendo las peleas de sus gallos, y sin que, a pesar de la posición, sintieran cansancio alguno. Ninguna alteración sufrían sus nervios, ni su semblante reflejaba disgusto por pérdida alguna de dinero. Para ellos la pérdida más sensible era la muerte de su gallo o las heridas recibidas por éste en la pelea.

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