Y soltaron el caballo

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Hormigueros

Este cementerio se construyó hacia 1868. En la estructura de

En una de mis exhortaciones contaba al Grupo de Robles en San Sebastián la historia del diablo y el caballo. Dice la historia que un caballo estaba amarrado y vino un demonio y lo soltó. El caballo se metió a la finca de unos campesinos y comenzó a comerse la siembra. El dueño de la finca tomó su rifle y mató al caballo. Entonces el dueño del caballo, tomó su rifle y mató al dueño de la finca.

El dueño del caballo, ante la muerte de su caballo, también se enojó tomó su rifle y por venganza mató al dueño del la finca.

Viendo esto, la mujer del dueño de la finca mató al dueño del caballo. Entonces el hijo del dueño del caballo se enfureció fuertemente y mató a la Mujer del dueño de la finca.

Los vecinos, enardecidos por este asesinato, mataron al muchacho y quemaron su casa.

En ese momento pregunté a los allí presentes, qué pensaban sobre la historia. De inmediato uno de ellos saltó y comentó: «El diablo anda suelto y todos esos crímenes que están ocurriendo en nuestra sociedad son producto de sus acciones. Primera de Pedro 5:8 nos dice: Sean prudentes y manténganse atentos, porque su enemigo es el diablo, y él anda como un león rugiente, buscando a quien devorar.»

Así siguieron, más o menos por ese estilo, los comentarios de los Hermanos y Hermanas. Alguien incluso llegó a deir que: «Dios permite que sucedan estas cosas para Glorificarse»

No queriendo continuar con aquella diatriba decidí terminar de contar la historia y les dije:

Alguien que observó cuando el diablo soltó al caballo y la cadena de asesinatos que se desencadenaron preguntó al demonio: ¿por qué hiciste a todos eso? ¿por qué asesinaste a tanta gente? ¿por qué destruiste esa comunidad?

El demonio respondió:, «yo sólo solté el caballo».

El diablo hace cosas simples y sencillas como soltar un caballo porque sabe que la maldad está en nuestros corazones y solitos, sin que nadie nos ayude, hacemos el resto.

Es bueno pensar antes de actuar. Recordemos los versos de Dávila: «…el error de un instante pueder ser la ruina de toda una existencia».

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